Ninguna de las ciento veinte mil personas (cifra de la tele) que abarrotaban la plaza de san pedro querría pasar sus últimos días de vida en un albergue de la monja a cuya canonización asistían encandiladas. Ninguno de estos fieles entusiastas querría yacer carcomido por un cáncer terminal sobre el suelo de un galpón en tinieblas, entre decenas de otros moribundos, atendido por un puñado de místicas incompetentes que solo les proporcionan, con suerte, un ibuprofeno. Ni siquiera la vieja reina, presente en la ceremonia, tiene entre sus planes compartir el momento de su muerte con una turba innominada de miserables ulcerosos. Y sin embargo, esta es la razón por la que la reina interminable y las decenas de miles de fieles están presos de júbilo bajo el sol abrasador del verano romano. El negocio de la monja arrugada fue la extrema miseria, a la que despojó de su carácter de radical injusticia para convertirla en un espectáculo consolador y edificante a escala planetaria. Todos los grandes del santoral católico han sido hombres y mujeres del espectáculo, ya fuera por su propio mérito o por los esfuerzos de la industria que dejaban detrás y no hay duda de que la monja sarmentosa fue la más grande show woman de fin del siglo pasado, comparable solo con Diana de Gales, con la que llegó a hacer bolos en alguna ocasión y a la que la iglesia católica no puede elevar a los altares por dos objeciones de fondo que la convierten en una magdalena penitente: era anglicana y con toda seguridad tenía sexo entre las piernas, aspectos ambos que resultan insoportables para la clerecía vaticana. La religiosa diminuta y santificada tuvo como principal vocación convertirse en un icono, como la manzana de apple o el alado boomerang de nike, y a este fin, ataviada con el atinado sari blanco con ribetes azules de su invención, desarrolló ante las cámaras de televisión una descomunal operación de relaciones públicas en zigzag, entre los moribundos desamparados de Calcuta -uno de los grandes reservorios, si no el mayor, de miseria medieval en el mundo- y los opulentos dueños del planeta. A los primeros les arrebataba la imagen de su miseria y a los segundos les aligeraba la cartera. Los primeros, impotentes y resignados, y los segundos, golosos y encantados de formar parte del tinglado. En la mejor tradición de una religión que tiene como imagen de marca a un crucificado, comprendió que el dolor era una fuente de beneficios, así que ella misma se convirtió en lo que antaño se llamaba una indulgencia plenaria: políticos y ricachos posaban en actitud sumisa junto a la virgen consumida después de soltar la pasta del óbolo y...
Perseverar en el ser
Una sentencia clásica sugiere lo mismo que el título de esta entrada pero más claro: no hay destino sino carácter, lo que quiere decir que lo que nos ocurre no nos ocurriría si no fuéramos como somos. Y por último, hay una versión popular del mismo apotegma en clave de dibujos animados, para cultivados en el iPad: la fábula de la rana y el escorpión. Ya saben, es mi naturaleza… Pues bien, es la naturaleza del pepé no dejar nunca a uno de los nuestros a merced de la marea, sin un buen sueldo, un sosegado y merecido puesto y lejos del escrutinio de la malediciente chusma, aunque el beneficiado, además de ministro dimisionario a la fuerza, haya sido evasor fiscal, operador financiero fraudulento, mentiroso compulsivo y, en el ejercicio de su cargo, amigo de sus amiguetes. El gobierno y la dirección del pepé han perseverado en su ser (Spinoza dixit) al elevar al ex ministro Soria a un cargo ejecutivo del banco mundial. En esas instituciones estratosféricas ya deben estar acostumbrados a que los estados miembros les envíen la escoria que no pueden reciclar en el territorio de origen y, de hecho, los ejecutivos ful se han revelado como el principal artículo de exportación de la marca españa, desde que Rato ocupó la presidencia del fondo monetario internacional y Cañete es comisario europeo de algo. Hace falta una arrogancia y una mala fe a prueba a cualquier kryptonita para impulsar al ex ministro Soria a un puesto de campanillas mientras se firma un acuerdo anticorrupción que sus socios pretenden vender como el acabose de un tiempo definitivamente pasado. A lo peor es que el mundo funciona así y aquí estamos empeñados tontamente en instaurar la decencia en la política, o fingimos hacerlo. Acabo de releer, por razones que no vienen al caso, 1984, de George Orwell, que dedica un largo capítulo a la tortura, destinada, según la lógica del Gran Hermano, no a que la víctima confiese sus acciones o renuncie a sus principios, sino a que ame a su torturador. Convendremos en que ya empezamos a amar a Rajoy. Desde luego, le aman sus crecientes votantes y han estado a punto de someterse a su amoroso yugo los arcádicos ciudadanos, pero me temo que sus maneras dictatoriales empiezan a captar adeptos, aunque reticentes, en todos los campos políticos, donde se abrirán agujeros de abstención si se les convoca por tercera vez a las urnas. Lo cierto es que ya no sabemos lo que queremos. En la novela de Orwell, la oposición al Gran Hermano es tímida, desorientada, sentimental, y está trufada de personajes que practican doble juego, lo que la hace completamente inoperante. Cuando se publicó la...
