En pocos días, un par de intervenciones de sendos políticos varones sobre las mujeres han alborotado el ágora, no sin razón. El primero fue el alcalde de Alcorcón,  que se desató en cierto acto de apariencia educativa con una sarta de flatulencias contra las feministas y, ya puesto, contra todas las mujeres. Este tipo da la imagen de un extremista de manual, pendenciero y sobradamente indocumentado por el que nadie blandirá el código penal para llevarlo a los tribunales por apología del terrorismo en una sociedad en el que una mujer es asesinada cada semana por móviles machistas y la violencia de género ocupa las portadas de los medios a diario. Ha insultado a más de la mitad de la población de su municipio y del país, porque habremos de convenir que muchos hombres también nos hemos sentido insultados, pero ya ha obtenido el perdón de su partido, en el que personajes de este cariz ideológico campan con comodidad, después de una reprensión y la consabida petición de disculpas. En último extremo, los exabruptos del edil de Alcorcón se acomodan al trumpismo galopante que parece ser el signo del nuevo tiempo. La otra incursión ha sido del líder podemita. Nada tiene que ver con la anterior excepto en que ambos se han apresurado a justificar la reacción a sus declaraciones con la inevitable argumentación de que habían sido sacadas de contexto. Iglesias ha utilizado una demanda clásica del feminismo –la paridad en los órganos de dirección políticos y económicos- para enmendarla en dirección a lo que llama la feminización de la política, en el sentido de que esta sirva para cuidar y proteger a los individuos en el seno de su comunidad. La intervención de Iglesias tiene un carácter didáctico y propositivo pero no puede ocultar lo que ha dicho y los ejemplos que ha empleado para desarrollar su tesis no ayudan a disipar la impresión de que la reivindicación de igualdad de mujeres y hombres, en tanto que individuos libres y autónomos, no forma parte de las prioridades de su discurso. Lo que cuenta, según su lógica, es la creación de una comunidad popular, consciente y organizada, anclada en sus trincheras y enfrentada al poder político constituido cuyo órgano representativo (y prescindible, al parecer) es el parlamento, en el que él mismo se sienta, junto a otros sesenta y ocho diputados electos del su partido. Resulta desconcertante la cercanía de los discursos del alcalde de Alcorcón y del líder podemita, no en la retórica, desde luego, ni en los objetivos, sino en lo que parece un retorno a una sociedad prepolítica. Para el alcalde trumpista, una sociedad patriarcal en la que las mujeres sean privadas de sus derechos políticos y reproductivos, al unísono con lo que predica el cardenal Cañizares, y para Iglesias, una sociedad de hombres y mujeres que conforman una comunidad atrincherada y autosuficiente respecto a sí misma, en la que las expectativas y los derechos del individuo queden subrogados a las necesidades de la comunidad que los defiende, incluso militarmente, del poder instituido, no importa que sea democrático (no otra cosa fue lo que pusieron en práctica los panteras negras, que menciona en su discurso). Lo que ofrece el pepé con su carga de penitencia y su carencia absoluta de esperanza ya lo sabemos, pero si la intervención de Iglesias sintetiza el discurso de su partido, podemos y la izquierda del país tienen un problema, otro más.