Al final, ha resultado como siempre. Un tránsito leve por un puente de tablas sobre un arroyo de aguas someras bajo un chisporroteo de luces y una barahúnda de ruido en lo que lo más relevante ha sido, as usual, el traje de esa jamoncilla vivaracha y televisiva a la que llaman la Pedroche. Ni el atentado de Estambul ha marchitado por aquí el encanto de la rutinaria celebración. La espera estuvo precedida por el habitual recordatorio de acontecimientos del año ido y luego las campanadas, los brindis y todo eso, y ahora ya estamos al otro lado del puente de las efemérides. Lo que designa esta palabra nos envuelve y en ocasiones nos invade todos los días pero hay fechas, como estas recién pasadas, en que los hechos dejan de ser sucesos para convertirse solemnemente en efemérides. Historia vestida de lentejuelas. Leí por primera vez la palabra mucho antes de entender qué significaba. Estaba estampada en la cubierta de una libretita forrada en plástico rojo que portaba consigo el padre Vicuña (a) el Búho, prefecto. Era este preste orondo como un barril, de cabeza grande, nariz aguileña, ojos diminutos alojados en los nidos de grasa de los párpados y presencia temible, perpetuamente tocado con un bonete de cuatro puntas, una especie de corona negra que ilustraba la alegoría del poder y la penitencia. Un joven de esta época identificaría de inmediato al cura con Jabba el Hutt, la gigantesca babosa de Star Wars, en cuyo regazo reposaba ataviada con aparatoso bikini la llorada Carrie Fisher, otra efeméride. Los colegiales de la bata a rayas azules y blancas, tan atribulados como la princesa Leia, formábamos en fila para entrar en clase y ahí estaba Jabba, frente a nosotros, con su libretita en la mano y esa rara palabra escrita de la portada, como una clave secreta. Nunca consulté su significado en el diccionario y desde que llegué a saberlo no he dejado de preguntarme qué clase de efemérides podía anotar el Búho en su libretita que no fueran las disciplinas que infligía a sus pupilos. Así que entenderán que, a pesar de la pomposa musicalidad de la palabra, que evoca tintineo de copas, transparencias y picardías, humo de hachís y un ánimo alacre y estupefacto, propio del superviviente, desconfíe de lo que trae envuelto. Este año en el que hemos entrado nos asaltarán en números redondos las efemérides del asedio de Sarajevo, el bombardeo de Gernika, la guerra de los Seis Días, la batalla de Stalingrado, la muerte del Che, la reforma de Lutero, y, claro está, la revolución rusa de Octubre y su antagónica aparición de la virgen en Fátima. Claro que, exprimiendo un poco el calendario, también recordaremos el estreno de Casablanca. Siempre nos quedará París. Y una duda: ¿se mueve la historia?, ¿pasa el tiempo? Me lo pregunto cada primero de enero.