No he visto Saturno
Atardecer de este verano que no se resigna a rendir las armas. El parque de Yamaguchi está poblado de paseantes entre los que divago mentalmente sin concierto ni propósito determinado, como dice la definición de la RAE. En la explanada ante el planetario se ha reunido un grupo de astrónomos aficionados que montan sus artefactos con una notoria mezcla de atención, parsimonia y complacencia. Me sumo a los curiosos y pregunto qué milagro celestial nos espera esta noche. Otro curioso me informa ufano que van a ver Marte y Saturno. ¿Saturno, el de los anillos?, inquiero. Sí, se ve muy bien, responde encantado el aficionado, si nos dejan las nubes. Es sabido que el cielo de mi pueblo es una estación de tránsito de los temporales del Atlántico, que ponen a prueba la paciencia de estos aficionados. Las sombras se adueñan poco a poco de la escena y mientras los astrónomos siguen enfrascados en el calibrado de sus aparatos, los impacientes curiosos miramos al cielo en el que empiezan a atisbarse aquí y allá algunos destellos. Mire, ahí está Marte, encima de esa farola, ¿lo ve?, casi me ordena el curioso que se ha erigido en mi sherpa galáctico. ¿Es rojo?, pregunto. No, es de un color amarillo pajizo y se distingue de una estrella porque no titila, porque no emite luz. Clavo la mirada en un punto luminoso que, por las indicaciones de mi guía, debe ser Marte y permanezco así un rato que me parece eterno, como si Marte y yo tuviéramos algún deseo especial de conocernos mejor o alguna cuenta pendiente, a pesar de que al que yo querría ver es Saturno. Saturno está ahí, a la derecha, me dice mi guía. Ya, respondo, pero no veo nada, aunque no lo hago público. Echo un vistazo alrededor para comprobar si algún telescopio está operativo. Un astrónomo, que maneja uno particularmente aparatoso, ha hecho un alto en sus manipulaciones para contarnos un chiste a propósito de Sirio: yo tuve un amigo andaluz que para acordarse del nombre de esa estrella pensaba en vela. En la penumbra, el astrónomo ha debido ver las caras inertes de sus interlocutores y se ve obligado a explicar el chiste, como era andaluz, cirio, vela. Me aparto del grupo para acercarme a un telescopio de aspecto más modesto pero tras el que se ha formado una prometedora cola de espera. Una muchacha de veintitantos afirma a mi lado haber avistado Saturno y su sonrisa excita el deseo de ser como ella. El que va delante de mí en la cola es un chaval de diez u once años. Aplica el ojo al visor y exclama ¡es como una bola de fuego! El...
