Un mendigo aborda al viandante y, ante el instintivo gesto de retracción de éste, extiende el brazo con la palma abierta de frente, en señal de paz y concordia, y se presenta: no soy de los malos. El viandante se detiene y escruta con previsible desconfianza a su interlocutor. Un hombre bajo, de barba escasa y cana, rostro quemado por el sol, ataviado con todos aditamentos de un vagabundo: gorro de lana y anorak astrosos, mochila a la espalda y gran bolsa de plástico en la mano que promete un surtido de objetos de cuya utilidad solo el propietario entiende. Aún no ha terminado el viandante su cautelosa inspección y el mendigo ya ha iniciado su perorata. Es un peregrino a Santiago que no ha podido alojarse en el albergue porque estaba lleno de esa gente, polacos y rumanos, ya sabe, pero yo soy de aquí y ya me han reservado cama para dentro de dos días, y arreglaré el jardín, porque soy jardinero y les he prometido que lo arreglaré pero ahora necesito algo para un café. El viandante, más fascinado que conmovido, le da dos euros que el mendigo agradece antes de despedirse. Todo en la historia de este hombre era falso excepto su necesidad y el odio a los extranjeros –los malos– que compiten con él en el angosto mercado de la limosna. El viandante está perplejo al comprobar la ubicuidad del fino polvo de la xenofobia porque también él ha cedido al discurso del mendigo y le ha alargado una limosna que niega a otros que pueblan las esquinas de su barrio, en efecto, mujeres rumanas, inmigrantes subsaharianos, algún alcohólico ruso que vegeta en los bancos de la plaza bajo su casa. El viandante es un izquierdista pasado de moda, que detesta la mendicidad porque degrada la condición humana y cree, o creía, que las necesidades básicas universales deben ser atendidas por el estado porque para eso él y la sociedad entera pagan impuestos. Pero ahora está jubilado, su pensión está amenazada por el expolio de la caja a manos de la codicia de los bancos y de los fondos de inversión, y los vecinos que trabajan, cuando tienen empleo, lo hacen por sueldos de miseria, así que nadie quiere pagar impuestos, el estado se queda sin recursos y en consecuencia los sintecho son arrojados a la calle y el viejo izquierdista tiene que encontrar un soporte moral para resolver el dilema entre su anticuada conciencia de lo que debe ser la justicia social y la realidad que tiene ante los ojos. En esa tesitura, le asaltan los clichés difundidos por los voceros del sistema, ya saben, que si las mafias que controlan a esta gente, que si el dinero que atesoran en este negocio, etcétera, argumentos que intenta rechazar pero para los que no encuentra alternativa. Que un mendigo se muestre como uno de los suyos y le cuente una mansa historia de esfuerzo, paciencia y laboriosidad, aunque sea falsa, establece con el viandante un momentáneo lazo de fraternidad, que los malos no pueden tender por falta de competencias lingüísticas y de conocimiento de la idiosincrasia del donante. El aflictivo brillo de los ojos de la rumana o del nigeriano no pueden competir con la labia del peregrino a Santiago. Pronto, el izquierdista jubilado y el mendigo espabilado habrán equiparado sus rentas y aquellos que pertenecieron a clases sociales distintas serán iguales en lo único que les une: el patriotismo.  La murga que se nos viene encima.