Pendones y banderolas ondean en las calles del casco viejo de la ciudad desde la que escribo, y una abigarrada sucesión de puestos de venta de chucherías medievalizantes ocupan la calzada. Espacio de la fiesta y la subversión, llamaron con expresión famosa a este casco urbano ciertos empinados sociólogos de los años setenta del pasado siglo. Lo que proponían era la revolución como liturgia, que necesita un escenario donde celebrarse. Esta tarde, la fiesta es sosa y la subversión, inexistente. Si alguna vez fue este un lugar del cambio social y económico, y bien que lo creyeron y lo practicaron, a favor y en contra, unos y otros, puede decirse que ambos bandos han conseguido sus objetivos. El poder ha aplacado la fervorina revolucionaria, y los revolucionarios se han difuminado en lo que probablemente fue su sueño más oculto: el retorno a la aldea, a las calles recoletas presididas por el campanario, a la economía del trueque, a los alimentos de la propia huerta y los vestidos del propio telar. Hay algo de misterioso e inquietante en esta unánime querencia festiva por recrear una época histórica que se detiene a las puertas de la modernidad. Los vendedores y animadores del encuentro, ataviados con ropones góticos, utilizan ipads en sus comunicaciones, pero ofrecen alimentos, ropas y aditamentos producidos y comerciados al margen del mercado de franquicias, grandes superficies y manufacturas chinas, que domina la economía de nuestras vidas. A su modo, esta representación recrea, en efecto, un espacio de la fiesta y la subversión: un teatrillo de fin de semana, una breve vacación de la realidad. Estas calles parsimoniosas y colmadas de gente pacífica fueron hace tres décadas escenario de enfrentamientos terribles, quizás fue otro teatrillo. Pero si es así, ¿por qué los figurantes no optan, ni antes ni ahora, por disfrazarse de viajeros románticos, comerciantes venecianos, filósofos ilustrados, soldados napoleónicos o exploradores galácticos y sí lo hacen de menestrales, arrieros, cocineras y...
If
Me dispongo a zumbullirme en el sopor estival de la sobremesa en compañía del canal de cine clásico de la televisión cuyas películas he visto tantas veces que puedo ausentarme en cuerpo y/o alma sin perder el hilo del argumento. Pero en esta ocasión emiten If, la película de Lindsay Anderson que creo que no he visto desde su estreno en algún cineclub o sala de arte y ensayo de la época. El inesperado reclamo de la (des)memoria me mantiene despierto y asisto a la emisión con la ansiedad de quien busca en los fotogramas un vestigio de sí mismo. Lo que recordaba de la película eran unos pocos rasgos: el protagonista, encarnado por el debutante Malcolm McDowell, antes de que Stanley Kubrick convirtiera en un icono su rostro de joven sospechoso habitual; el escenario del relato, un típico internado inglés que más tarde ridiculizaría Monty Python, cuando la institución era ya una reliquia inofensiva , y, desde luego, el furioso desenlace de la historia, un ajuste de cuentas revolucionario que ningún cineasta se atrevería a filmar hoy por temor a ser acusado de apología del terrorismo. La película conserva el encanto juvenil, la inocencia y el atrevimiento intactos, y puede decirse que ha envejecido mejor que sus espectadores. Aquellos fueron buenos años para la causa de la libertad. Cuatro décadas después, facebook ha censurado en su plataforma la publicación de una imagen contemporánea de la película: la fotografía de la aterrorizada niña vietnamita que huye del napalm porque la desnudez de la pequeña entra en el catálogo de pornografía decretado por la compañía de Mark Zuckerberg. Lo pornográfico no es la guerra sino una víctima abrasada a la que el impacto de las bombas le ha arrancado la ropa. Intento abarcar con la imaginación el arco que describe el tiempo desde la rebelión juvenil de los sesenta del pasado siglo hasta la censura digital practicada ahora mismo en las redes sociales seguramente por un programa informático más que por inteligencia humana, pero desisto, vencido por la magnitud de la tarea. If, el título de la película, alude al celebérrimo poema de Rudyard Kipling en el que glosa los valores humanos que se atribuían quienes construyeron el imperio británico y, que en 1968, eran ya una ruina inoperante. Me pregunto qué valores han estado vigentes desde entonces que puedan ser derruidos ahora. La película de Lindsay Anderson está disponible en youtube, ese mercado de las pulgas de dimensión planetaria donde el tiempo ha sido abolido y todo deviene en baratija. Ah, qué pesadez de...
