Tal día como hoy hace cien años murió José Echegaray Eizaguirre y, si hubiera que conmemorar el aniversario, nadie estaría disponible para glosar su figura ni para soplar las velas de la tarta. En su larga vida ocupó el cénit de la elite social, cultural y política, fue uno de los españoles más notorios e influyentes de su época, y un trabajador incansable y brillante: dramaturgo muy popular, acreditado matemático y físico, y ministro de las carteras de Fomento y de Hacienda de dos o tres gobiernos, entre cuyas ejecutorias se registran el plan nacional de ferrocarriles y la nacionalización del banco de España. En1904, recibió el premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer nobel español, dos años antes de que lo recibiera Ramón y Cajal. Todo lo cual, paradójicamente, le empujó al olvido antes que a nadie. El último recuerdo que de él guarda la gente de mi generación es accidental: su retrato de prócer con quevedos y barbita de chivo estampado en los billetes de mil pesetas, que hoy no servirían ni para pagar una ronda de aperitivos en un bar. Desde luego, ocupó un lugar en los manuales de literatura del antiguo bachillerato, pero como un bulto en el desván, y no sé de nadie que supiera decir qué obras había escrito y mucho menos que las hubiera leído. Ahora mismo, no hay ni un título suyo en el mercado del libro y solo un drama teatral disponible en la red, De mala raza,  que desde luego nadie ha leído, ni ganas. La demolición de su figura fue muy temprana y sus liquidadores, los escritores de la llamada generación del 98, son hoy infinitamente más conocidos y apreciados que su víctima, a la que consiguieron enterrar con gran éxito y para siempre con todos los entorchados y condecoraciones que había obtenido durante su larga y aclamada carrera. Llegado a este punto, estoy obligado a preguntarme qué demonios quiero decir. No aspiro, desde luego, a vindicar la memoria del prócer, a cuyo olvido yo mismo colaboro con mi satisfecha ignorancia. Tampoco me propongo lamentar el proverbial caínismo patrio. Pero algo debe significar que una de las figuras más prominentes del siglo diecinueve, durante el que se construyeron las sociedades que hemos conocido y vivido hasta ayer mismo, y que tuvo un papel destacado en casi todo lo que fue la modernidad de la época -ciencias, banca, comunicaciones e incluso teatro popular-, haya sido premiada con tan tenaz olvido. Los sospechosos habituales son la gente del 98. Hay la convención historiográfica de que aquel fue el año del acabose y los escritores del momento, ciertamente excepcionales, quedaron solos en el escenario como guías intelectuales del siglo veinte. A estas alturas, estamos en condiciones de apreciar la cantidad de ganga que tienen las obras literarias y ensayísticas de Baroja, Valle, Unamuno, etcétera, pero eso no quita para que consiguieran desgajar de la memoria colectiva el siglo del ferrocarril, de la banca, de la industrialización y de la irrupción del gusto popular en las artes. La confusión presuntamente anarcoide del 98 no fue una enmienda al fallido siglo diecinueve sino un nutriente del fallido siglo veinte.

P.S. El mapa histórico de la distribución mundial de premios Nobel otorga a España siete galardonados, en la parte baja de la tabla y muy lejos de los galardonados en países que pueden considerarse homólogos, como Polonia o Italia. La noticia que acompaña al mapa cita por su nombre a cinco de los galardonados españoles y olvida a Echegaray y a Benavente. Eran pocos y aún nos sobran dos.