Las aceras de ciertos barrios de la ciudad, como el que vivo, cuyos vecinos representamos una mezcla de acomodo económico y declive biológico, están custodiadas por mendigas de oficio, que pasan las interminables horas de espera a que caiga una moneda en el cestillo hablando por teléfono portátil con su gente o quizás dando parte a su jefe de la marcha del negocio. Este chisme electrónico de última generación, incongruente con los atavíos entre étnicos y miserables de las usuarias, abona el argumento de quienes sostienen que estas personas forman parte o son explotadas por una mafia. La mendicidad ha sido siempre un negocio profesionalizado, como sabemos desde las novelas de Cervantes, Dickens o Galdós, si bien un negocio precario, muy duro y en general de bajo rendimiento, aunque también el más desregulado, lo que quiere decir que su ejercicio está abierto a todos en un marco de libre competencia, donde el recién llegado siempre encuentra empresas asentadas que se niegan a compartir las rentas. Los mendigos callejeros forman parte de la normalidad de los periodos de crisis y su presencia nos confirma que las cosas son realmente como creemos que son. Hace una década creíamos que era un oficio extinguido, como el de guarnicionero o el de zapatero remendón y podemos recordar la extrañeza e irritación que nos produjo su renovada presencia en las calles, al mismo tiempo que se reabrían los comedores sociales y los roperos parroquiales. En los años de nuestra infancia, la mafia mendicante estaba gestionada por las monjas de la caridad o las empleadas de la sección femenina de la falange que patroneaban los comedores del llamado auxilio social y que permitían, e incluso estimulaban, a sus asilados a pedir por las casas. Cada mendigo tenía sus vecinos proveedores, cuyos domicilios visitaban sumisos en días regulares y con los que establecían relaciones de mutuo conocimiento y confianza, además de recibir de ellos unas ochenas (no busquen la palabra en google: designaba en mi pueblo una moneda de diez céntimos de peseta o perra gorda) que, como ahora los céntimos de euro, eran más eficientes para aplacar la mala conciencia del donante que para resolver las necesidades del receptor. Los mendigos actuales provocan una mezcla de certeza y desconfianza, que no despertaban los que habitaron mi infancia. La certeza, porque comprendemos intuitivamente su encaje en el sistema económico: son el último peldaño de un esquema por el que los ricos se hacen más ricos en la esperanza compartida de que no les quepa en los bolsillos todo lo que acumulan y los magros excedentes se derramen en cascada por la pirámide social siguiendo un orden jerárquico. En la terraza superior, inmediatamente debajo de los dueños del cotarro, empleados de confianza, ejecutivos, accionistas, políticos, abogados, comisionistas y celebridades; un peldaño más abajo, trabajadores y pensionistas en general; más abajo, desempleados y dependientes subsidiados, y, en la periferia del libre mercado, los mendigos. A medida que se acelera el proceso y se simplifican los tramos socioeconómicos, como quieren hacer con el impuesto de la renta, las condiciones de los habitantes de los tres últimos escalones tienden a homogeneizarse y es posible que termine siendo indistinguible si la calidad de vida de un empleado de la reforma laboral de Rajoy es mejor, igual o peor a la de un mendigo. Esta es una de las razones de la desconfianza que los mendigos producen en el vecindario. La otra razón es que, por mor de la globalización, suelen ser extranjeros, y el indígena no sabe si está ante un paria de la tierra o ante un avispado emprendedor que, de alguna manera que él no comprende, viene a quitarle el pan del morral. Estamos a un paso de una nueva reedición del patio de Monipodio con dispositivos móviles. Después de todo, hay más personas en el planeta con móvil (6.000 millones) que con acceso a un retrete (4.500 millones), según datos de las Naciones Unidas.
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