Las entradas de esta bitácora tienen de promedio entre cuatrocientas y quinientas palabras pero al sistema operativo que las sube a la red no le gustan. Entre las innumerables aplicaciones y artilugios que tiene wordpress, uno, bien visible a la derecha de la página de edición, me advierte en un rojo llamativo e ineludible cada vez que cargo un texto: la legibilidad necesita mejoras. Agobiado por la insistencia del censor que debe estar alojado en alguna covachuela del sistema y temiendo que, en efecto, lo que escribo resulte ilegible (ininteresante ya lo sé pero eso va de fábrica y no tiene remedio), le pregunté a Xabi, mi benemérito informático de cabecera, sobre el significado de la advertencia y desestimó mi preocupación. No te preocupes, me dijo, es que no pones puntos y aparte, toda la entrada es un solo párrafo y le parece demasiado espeso. Toda mi vida he tenido a alguien sobre mi hombro diciéndome lo que tenía que hacer y ahora esta opresiva función la ejerce un algoritmo, convertido en crítico literario y preceptor de estilo. Pero es obvio que el algoritmo sabe más que yo sobre las querencias y capacidades de los usuarios de la red, cuya atención hacia los mensajes está atraída por el fulgor del titular, el destello de la imagen y el tópico del contenido, y dura apenas unos segundos. El conocimiento servido a través de la red ha dejado de tener profundidad para ganar en extensión; dicho en clave de dos dimensiones, es más horizontal que vertical. En la papilla de la red, un texto como este que ahora lee usted –mon frère, mon semblable- es inevitablemente un grumo de difícil digestión. Falta un relato es una frase hecha que menudea en estos tiempos para significar que los partidos políticos y los líderes que nos representan carecen de un discurso sobre sus propuestas y planes. Un joven podemita al que traté se reía con ganas de este presunto déficit. Para todas las generaciones, el mundo se crea en el momento en que nacen y para la de los menores de cuarenta y cinco el mundo es una constelación de tuits, pantallazos y capturas en un caladero digital infinito y promisorio. Hacer un relato de todo este material, sería como pretender vaciar el agua del mar en un agujero en la arena, que diría un cura de los de antes. No les falta razón. Lo que no obsta para que produzcan y cuelguen en la web textos larguísimos y prolijos, al gusto de la izquierda desde la revolución francesa. Si no hay un relato, hay sin duda una añoranza de relato porque es imposible ordenar la realidad sin un marco narrativo. Así que desoír la advertencia del sistema operativo es un acto de resistencia civil completamente necesario.
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