¿Cuántos empleos puede mantener apple en Irlanda? ¿Dos mil, tres mil, diez mil, cincuenta mil? Sea la cifra que fuere, es el precio que la corporación de la manzana ha pagado para comprar la soberanía nacional de la república. En un trato de poder a poder, la multinacional y el gobierno llegaron al siguiente acuerdo: la empresa crea o mantiene equis puestos de trabajo y el estado renuncia a los ingresos fiscales de los que es acreedor por los impuestos que gravan los beneficios empresariales. En resumen, el estado se ausenta y deja a las fuerzas del oligopolio mercantil el arbitrio de la situación. Los irlandeses que trabajan para la multinacional quedan reducidos a su condición de empleados y el resto de sus compatriotas, ni siquiera a eso. El rango de ciudadano ha quedado abolido, o al menos en precario, ya que sin ingresos fiscales no habrá escuelas, ni hospitales, ni servicios públicos de ninguna clase, con lo que los irlandeses se convertirán en la sociedad de dos estamentos predicada en la novela 1984, de George Orwell. Arriba, los empleados de la empresa, que en la novela es el partido, sometidos a toda clase de constricciones para aumentar la productividad y garantizar su sumisión a la firma que les da de comer, y abajo, una chusma innominada (en la novela se les llama proles, proletarios)  de gentes amorradas a una pinta de cerveza en el pub y entregadas a distraídas y melancólicas ensoñaciones etílicas sobre el glorioso pasado de la patria, que suele ser el sustrato de todo nacionalismo. La teoría política y económica que informa la ejecutoria de apple está tan arraigada, y sus ejecutivos son tan listos y están tan bien pagados, que los dirigentes nacionales, elegidos en las urnas, deben optar entre combatir este estado de cosas, por lo que serán atacados como populistas por todo el establecimiento financiero y mediático, lo que son muchos adversarios al unísono, o aceptarlo y convertirse en conseguidores y comisionistas de las multinacionales reinas del tablero. Esta segunda opción es la preferida por los gobiernos europeos, incluido el de este país, ya gobierne en funciones o a tope. He aquí, sin embargo, que esta solución, digamos, nacional –empleos por amnistía fiscal-, además de ser un trampantojo, perjudica a los demás países de la zona y crea una artificial quiebra de las reglas del juego presuntamente igualitario que deben regir un mercado común. En ese punto, e inesperadamente, interviene la autoridad de la unión europea para multar a la compañía y obligarle a devolver los impuestos eludidos a la hacienda irlandesa, y la primera protesta por esta medida salta del mismo gobierno cuyas arcas han sido saqueadas por las prácticas de la mercantil. La lealtad del débil gobierno irlandés, han debido pensar sus ministros, es en su calidad de comisionista de la multinacional y no como signatario de un tratado internacional con otros estados soberanos. El asunto de apple en Irlanda y otros muchos que constituyen la práctica diaria de la política y la economía que nos rigen están en la raíz de la confusión reinante, del euroescepticismo rampante e, incluso, de la incapacidad de nuestros partidos domésticos para formar un gobierno decente y digno de ese nombre.