Mendicidad patriótica

Posted by on Nov 30, 2016 in Miradas |

Un mendigo aborda al viandante y, ante el instintivo gesto de retracción de éste, extiende el brazo con la palma abierta de frente, en señal de paz y concordia, y se presenta: no soy de los malos. El viandante se detiene y escruta con previsible desconfianza a su interlocutor. Un hombre bajo, de barba escasa y cana, rostro quemado por el sol, ataviado con todos aditamentos de un vagabundo: gorro de lana y anorak astrosos, mochila a la espalda y gran bolsa de plástico en la mano que promete un surtido de objetos de cuya utilidad solo el propietario entiende. Aún no ha terminado el viandante su cautelosa inspección y el mendigo ya ha iniciado su perorata. Es un peregrino a Santiago que no ha podido alojarse en el albergue porque estaba lleno de esa gente, polacos y rumanos, ya sabe, pero yo soy de aquí y ya me han reservado cama para dentro de dos días, y arreglaré el jardín, porque soy jardinero y les he prometido que lo arreglaré pero ahora necesito algo para un café. El viandante, más fascinado que conmovido, le da dos euros que el mendigo agradece antes de despedirse. Todo en la historia de este hombre era falso excepto su necesidad y el odio a los extranjeros –los malos– que compiten con él en el angosto mercado de la limosna. El viandante está perplejo al comprobar la ubicuidad del fino polvo de la xenofobia porque también él ha cedido al discurso del mendigo y le ha alargado una limosna que niega a otros que pueblan las esquinas de su barrio, en efecto, mujeres rumanas, inmigrantes subsaharianos, algún alcohólico ruso que vegeta en los bancos de la plaza bajo su casa. El viandante es un izquierdista pasado de moda, que detesta la mendicidad porque degrada la condición humana y cree, o creía, que las necesidades básicas universales deben ser atendidas por el estado porque para eso él y la sociedad entera pagan impuestos. Pero ahora está jubilado, su pensión está amenazada por el expolio de la caja a manos de la codicia de los bancos y de los fondos de inversión, y los vecinos que trabajan, cuando tienen empleo, lo hacen por sueldos de miseria, así que nadie quiere pagar impuestos, el estado se queda sin recursos y en consecuencia los sintecho son arrojados a la calle y el viejo izquierdista tiene que encontrar un soporte moral para resolver el dilema entre su anticuada conciencia de lo que debe ser la justicia social y la realidad que tiene ante los ojos. En esa tesitura, le asaltan los clichés difundidos por los voceros del sistema, ya saben, que si las mafias que controlan a esta...

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Hombres que hablan de mujeres

Posted by on Nov 29, 2016 in Miradas |

En pocos días, un par de intervenciones de sendos políticos varones sobre las mujeres han alborotado el ágora, no sin razón. El primero fue el alcalde de Alcorcón,  que se desató en cierto acto de apariencia educativa con una sarta de flatulencias contra las feministas y, ya puesto, contra todas las mujeres. Este tipo da la imagen de un extremista de manual, pendenciero y sobradamente indocumentado por el que nadie blandirá el código penal para llevarlo a los tribunales por apología del terrorismo en una sociedad en el que una mujer es asesinada cada semana por móviles machistas y la violencia de género ocupa las portadas de los medios a diario. Ha insultado a más de la mitad de la población de su municipio y del país, porque habremos de convenir que muchos hombres también nos hemos sentido insultados, pero ya ha obtenido el perdón de su partido, en el que personajes de este cariz ideológico campan con comodidad, después de una reprensión y la consabida petición de disculpas. En último extremo, los exabruptos del edil de Alcorcón se acomodan al trumpismo galopante que parece ser el signo del nuevo tiempo. La otra incursión ha sido del líder podemita. Nada tiene que ver con la anterior excepto en que ambos se han apresurado a justificar la reacción a sus declaraciones con la inevitable argumentación de que habían sido sacadas de contexto. Iglesias ha utilizado una demanda clásica del feminismo –la paridad en los órganos de dirección políticos y económicos- para enmendarla en dirección a lo que llama la feminización de la política, en el sentido de que esta sirva para cuidar y proteger a los individuos en el seno de su comunidad. La intervención de Iglesias tiene un carácter didáctico y propositivo pero no puede ocultar lo que ha dicho y los ejemplos que ha empleado para desarrollar su tesis no ayudan a disipar la impresión de que la reivindicación de igualdad de mujeres y hombres, en tanto que individuos libres y autónomos, no forma parte de las prioridades de su discurso. Lo que cuenta, según su lógica, es la creación de una comunidad popular, consciente y organizada, anclada en sus trincheras y enfrentada al poder político constituido cuyo órgano representativo (y prescindible, al parecer) es el parlamento, en el que él mismo se sienta, junto a otros sesenta y ocho diputados electos del su partido. Resulta desconcertante la cercanía de los discursos del alcalde de Alcorcón y del líder podemita, no en la retórica, desde luego, ni en los objetivos, sino en lo que parece un retorno a una sociedad prepolítica. Para el alcalde trumpista, una sociedad patriarcal en la que las mujeres sean privadas de sus derechos...

