La izquierda española tiene un rasgo genético que es preciso tener en cuenta para prever su comportamiento en situaciones de crisis. Estamos ante una especie cainita y antes de que los adversarios de la derecha la aplasten definitivamente, celebran un penúltimo capítulo del desastre con una sangrienta batalla interna, tan minuciosa y cerril que cuando el enemigo vencedor ocupa la plaza no queda nada en pie excepto el borbor del odio que alimentará un nuevo enfrentamiento en la próxima ocasión que se presente. No se conoce con exactitud el origen de este gen, quizás debido a una mezcla de indigencia intelectual, milenarismo inflamado y oportunismo congénito pues la izquierda recurre con frecuencia a una visión novelesca de sí misma para reconocerse ante el espejo. Lo curioso es que esta patología se manifiesta con mayor virulencia cuanto mayor es la fuerza política del portador del gen. Mientras la izquierda es perseguida y ninguneada, el odio permanece en estado larvario, lo que ha dado lugar a la conocida opinión de que la izquierda española solo está unida en la cárcel o ante el paredón. En el siglo pasado hubo dos notorios episodios de recidiva de esta patología, muy cercanos entre sí y ambos letales, ocurridos en Barcelona en mayo de 1937 y en Madrid en marzo de 1939. Después del último, la izquierda pudo disfrutar de cuarenta años de unidad en la cárcel o en el paredón. Los tiempos que corren son menos recios que aquellos, pero el gen sigue operativo e impertérrito. Dejemos de lado, por estar suficientemente comentada, la crisis fratricida del pasado sábado que ha dejado al pesoe maltrecho para los restos y desplacemos la atención a la otra orilla de la izquierda. Ante la inminente victoria de Rajoy, los podemitas han sentido el brusco y jubiloso despertar del gen suicida y se han apresurado a romper su acuerdo de gobierno con los socialistas en Castilla-La Mancha y han amenazado con hacer lo mismo en otras comunidades. ¡Menos mal que no habíamos armado a las respectivas milicias con mosquetones máuser!  Pero, probablemente, el episodio más grotesco, por ahora, de esta confrontación patológica sea el ocurrido en Andalucía, donde podemos y pesoe han presentado en el parlamento regional sendas propuestas de ley contra la homofobia de contenido idéntico, lo que ha llevado a ambas facciones a acusarse de robo, oportunismo y otras edificantes lindezas. El pasado domingo, después de la sarracina socialista, se publicó un sondeo de opinión que confirmaba la previsión de una más abultada victoria del pepé, junto con el descenso de votos de la izquierda. Los podemitas conseguían un mezquino adelantamiento sobre sus rivales socialistas (el sorpasso de los cojones) pero la fuerza de ambos sumada disminuía notablemente en relación con la derecha. La izquierda recibió de sus votantes un modesto encargo en diciembre pasado: echar a una derecha corrupta del gobierno y crear las condiciones para un cambio de tendencia de la política que repartiera la carga de la crisis con más equidad entre las clases sociales. No parece tan difícil de entender, pero en lugar de intentarlo prefirieron apostar a nuevas elecciones para que fuéramos los electores los que cargásemos con el marrón de su incompetencia. En junio, los socialistas acudieron a las urnas después del postureo del pacto con ciudadanos y los podemitas fueron unidos con el fragmento de la izquierda al que habían mandado a freír espárragos unos meses antes, y ambos perdieron votos y fuerza. Por fortuna, todo apunta a que no habrá terceras elecciones y no tendremos que molestarnos en sancionar tanto despropósito. Que vuelva Rajoy, por favor, para que podamos corear una versión actualizada de que contra Franco vivíamos mejor.