Desolación en el ‘burger’

Posted by on Ago 10, 2016 in Miradas |

Excursión del abuelo y la nieta al centro comercial para tomar una hamburguesa y ver una peli. La nieta, encantada porque va a ver su película favorita  y el abuelo también porque por unas horas oficiará de abuelo. La pequeña se maneja en ese complejo de ascensores, escaleras mecánicas y reclamos de luz y sonido con la pericia de un sherpa en el Himalaya. El abuelo detrás, de paquete. Primero, la hamburguesa. Mientras la nieta corretea en pos de su objetivo, el abuelo se entrega, como siempre, al pasado de su remota juventud en los primeros burger franquiciados, rutilantes buques insignia de la globalización. Por alguna razón, los burger estaban asociados entonces al progreso y a la libertad, que solo rechazaban los estalinistas rancios. El abuelo recuerda el placer de revancha histórica que le produjo que en un macdonald berlinés de Alexanderplatz le atendiera un von nosequé, según se leía en la chapa de identidad pegada al pecho del uniforme. Toma ya, un junker descendiente de la Legión Cóndor sirviendo una hamburguesa a un españolito que acaba de sacar la cabeza de las miasmas de la dictadura. Sin embargo hoy le espera una sorpresa: la reforma laboral de Rajoy ha llegado también hasta este escaparate del capitalismo global. En origen, estos establecimientos eran producto de un acuerdo entre la realidad y el deseo: comida basura para los clientes y salarios basura para los empleados en un ambiente de colores agresivamente cálidos y sabores saturados. Pide rápido, come rápido, vete rápido, y vuelve pronto. Al otro lado del mostrador, una tropa juvenil uniformada de colorines atendía con premura, y se diría que con entusiasmo, a los clientes porque estos rasgos eran característicos del negocio. El escenario era una fiesta auroral en la que los jóvenes empleados podían soñar con un futuro laboral mejor y los clientes con una inolvidable experiencia del capitalismo que, en todo lo demás, estaba fuera de su alcance. Pero hoy solo un muchacho y una mujer, ambos de origen inmigrante, están al cargo del negocio. El primero toma la comanda, reúne los menús, sirve las bandejas, provee las bebidas y prepara los postres a un ritmo chaplinesco en modo Tiempos modernos, sin un segundo de descanso y con una diligencia y eficacia que para sí quisiera en su oficio la ministra de trabajo, doña Fátima Báñez o como se llame. Al fondo, en la cocina, la mujer manipula con la misma competencia y sin guantes profilácticos las porciones de carne picada, las rodajas de tomate y las lonchas de queso que constituyen el manjar solicitado. El resultado inmediato es una interminable espera en cola con las criaturas agitadas e impacientes alrededor. Bastaría que los señores De...

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Muere un filósofo en agosto

Posted by on Ago 9, 2016 in Miradas |

Si hemos de fiarnos del orden narrativo de los obituarios que le ha dedicado la prensa, lo más destacable que hizo el filósofo Gustavo Bueno, fallecido el pasado domingo, fue morir dos días después que su esposa, de la que los titulares no dan ni el nombre. En el cuerpo de la noticia, los panegiristas hacen esfuerzos titánicos y baldíos por trasladar a la atención del público las razones por las que el finado es, o fue, prominente. Gustavo Bueno habitó en vida el olimpo de la filosofía patria y con Agustín García Calvo (fallecido en 2012) compuso una pareja de referencia de la sabiduría progre en los setenta, –el primero, marxista; ácrata, el segundo: etiquetas de la época- y gozaron de cierta fama itinerante en su empeño de sacar la filosofía a la calle. García Calvo pastoreó una catédra populosa en el bar La Manuela del barrio de Malasaña de Madrid y Bueno se prodigó en encuentros con públicos improbables –los mineros asturianos, por ejemplo-, más espoleados por la curiosidad de un tiempo novedoso que por la competencia filosófica. Esta mezcla de fiesta libertaria y retorno a los socráticos duró, digamos, hasta que llegó la noche felipista, profusamente iluminada con neón y fuegos artificiales. Lo que vino a renglón seguido fue una invitación a la banalidad pagada con fondos públicos que desconcertó a nuestros filósofos e inspiró a Rafael Sánchez Ferlosio, otro parnasiano de la época, su célebre artículo de los abanicos. A su turno, García Calvo aceptó de la administración socialista el encargo de redactar la letra del himno de la comunidad de Madrid, un poema ramplón y anarcoide del que es autor.  Gustavo Bueno, quizás más berroqueño que sus colegas, tardó en sumarse a la confusión post moderna, pero terminó haciéndolo -críticamente, desde luego- y en este quijotesco rol censuró el programa televisivo Gran Hermano, como se apresura a recordar su necrológica. Los filósofos españoles podrán exhibir una blanca cabellera alborotada y una cachimba entre los dientes pero no hay cuidado de que vayan a tener la notoriedad y la influencia de Bertrand Russell o de Sartre. Tié que haber gente pa tó, dicen que replicó el torero El Gallo a Ortega y Gasset cuando este le dijo que era filósofo. No sé si la anécdota es una leyenda pero supe de otra real. En mi remota juventud conocí a un tipo inconsciente y un tanto pomposo que había estampado en la casilla de profesión que figuraba en los antiguos carnés de identidad la palabra filósofo. No sé si era una humorada de su carácter o un anhelo sincero de su vocación pues al final la historia confunde humorada y vocación. El tipo fue detenido en...

