Sálvese quien pueda y los primeros, los de casa. Ulula la sirena y todos como rayos en busca del salvavidas al fondo del armario, los que tienen salvavidas y armario, claro está. En la aldea donde vivo, el paisanaje ha sacado en volandas a doce vírgenes en procesión en una iniciativa inédita, no se sabe si por un ataque de pánico o por devoción mariana, emociones que suelen ir juntas en tiempos de tribulación. ¿Será una réplica del tsunami Trump? Al parecer, la liturgia callejera ha estado promovida por la autoridad eclesiástica -¿quién, si no, puede mover una imagen de su hornacina?- para conmemorar el final del año de la misericordia, decretado por el papa de Roma. Ha sido un año extraordinariamente misericordioso, como sabemos, con los refugiados, los desahuciados, los desempleados y los dependientes, que han gozado de una copiosa lluvia de oro. Qué menos que celebrarlo con un correcalles de doce vírgenes que por ende desfilaban detrás del arcángel san miguel de aralar, según cuenta la crónica. Incluso santa maría la real ha sido impelida de dejar el sitial de que disfrutaba en la catedral y ha salido de paseo por primera vez en setenta años desde que los prebostes fascistas de la época la entronizaron como patrona total de este reino. Es como si el cielo se hubiera desplomado sobre nuestras cabezas en forma de muñecas ataviadas con mantos bordados, cofias de puntillas y aderezos de orfebrería y bisutería diversa. Una rogativa masiva y una juerga piadosa. El periódico decano de la provincia, muy afecto a estas movidas, ha dedicado en su edición de papel una sentida crónica a la procesión y ha publicado que participaron en ella quince mil personas, un gentío, habida cuenta el censo de población local. En la edición digital, que puede leer todo el mundo, la cifra ha quedado en varios cientos. Sean cientos o miles, la crónica trae un tufo nacionalcatólico, de desamparo, superstición y retorno a la identidad forjada en un pasado menesteroso y cruel. La anterior alcaldesa de la ciudad y más tarde presidenta de la comunidad fue ejemplar en la combinación de dinero fácil y costumbres rancias, y, a la vez que su gobierno dejaba sin fondos la caja de ahorros local, no faltaba a ninguna procesión ni homenaje litúrgico a las vírgenes que se reunieron ayer, quizás para recordar los buenos tiempos. Ya no hay dinero pero quedan las procesiones.