Los modos de Donald Trump para alcanzar el éxito político ya han tenido efecto e imitadores en lugares tan inesperados como esta remota aldea donde vivo. En este lugarejo, como en tantos otros, el tonto del pueblo era un personaje vagante por calles y bares que imantaba una mezcla de burla y compasión del vecindario. Ahora, además, debiera darnos miedo porque puede llegar a presidente de algo o, en una economía de escala, a concejal. Así que el concejal Echeverría ha decidido poner en marcha el método Trump y a fe que ha conseguido su primer objetivo: ser conocido, o viral, como se dice ahora, y sin duda, como consecuencia, dividir al público en partidarios y detractores, todos enfervorizados. Se debatía en el consistorio municipal una propuesta del grupo de la izquierda emergente o populista, como se quiera llamar, para ampliar el carril bici en las calles de la ciudad. El concejal Echeverría es un viejito, como Trump y como quien esto escribe, y sin duda se siente hostigado por la apretada y promiscua convivencia de ciclistas y peatones en las calles de la ciudad. De manera que representaba a ese segmento poblacional de jubilados irritados y torpones que sienten cómo el espacio público en el que pastaban mansamente hasta hace poco se ha convertido en una jungla en la que, a los mastodontes de las furgonas de reparto, se suman los silenciosos guepardos de dos ruedas que pasan a su lado rozándoles la manga, así que era previsible que el concejal Echeverría no fuera partidario de ampliar el fuero de los ciclistas, una postura tan razonable, al menos, como la propuesta contraria. También Trump representaba a los hombres blancos de la América profunda que han perdido su empleo, pero si se hubiera quedado en la defensa sectorial de sus intereses no hubiera llegado a nada. El concejal Echeverría ha captado al vuelo la lección y sorpresivamente (método Trump) ha calificado la extensión del carril bici de utopía comunista y, a partir de ahí, ha puesto el piloto automático de su discurso a vagar por los vericuetos más inconfesables de la memoria colectiva, aquellos que quedan pudorosamente fuera del debate políticamente correcto, y la utopía ciclista le ha llevado a Stalin, los campos de concentración, veinte millones de muertos, Corea del Norte, donde hay un tipo llamado chim pompón que dice a todos lo que hay que hacer, Cuba, y, para que no se nos olvide nada ¡Venezuela!, países, ha proclamado, donde nadie quiere estar (como con el carril bici, se entiende) para terminar su delirante alegato con una sonrisa gatuna y una conclusión victoriosa: así que ya comprenderán que no van a tener más carril bici.  Por supuesto, la progresía autocomplacida se ha partido de risa con el vídeo de la intervención concejil, desde el programa televisivo de Wyoming hasta los últimos memes de la red. Aún no habíamos recuperado la flexibilidad muscular de la cara después del rictus provocado por la elección de Trump y ya estábamos otra vez riéndonos de un bufón de la derecha. Pero ojo con el concejal Echeverría, de momento ya ha conseguido parar la extensión de carril bici y dejar sin argumentos a sus proponentes; quizás al siguiente intento consiga convencernos de que los ciclistas son agentes encubiertos de Maduro (ya lo intentó con éxito, si bien con mayor sutileza, Felipe González) y un poco más adelante obligue a todos a ir al paso de los jubilados, que esos sí que saben quién fue Stalin.