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Shostakóvich en la piscina

Posted by on Ago 8, 2016 in Miradas |

Aquí estamos, en un paisaje de toallas sobre el césped y cuerpos churruscados al sol, a pocos metros del agua azul turquesa donde chapotea la chiquillería, deleitándonos con las tribulaciones del compositor Dimitri Shostakóvich, que obtuvo todos los honores y condecoraciones que otorgaba el régimen soviético y pasaba las noches en vela sentado en las escaleras que llevaban a su apartamento, con un maletín a mano y un cigarrillo perenne en los labios, mientras esperaba a que la policía secreta viniera a por él para deportarlo a Siberia o para pegarle un tiro en la nuca en un sótano de la Lubianka. Una historia que comenzó hace casi un siglo en la estremecida Rusia de Stalin y termina por ahora en la atención de este bañista que levanta de vez en cuando la mirada de las páginas del libro para otear la colonia de cuerpos indolentes que le rodea. Siete u ocho décadas en las que la historia ha perdido gravedad hasta el punto de convertir una desasosegante tragedia real en una volandera novelita de verano. El autor, Julian Barnes, es, o fue, uno de los preferidos del bañista lector, pero, sea por falta de inspiración o por fatiga hacia la ficción pura, en esta su última novela traducida al castellano, ha optado por acicalar con su acreditada prosa un hecho histórico, o mejor, un personaje real en su circunstancia para ilustrarnos sobre los pliegues de la conciencia y la ambigüedad del comportamiento humano cuando el individuo es expulsado de su zona de confort. La novela no es la mejor de Barnes pero resulta consoladora, un propósito que acaso no sea ajeno a la voluntad del escritor. A través de las páginas del libro se aprecia mejor el valor de las toallas sobre la hierba, la crema protectora del sol y el griterío feliz de los niños. Hay una paradoja en esta complacencia. No son pocos los novelistas occidentales contemporáneos que incursionan en la época de los totalitarismos europeos donde la documentación es tan copiosa que apenas necesitan esforzarse para construir un relato. Estas incursiones les garantizan el reconocimiento del público, que se encuentra con un material conocido y moralmente consensuado, y les dispensa de escarbar en las fracturas de la realidad actual ante cuyas aristas no siempre tenemos respuesta. Un buen relato novelístico requiere una situación límite, un paisaje histórico reconocible, personajes que despierten la identificación del lector y un estilo literario diáfano e imperceptible al servicio de la eficacia del relato. Todos estos elementos se encuentran pródigamente en casi cualquier crónica de la Rusia de Stalin o en la Alemania de Hitler, que son un pasado definitivamente clausurado y a un paso de convertirse en legendario, de...

