Pendones y banderolas ondean en las calles del casco viejo de la ciudad desde la que escribo, y una abigarrada sucesión de puestos de venta de chucherías medievalizantes ocupan la calzada. Espacio de la fiesta y la subversión, llamaron con expresión famosa a este casco urbano ciertos empinados sociólogos de los años setenta del pasado siglo. Lo que proponían era la revolución como liturgia, que necesita un escenario donde celebrarse. Esta tarde, la fiesta es sosa y la subversión, inexistente. Si alguna vez fue este un lugar del cambio social y económico, y bien que lo creyeron y lo practicaron, a favor y en contra, unos y otros, puede decirse que ambos bandos han conseguido sus objetivos. El poder ha aplacado la fervorina revolucionaria, y los revolucionarios se han difuminado en lo que probablemente fue su sueño más oculto: el retorno a la aldea, a las calles recoletas presididas por el campanario, a la economía del trueque, a los alimentos de la propia huerta y los vestidos del propio telar. Hay algo de misterioso e inquietante en esta unánime querencia festiva por recrear una época histórica que se detiene a las puertas de la modernidad. Los vendedores y animadores del encuentro, ataviados con ropones góticos, utilizan ipads en sus comunicaciones, pero ofrecen alimentos, ropas y aditamentos producidos y comerciados al margen del mercado de franquicias, grandes superficies y manufacturas chinas, que domina la economía de nuestras vidas. A su modo, esta representación recrea, en efecto, un espacio de la fiesta y la subversión: un teatrillo de fin de semana, una breve vacación de la realidad. Estas calles parsimoniosas y colmadas de gente pacífica fueron hace tres décadas escenario de enfrentamientos terribles, quizás fue otro teatrillo. Pero si es así, ¿por qué los figurantes no optan, ni antes ni ahora, por disfrazarse de viajeros románticos, comerciantes venecianos, filósofos ilustrados, soldados napoleónicos o exploradores galácticos y sí lo hacen de menestrales, arrieros, cocineras y brujas?
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