Hay defunciones en las que parece que todos somos deudos; muertes de rango planetario a cuyo velatorio estamos invitados. No soy lo bastante viejo para haber sido castrista. Sierra Maestra, la gran zafra, el discurso del Che en las Naciones Unidas, bahía de Cochinos, en resumen, la edad de los héroes, son parte de una leyenda que aprendimos cuando aún no estaba forjada en nuestro espíritu la increada la conciencia de la raza, para decirlo con palabras del artista adolescente. La primera experiencia directa del castrismo de la que puedo acordarme data de los setenta  y fue la lectura de Persona non grata, del chileno Jorge Edwards, escrita a raíz del llamado caso Padilla y que le valió al autor la expulsión de la isla, así que puede decirse que inicié mi acercamiento al personaje en escorzo. La paradoja, entonces, es que Fidel nos fue presentado como un dictador, que lo era, mientras nos ocultaban que vivíamos bajo la férula de otro, que, por lo demás, se empeñó y consiguió mantener buenas relaciones con el primero. Franco y Castro fueron en sus momentos de mayor reconocimiento guerreros de la guerra fría, en trincheras enfrentadas y periféricas, que, en lo doméstico no se estorbaban entre sí ni entraban en conflicto. Ahí estaban Fidel y Fraga, el vicario de Franco en la tierra, compartiendo una queimada. La imagen, que era más que una imagen, hacía imposible combatir a uno y defender al otro al mismo tiempo, una disonancia cognitiva que ha lastrado la operatividad de la izquierda de este país. Aunque Cuba nunca dejó de caernos simpática, no sabemos si por su valor o por su sacrifico, que tenía un sentido ambiguo y no exento de mala conciencia en nuestro izquierdismo. Franco y Castro (y algunos otros personajes del siglo veinte que se podrían mencionar) hipostasiaron a su país durante demasiado tiempo, tanto que permitió olvidar los orígenes criminales de uno y heroicos del otro para fijar en la posteridad los logros del primero y las frustraciones del segundo. Lo menos que debemos desear a los pueblos del mundo es que no tengan mandatarios tan duraderos y a los que no puedan echar porque, si bien los jefes se permiten cambiar al albur de las circunstancias de la historia, lo hacen a costa de la inmovilidad de las sociedades que los soportan. Los personajes como Franco y Castro son mutantes. El primero mutó de ambicioso y cruel general africanista a abuelete pacificador y, según sus más fanáticos, protodemócrata. El segundo, de arrojado libertador a reliquia de asilo de ancianos en medio de un país imaginario que ahora se enfrenta a la realidad. No los comparo, y si he de hacerlo prefiero al segundo, quizás porque lo tuve lejos, pero ambos nos succionaron la existencia mientras estuvieron vivos y hasta nuestro propio fin estaremos obligados a recordarlos.