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Hábito de viejos

Posted by on Ago 7, 2016 in Miradas |

A cierta edad, cada mañana te revela algo nuevo, y casi nunca es una buena noticia. He venido leyendo con fruición las crónicas literarias y las columnas periodísticas de mi admirado Manuel Vicent desde hace cuarenta años. Si tuviera que hacer una relación de las circunstancias que más placer han deparado en mi experiencia intelectual, los trabajos de Vicent no estarían en los últimos lugares de la lista. Pues bien, esta mañana no he podido terminar su habitual crónica estival de los domingos. A pesar de su acreditada elegancia, ligereza y empatía, la prosa me ha expulsado de la página del periódico sin haber llegado a la mitad del contenido, como un gourmet que desdeña sin apenas probarlo el plato preferido de su restaurante favorito. Me ha parecido que el autor había agotado la inspiración del mismo modo que el lector ha agotado la paciencia. La generación de la Transición estamos descubriendo que somos transitivos y transitorios y, si bien no queremos morir, sobre todo no queremos vivir al lado de quienes nos recuerdan nuestro declive. El (mi) periódico de referencia se ha convertido en un yermo en el que apenas se siente la atracción de dos o tres firmas. Todo lo demás es impotencia y altanería de anciano que vive en la niebla del pasado. No sé quién inventó aquello de la felicidad de envejecer juntos. Los viejos son el espejo de los viejos, y ¡a qué viejo le gusta mirarse en el rostro que le devuelve su imagen! En la misma edición de hoy del periódico de referencia, puede leerse en primera página : Podemos se queda fuera de juego tras perder la iniciativa.  El autor de la crónica consiguiente, en la página trece, es un joven (supongo) periodista al que, por lo que le llevo visto desde hace meses,  la empresa ha dado el encargo especializado de dar estopa sin tregua a este partido de la izquierda emergente, y que viene cumpliendo la encomienda con tenacidad y, sin duda, competencia profesional. No puedo reprochárselo porque sé lo que es trabajar en este gremio al inaudible dictado de quien te paga y, además, fungir de independiente. Lo curioso de este asunto es que la crónica no aparece en la edición digital del periódico. Va a resultar que esta vieja dama indigna lleva una doble vida: de día en papel, para consumo de los héroes de la Transición, la tropa de abajo firmantes, fósiles socialistas y adheridos que no paran de cacarear sobre lo que hay que hacer, a favor de la derecha, y de noche en línea para la generación más joven y enredadora a la que quizás no guste que ataquen a sus esperanzas. Fingimiento, un...

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El arte de la política

Posted by on Ago 5, 2016 in Miradas |

Recuerdo un detalle ínfimo que me llamó la atención en la desasosegante película de Pier Paolo Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma. Los muros de aquella mansión horrenda donde un grupito de viejos prebostes sometía a toda clase de sevicias a un puñado de jóvenes estaban adornados, no con vetustos retratos góticos, que quizás hubiera sido lo previsible si la película fuera del género gore, sino con lienzos reconocibles de pintores futuristas y de otras vanguardias. Este toque escenográfico era, como todo en aquella película, una provocación al espectador progre que formaba el público del cineasta italiano. Pasolini quiso situar con precisión aquel infierno en la república fascista de Saló y a la vez lanzar el mensaje (subliminal, diríamos, si el término significase algo) de que ni el progreso técnico ni la evolución de las artes, es decir, los rasgos más preciosos de la humanidad, tienen que ver con la moral y la política. He vuelto a recordar esta impresión que recibí de Saló al ver las imágenes de los tediosos encuentros de Rajoy con sus adversarios/socios Rivera y Sánchez, donde las víctimas de las sevicias somos los votantes, que se celebran bajo notorios lienzos de Antoni Tàpies y Martín Chirino. He aquí un ritual de política decimonónica, un tejemaneje de cánovas y sagasta, trufado de cálculos ratoneros, marrullerías, ardides, medias verdades y mentiras completas, presidido por pinturas que hace cincuenta años creímos iconos de la libertad y el progreso. En el tedio del estío, era inevitable que un periodista dedicara una crónica al ornamento artístico de las conversaciones por antonomasia. Pero somos un país anecdótico, desde el rey hasta el último mono de la jaula, y también era inevitable que el tratamiento del tema fuera anecdótico. El periodista se pierde en la presunta simbología de las pinturas y en particular en la no menos inevitable cruz característica en los lienzos de Tàpies, que puede ser interpretada en ese contexto como el símbolo de la suma, etcétera. Propongo una explicación con perspectiva histórica. Del mismo modo que los futuristas italianos declinaron hacia el fascismo, lo que hacía pertinente la presencia de sus obras en una sede de la república de Saló, los expresionistas abstractos surgieron en los años cincuenta de la imposibilidad de explicar el mundo que habían heredado. Los norteamericanos, De Kooning, Pollock y los demás, fueron incluso promocionados por las fundaciones culturales de su gobierno a fin de mantener la atención del público alejada de la realidad de la guerra fría. En cuanto a los españoles, Tàpies, Chirino y demás, tuvieron que hacer su obra en un país donde la realidad simplemente estaba censurada por decreto. Así que no es una ironía que presidan despachos...

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