Una acción justa y necesaria
Decenas de miles de mis conciudadanos, sin duda la inmensa mayoría, no han visitado jamás el interior del llamado Monvmento a los Caídos en la Crvzada [sic]. Ni siquiera aparece en las guías turísticas. El edificio es sin embargo ineludible: una iglesia monumental de aire herreriano, que cierra una plaza porticada del mismo estilo y se ubica en el punto de fuga de la principal avenida de la ciudad, eje del segundo ensanche. Un bulto antipático, hermético, y envuelto en una atmósfera como descrita por Bram Stoker. El autor fue el arquitecto Víctor Eúsa, que antes de macizar la ciudad nueva de edificios religiosos de inconfundible estilo modernista, formó parte del comité paramilitar carlista que ejecutó la sangrienta depuración política llevada a cabo en la provincia en el verano-otoño de 1936. Son hechos probados, e incontrovertibles, y el resultado es como si en Berlín conservaran los edificios diseñados por Albert Speer, y con el significado que les dieron sus autores. Los Caídos, como se conoce sumariamente el monumento, es de titularidad municipal después de que la diócesis se desembarazara de él y lo desacralizara como lugar de culto. Desde entonces, ha pasado por algunos usos cívicos y culturales más vergonzantes que jubilosos. Es el lugar de la memoria rota. La cripta acoge el enterramiento de ocho personas relacionadas con aquellos meses aciagos que en vano se quisieron convertir en heroicos y que, más tarde, intentamos tan farisaica como inútilmente sepultar en el olvido en aras a la convivencia. Dos de las personas enterradas, los generales Sanjurjo y Mola, fallecidos en sendos accidentes de aviación, fueron promotores de la guerra civil y el segundo, responsable directo de las masacres de retaguardia, técnicamente un reo de crímenes contra la humanidad. Los otros seis fueron víctimas en los combates del frente de guerra provocado por los dos primeros: un chico de catorce años, un viejo de más de sesenta, un cura, un joven estudiante y dos hermanos campesinos. Todo ellos, incluidos Mola y Sanjurjo, estaban debidamente enterrados en sus localidades de origen (de chaval recuerdo haber visto el nicho que guardaba los restos de Mola en el cementerio municipal, donde también reposan sus víctimas) hasta que en 1961 fueron trasladados a esta mole pomposa y opresiva. La elección de las personas enterradas, quién sabe si todas con la autorización de su familia, revela una mentalidad bárbara, arcaica: el mausoleo de unos reyezuelos que se hacen acompañar en la eternidad por sus servidores. ¿Qué clase de jefes fueron estos que empujaron a la muerte a niños y viejos, a curas y familias enteras, para hablar solo de sus partidarios? Ahora, el ayuntamiento va a exhumar los restos allí enterrados para ponerlos a disposición...
Los héroes difuntos
En el mortecino calendario de mi pueblo hay siete días heroicos. Los encierros sanferminescos han guiado la transición de la ciudad de remoto lugarejo al sur de los Pirineos a los telediarios de las grandes cadenas de televisión del mundo. Durante esos siete días, este pueblo desde el que escribo es la capital mundial del desparrame. Uno de los protagonistas de esta transición, quizás el único que es conocido por su propio nombre y fama, murió hace dos días como consecuencia de un accidente en la playa donostiarra de la Zurriola. Si se leen las prolijas páginas que los diarios locales dedicaron ayer a Julen Madina, chorreantes de elogios, nadie diría que en vida fue el personaje más detestado de la fiesta. Es el destino de los precursores. Madina fue un deportista corredor de encierros, que hizo de esta actividad democrática y pasajera un estilo de vida identificable. Su delito fue precisamente distinguirse en medio de una masa de trotones por definición anónima. La televisión, que moldea la realidad, lo hizo posible. En un cierto momento, allá por los años ochenta o noventa, un pequeño número de corredores del encierro comprendió este hecho y actuó en consecuencia. Este divismo autoinvestido les llevó a ser motejados por la plebe con lógica despectiva como los divinos, y Julen Madina fue el más conocido de este grupo de narcisos delante de las astas del toro. Le acusaban de practicar juego sucio con los demás corredores, codazos y otras triquiñuelas, para no perder plano cuando galopaba por la calle Estafeta. Para colmo era guipuzcoano, y no pamplonés, ni siquiera navarro. Una afrenta insoportable. En 2004 fue prendido por el toro Triguero que le cosió a cornadas. Fui testigo de los aplausos que recibió el suceso (y el toro) entre los que estaban conmigo cuando alguien identificó a la víctima en las imágenes de la televisión. El pueblo detesta a las elites porque comprende instintivamente que atentan contra su cohesión. Los observadores de los sanfermines habrán advertido que son los corredores del encierro los que están rompiendo con camisetas de colores vibrantes la opresiva uniformidad indumentaria roja y blanca a la que lugareños y visitantes se someten con genuino masoquismo festivo durante los siete días de julio. El propósito es que la tele los distinga individualmente durante la carrera y es la herencia natural de Madina y los divinos. No haría falta añadir que el difunto corredor prolongó su carrera profesional como tertuliano y participante en realities televisivos. El fallecimiento de Madina trae a colación otra pugna entre el pueblo y las élites alrededor del encierro, que, esta vez, ganó el pueblo. Los visitantes de la ciudad saben de la existencia de un abultado...