El pasado 18 de septiembre, la ciudad estado de Berlín celebró elecciones y se produjeron dos hechos de los que solo uno ha sido destacado: la pérdida de votos del partido democristiano que preside la señora Merkel a beneficio del partido xenófobo situado a su derecha. Los socialdemócratas volvieron a alzarse con la victoria electoral en una plaza tradicionalmente roja pero no sin perder un apreciable pellizco de votos a favor de las formaciones a su izquierda, los verdes y la sigla post comunista, con los que tendrán que pactar si quieren conservar el gobierno. ¿Reconocen el cuadro? Asfixiados aquí en la agobiante atmósfera creada en la bodega del pesoe, tendemos a ignorar que la crisis de este partido no hubiera tenido lugar si la socialdemocracia europea en su conjunto no estuviera en crisis. Lo único idiosincrásico de la batalla de la calle Ferraz es la proverbial cólera de los españoles sentados, en este caso en poltronas. Los resultados electorales de Berlín advierten a los partidarios de la gran coalición que la crisis del sistema no se repara con fórmulas destinadas a salvar los muebles o, como se dice aquí en castizo, a hacer posible la gobernabilidad, un concepto perfectamente vacuo como lo demuestra el hecho de que este país no haya dejado de funcionar, y a menudo mejor que antes, durante estos diez meses de interinidad. ¿Qué puede ser más higiénico para la vida pública que tener inmovilizados en funciones a personajes como Rajoy, Fernández Díaz et alii? En Alemania y otros estados septentrionales de Europa rampan los partidos de extrema derecha o, como dicen los finos, los populistas de derecha, mientras en la cara meridional del continente medran los populistas de izquierda.  Populismo es una palabra idiota que describe menos aquello para lo que ha sido puesta en circulación que la pereza e indigencia intelectual de quienes la han inventado. Esta nueva alteridad entre populismos de derecha y de izquierda también ha sido fomentada por la retórica del sistema, que ha fracturado el demos europeo en acreedores y deudores con las consecuencias sabidas en las políticas nacionales aplicadas a unos y a otros. Los acreedores del norte no quieren que los deudores del sur vivan permanentemente a su costa y los deudores del sur no quieren que los acreedores del norte les sangren para los restos. Esta es la imagen esculpida en la imaginación europea por los poderosos grupos económicos y mediáticos que tienen a los gobiernos nacionales secuestrados e inermes. Los llamados populismos son una respuesta inmediata, sin duda engañosa, quizás ineficiente, pero cargada de razones ante una situación que han creado las elites del sistema. En este estado de cosas, el pesoe es parte del problema y no de la solución y lo más inquietante de la crisis que atraviesa es que sus responsables no parecen darse cuenta de ello. Basta oír –imposible no hacerlo- el cacareo inane y malicioso de Susana y los demás después de haber destrozado la vajilla. En toda esta parla no hay ni un ápice de esperanza, ni una sola palabra que no pueda ser interpretada en términos de los intereses personales de quien está hablando, ya sea el inefable y orondo Felipe González o esa diminuta dama que profirió en un momento de ebriedad antes del derrumbe definitivo: la única autoridad en el pesoe soy yo.