Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa. Etcétera. Un par de amigos y quien esto escribe deciden pasar el día de duelo por el derrumbe del partido centenario de visita en las excavaciones de la ciudad romana de Santa Criz del siglo I d. C, al oriente de la provincia. Los arqueólogos (arqueólogas, en este caso) han sacado a la luz un perímetro de calles jalonadas de sillares, el basamento de una plaza porticada y unas columnas estriadas, huérfanas y altivas. Un grupo de niños brincan alegremente sobre la historia restaurada. Entre estos chavales del ipad y las piedras venerables se establece un diálogo disfuncional, disruptivo, expresión de una abismo histórico y cultural, que inquieta con razón a las conservadoras del lugar. Los tres paisanos recorremos mansamente la senda señalizada que bordea el lugar intercambiando ocurrencias mientras peleamos con nuestros exhaustos recuerdos de bachillerato, el latín residual adherido a la memoria, y las ideas generales que nos han proporcionado lecturas y documentales televisivos. Es imaginable que este discurso a tres, inconexo, tentativo, trufado de agujeros, sea el lenguaje de las ruinas antes de que se mineralicen por completo y el sotobosque las devore. Pero, si bien las piedras derrumbadas parecen menesterosas, a la postre son la expresión de un triunfo compartido por toda la humanidad, convertida en Sísifo: por quienes construyeron la ciudad ahora extinta, por quienes la han rescatado del olvido y trabajan para darle un sentido, y por quienes, más modestamente, la contemplamos admirados antes de desaparecer del escenario. Ya sabemos que, después de todo, los romanos durarán más que nosotros. En el último tramo de la visita, una arqueóloga tiene la amabilidad de explicarnos el alcance del proyecto, no solo lo que hemos visto, sino lo que no es evidente para la mirada: descripción de las excavaciones, pruebas empíricas de los hallazgos, experiencias de trabajo e hipótesis de investigación histórica, que teje en su relato hasta convertir lo que está contando en un tapiz legendario que envuelve la atención absorta de sus oyentes. La arqueóloga quizás no lo advierte pero la pasión de sus palabras tiene seducidos a los tres paisanos. Nada es más balsámico que una buena historia, aunque sea verdadera. Tendremos ocasión de corroborarlo sin terminar la excursión, apenas una hora más tarde en Sangüesa, mientras nos dirigimos a un restaurante en el que encontramos a un viejo conocido, un fascinante narrador, que nos tiene secuestrados durante toda la sobremesa con la irresistible calidez de un puñado de relatos de sus experiencias de viajero, en La Meca, en Laos, en India, en Suecia… Al final del día, los tres excursionistas nos miramos sorprendidos y agradecidos de que aún sea posible viajar en una alfombra mágica.