El nadador egregio
Un frente frío ha traído una interrupción, no sé si momentánea, de la ola de calor en la que estamos sumergidos desde hace días. No es una metáfora, hablo del tiempo meteorológico. El cielo ha amanecido encapotado y la temperatura anormalmente alta ha bajado unos cuantos grados. Probablemente, pertenecemos a la generación más sensible a los cambios atmosféricos desde que la pequeña Lucy se levantó sobre sus patas traseras en Laetoli porque todo el mundo lleva un predictor del tiempo en el dispositivo móvil que le acompaña las veinticuatro horas del día. En el paseo de la mañana (el mío, no el de Lucy) ya se veían convecinos provistos de alguna prenda ligera de abrigo, por si acaso. Al mediodía, las rutinas de la tribu han respondido al estímulo meteorológico negativo y la piscina estaba completamente desierta. Ni rastro del sembrado de toallas sobre el césped ni de uno solo del centenar y pico de bípedos carnosos que estos días poblaban las terrazas. Hay algo de fascinante en esta respuesta genérica y unánime a la ocultación del sol por parte de un colectivo de mamíferos que no forman una manada ni un rebaño sino un club. Luego nos preguntamos retóricamente cómo saben los ánades rabudos, las mariposas monarca y los salmones del Yukón cuándo y a dónde deben dirigirse cuando emprenden sus migraciones. El color turquesa del agua de la pileta era más intenso y, si vale la palabra, más virginal de nunca. Las cascadas y los toboganes artificiales gorgoteaban sordamente como si llamasen a los niños que los frecuentan. La única presencia humana la constituían tres jóvenes socorristas agrupados en una cerrada tertulia y enfundados en rojos forros polares al borde del vaso. Un escenario así evoca de inmediato una amenaza, como en La mujer pantera, pero a este mediocre nadador le ha producido una sensación exultante. Ha mirado a los socorristas, les ha dedicado un comentario concesivo del tipo, poco trabajo hoy ¿eh?, y se ha lanzado al agua. Normalmente, sus brazadas se ven pautadas por los propios pensamientos y por los movimientos generalmente desordenados de otros bañistas, pero hoy no había bañistas ni, curiosamente, pensamientos, y el nadador flotaba, arriba y abajo en la superficie del agua, complacido en su soledad. Ha sido el baño más narcisista de su vida. Cuando ha salido de la pileta, ha comprobado que ni la ausencia del sol, ni el vientecillo que recorría el lugar ni la caída de la temperatura, afectaban a su olímpico estado de ánimo. Los socorristas miraban en su dirección y les ha devuelto la mirada, satisfecho, cuando un chapuzón a su espalda le ha obligado a volverse, desconcertado. Dos adolescentes acababan de arrojarse al agua...
Portavoces
Ningún oficio a este lado del código penal es más despreciable que el de portavoz de un partido político. Cuando abren la boca no se refieren a hechos empíricamente probados, ni sirven a la lógica, ni pretenden ser persuasivos, ni siquiera formulan inmutables dogmas de fe porque sus deposiciones cambian de sentido en cada ocasión. No dan razón, ni luz, ni consuelo, ni a fieles ni a escépticos. No son maestros, ni curas, ni poetas, ni filósofos, y sin embargo, ahí están, amorrados al micrófono, que es la cátedra y el púlpito de nuestro tiempo. Hablan como escupen y, en efecto, el público recibe sus palabras como salivazos. Unas veces es una espumilla que sus escasas dotes de malos actores les impide retener entre los labios y otras, un gargajo que necesitan expeler para marcar el territorio. El ministro de justicia, en funciones de portavoz, ha calificado de injusta muerte civil el destino del trapisondista al que la opinión pública ha logrado apear de un puesto representativo en una institución internacional, al que había sido elevado sin ningún mérito especial y con algún demérito notorio por las maniobras de su banda. El salivazo del ministro ha sido formulado como un enfático arabesco porque no hay ninguna muerte, ni civil ni de ninguna otra clase, en este hecho, a menos que corresponda también la condición de muertos civiles a los innumerables trabajadores despedidos de sus empleos, a los funcionarios preteridos en el escalafón, a los dependientes privados de recursos y, en general, a todos a los que se les impide alcanzar el máximo de las potencialidades de su carrera sin haber jamás defraudado al fisco, operado en paraísos fiscales o mentido en público. Porque si así fuera, el ministro de justicia y su gente gobernarían sobre un cementerio. ¿En qué momento de este estado de corrupción permanente el lenguaje del foro devino en...
La hora de los tontos
Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Este verso de Calderón de la Barca, que Rafael Alberti popularizó como título de un libro de poemas dedicado a los cómicos del cine mudo, cuadra bien al estado de ánimo de editorialistas, tertulianos, columnistas, cronistas y demás ralea, a la que me sumo como excedente de cupo, dedicados a comentar eso que llamamos la política de nuestros días. Si se repasa el material que producen estos tipos, observamos un estado de ánimo alterado, confuso, que en unos destila sorpresa; en otros, indignación o un humor resentido, y en todos una suerte de impotencia que los pone al borde de perder el oremus. El sistema político que ha funcionado cuarenta años para admiración de propios y extraños está gripado pero lo que irrita a estos prescriptores de la vida pública es que no saben explicar por qué, y ellos mismos empiezan a cansarse de oír su propia voz en el vacío. Las explicaciones, propuestas y comentarios que flotan en la nube son, ciertamente, cada vez más extravagantes y estériles. En el diario de referencia, por ejemplo, el historiador Santos Juliá, un intelectual proverbial del régimen del 78, proponía ayer la hipótesis de una huelga de votantes de los dos partidos tradicionales, pepé y pesoe, ante la manifiesta incapacidad de ambos para llegar a un acuerdo. La pueril ocurrencia recordaba a la del niño que amenaza a sus mayores con dejar de respirar si no se le otorga su deseo (en el caso de Juliá, el deseo es la gran coalición para salvar los muebles). En la misma onda, el editorial principal de este diario reclamaba hace dos días que los dos capitostes de ambos partidos tradicionales se retiraran para favorecer un acuerdo de sus hipotéticos sucesores. ¿Cómo es posible que las páginas que han inspirado a la elite del país durante cuatro décadas publiquen semejantes paridas? Es obvio que el andamiaje institucional no cumple lo que debiera ser su primera función: elegir un gobierno de la mayoría, pero eso no quiere decir que lo que ocurre carezca de lógica política. En primer término, los partidos son rocosas estructuras de poder votadas por la ciudadanía, que es plenamente consciente de su voto y para nada querría que su voluntad fuera alterada con ninguna decisión arbitrista, tan recurrentes en la historia del país. Cuando los ciudadanos expresan su malestar con los políticos, hacen siempre salvedad mental del político al que han votado. Los responsables son los otros. Segundo, el sistema fue diseñado para tener gobiernos fuertes aunque estén en minoría, preeminentes sobre el parlamento, donde es virtualmente imposible controlar al ejecutivo o crear mayorías alternativas, y el...