En la actual fase geológica, los partidos políticos están en proceso de compactación, quizás porque esperan un largo invierno y no desean que el hielo se filtre por las fisuras o quizás porque atisban nuevos movimientos tectónicos y quieren fortificarse alrededor del núcleo duro, lo que quiera que signifique eso. Unidad es el idealizado nombre que, en la jerga, recibe la compactación. En todo caso, el proceso se rige por una lógica mineral y cada partido se embarca en él a partir del magma originario del que está formado y de la consistencia de los sedimentos en los que se apoya. La renuncia voluntaria de Aznar, la gran mosca cojonera de la derecha, a la presidencia honorífica del pepé es un síntoma relevante de esta compactación. Por fin, Rajoy podrá hacer lo que le dé la gana en su finca sin tener pegado a la oreja un estruendoso pepito grillo. Pero lo que en el partido del gobierno es un proceso leve y podríamos decir que natural porque el carácter compacto de su estructura viene de fábrica y está garantizado mientras siga en el poder, en las demás formaciones está adquiriendo un cariz tortuoso y confuso, no exento de titubeos y mala conciencia porque la compactación es un signo político de resignación y pesimismo, un reconocimiento de la propia debilidad y, a la postre, un proceso de ensimismamiento que solidifica al partido y lo aísla de la sociedad, bullente y dispersa por naturaleza. Todo indica que en el pesoe se encaminan a la fabricación de un candidato único para salir de la crisis de liderazgo que ellos mismos se autoinfligieron con su versión trianera de los idus de marzo. Los ciudadanos, tan liberales que han despojado su etiqueta del marbete socialdemócrata que traía pegado de origen, han reforzado en la misma maniobra la autoridad del líder mediante la introducción de medidas disciplinarias contra las corrientes internas, que algún descuidado podría calificar de estalinistas, las medidas disciplinarias, no las corrientes de opinión. Y en podemos están en una inocultable batalla doméstica en la que, a pesar de los desbordados gestos de fraternidad, promiscuidad y buen rollito, ya ha brotado la ominosa noción de las purgas. Los partidos políticos nunca han sido organizaciones democráticas sino carismáticas y los intentos de introducir en su funcionamiento mecanismos electorales convencionales por medio de primarias y referendos vienen derivando en desastres. La desafección entre las bases y las cúpulas es tan pronunciada que, puestos ante una urna, los afiliados votan lo que les da la gana y así es imposible hacer carrera. La necesidad de un líder inmarcesible y omnímodo es a la vez un indicador de debilidad y de eficiencia. El líder es la respuesta a la flaqueza política de la sociedad y a la inseguridad en la organización, pero al mismo tiempo tiene un efecto tranquilizante, y con suerte revitalizador, aunque eso no depende de él sino de las circunstancias del entorno. Lo demás son ventajas. Los votantes pueden desentenderse de sus representantes; los afiliados de base tienen ocasión de proyectar su entusiasmo sin culpa en una persona universalmente reconocida; los cuadros pueden dedicarse a medrar en el escalafón, y los demás partidos, así como los gremios con intereses directos en la política -banqueros, funcionarios, promotores empresariales, etcétera- saben a qué atenerse. Eso sí, el empleo de líder carismático es vitalicio y luego los partidos no tienen manera de sacudírselo de encima, pero nadie es perfecto y, por otra parte, eso es lo que les gusta a los líderes, hacerse un hueco en la historia cuando más grande, mejor, así que todos contentos.
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