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Los famosos cigarros ‘toshiba’

Posted by on Nov 28, 2016 in Miradas |

El largo velatorio de Fidel -nueve días de duelo oficial, de silencio y contrición, dan para muchas ocurrencias- ha traído a la memoria una leyenda de mi provincia que se non é vero, é ben trovato, ocurrida en los primeros años confusos de la transición. La democracia sirvió, entre otros fines, para desasnarnos sobre lo que era la política y este aprendizaje tiene matices muy alambicados que nos han arrastrado finalmente a situaciones inimaginables entonces. En aquel periodo 1979-1983, los artífices del nuevo régimen español diseñaron para esta provincia un estatus transaccional, híbrido de antiguo corporativismo y nueva democracia, que, por cierto, quedó para los restos incrustado en el adn de la política regional, según el cual la diputación provincial, aquí foral, se eligió por sufragio universal hasta que se aprobara el estatuto de autonomía, aquí amejoramiento del fuero. El objetivo era evaluar las fuerzas políticas presentes y especialmente el peso del nacionalismo vasco en la región, pero eso importa poco a los efectos de esta historia, como todo lo que tiene que ver con chorradas identitarias porque el poder y los placeres que depara van de otra cosa. En un cierto momento, el presidente de la diputación electa, del partido de la derecha centrista de la época, cursó una visita oficial a Felipe González, entonces recién elegido presidente del gobierno. En los trámites de cortesía, éste preguntó a nuestro preboste si le apetecía tomar algo. Hombre –respondió el visitante-, si me das uno de esos puros toshiba que te manda Fidel.  Felipe, atentamente, abrió la pulimentada caja de exclusivos cigarros cohiba y le ofreció que se sirviera. Aquel presidente de la diputación foral tuvo ocasión de regalarse con el sabor y el aroma de tan selecto tabaco aún antes de que supiera siquiera pronunciar su nombre y, por supuesto, tuviera conciencia de dónde venía y en qué condiciones era producido. El amigo Fidel, con el que nos unían indestructibles razones de fraternidad histórica,  era, básicamente, el proveedor de habanos. A partir de aquel momento, nuestros prebostes, fueran del partido que fueran, han tenido innumerables  ocasiones de llevarse a los labios un cigarro toshiba y lo que cuenta es que fue Fidel y las labores de su isla –bajos salarios, largas jornadas y mucha esperanza en un mundo mejor- el que les proveyó de ese placer. Ignoro si nuestro antiguo presidente ha dejado de fumar, pero sí sabemos que Felipe cambió de proveedor de tabacos y sin duda de placeres y de convicciones. Los únicos que siguen atados a sus bancadas de madera son los tabaqueros de La Habana enrollando la preciosa mercancía con sus manos, a la espera de que una multinacional o una franquicia los despida a...

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Charla de velatorio

Posted by on Nov 27, 2016 in Miradas |

Hay defunciones en las que parece que todos somos deudos; muertes de rango planetario a cuyo velatorio estamos invitados. No soy lo bastante viejo para haber sido castrista. Sierra Maestra, la gran zafra, el discurso del Che en las Naciones Unidas, bahía de Cochinos, en resumen, la edad de los héroes, son parte de una leyenda que aprendimos cuando aún no estaba forjada en nuestro espíritu la increada la conciencia de la raza, para decirlo con palabras del artista adolescente. La primera experiencia directa del castrismo de la que puedo acordarme data de los setenta  y fue la lectura de Persona non grata, del chileno Jorge Edwards, escrita a raíz del llamado caso Padilla y que le valió al autor la expulsión de la isla, así que puede decirse que inicié mi acercamiento al personaje en escorzo. La paradoja, entonces, es que Fidel nos fue presentado como un dictador, que lo era, mientras nos ocultaban que vivíamos bajo la férula de otro, que, por lo demás, se empeñó y consiguió mantener buenas relaciones con el primero. Franco y Castro fueron en sus momentos de mayor reconocimiento guerreros de la guerra fría, en trincheras enfrentadas y periféricas, que, en lo doméstico no se estorbaban entre sí ni entraban en conflicto. Ahí estaban Fidel y Fraga, el vicario de Franco en la tierra, compartiendo una queimada. La imagen, que era más que una imagen, hacía imposible combatir a uno y defender al otro al mismo tiempo, una disonancia cognitiva que ha lastrado la operatividad de la izquierda de este país. Aunque Cuba nunca dejó de caernos simpática, no sabemos si por su valor o por su sacrifico, que tenía un sentido ambiguo y no exento de mala conciencia en nuestro izquierdismo. Franco y Castro (y algunos otros personajes del siglo veinte que se podrían mencionar) hipostasiaron a su país durante demasiado tiempo, tanto que permitió olvidar los orígenes criminales de uno y heroicos del otro para fijar en la posteridad los logros del primero y las frustraciones del segundo. Lo menos que debemos desear a los pueblos del mundo es que no tengan mandatarios tan duraderos y a los que no puedan echar porque, si bien los jefes se permiten cambiar al albur de las circunstancias de la historia, lo hacen a costa de la inmovilidad de las sociedades que los soportan. Los personajes como Franco y Castro son mutantes. El primero mutó de ambicioso y cruel general africanista a abuelete pacificador y, según sus más fanáticos, protodemócrata. El segundo, de arrojado libertador a reliquia de asilo de ancianos en medio de un país imaginario que ahora se enfrenta a la realidad. No los comparo, y si he de hacerlo prefiero...

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