Los viejos soldados no mueren, solo se desvanecen. Esta máxima del militarismo romántico está asociada en mi imaginación, no sé si con acierto, al recuerdo de una escena de una de las películas que John Ford dedicó a la caballería, quizás Fort Apache o La legión invencible, de tal modo que puedo ver a un escuadrón de jinetes uniformados de azul con un pañolón al cuello que se alejan de la mirada del espectador mientras les envuelve el polvo que levantan sus monturas. Esta mañana, durante el ritual café con Quirón, nos ha asaltado uno de esos héroes, un curtido sindicalista de los setenta, la época cenital del movimiento obrero en la provincia, ya jubilado, que aún mantiene el vivac en la escombrera que es hoy el pesoe, su partido de siempre. Es un buen hombre y un militante comprometido, activo en los foros digitales de su cuerda y al que puede verse en las manifestaciones por todas las causas progresistas que se celebran en la ciudad. Ahora bracea en el gigantesco vacío creado por la izquierda del país. El veterano está empeñado en contagiarnos su perplejidad porque los sindicatos han renunciado a movilizar a los trabajadores y a la sociedad en esta circunstancia de crisis, y, en sus palabras, no hay poder político sin el poder social en la calle. La organización de una huelga general es factible, si se prepara bien, afirma. La perorata discurre en piloto automático y es impermeable a nuestras objeciones, ya se sabe, los cambios habidos en la estructura de la clase obrera, la acomodación institucional de los aparatos sindicales, su poder menguante entre el precariado de los nuevos empleos, la globalización, y todo eso. El viejo héroe continúa impertérrito su arenga mientras sorbe el café que se ha quedado frío. El encuentro llega a su fin, el héroe se queda solo con su periódico del día y, antes de despedirnos, apostilla que está indignado, lo que da ocasión a recomendarle que cuide su ritmo cardíaco porque la única responsabilidad de los viejos es con nosotros mismos. No estamos muertos pero sí desvanecidos, en blanco y negro entre el polvo del desierto que nos envuelve, como los neblinosos soldados de John Ford. No sé qué clase de encanto exultante encuentran los románticos al estado de desvanecimiento de los héroes, lo que significa algo peor que convivir con tu sombra, es saberte convertido en sombra tú mismo. “La izquierda se está llenando de personajes del Amenábar de ‘Los otros’: muertos, políticamente hablando, que no son conscientes de que lo están”, como escribe hoy Andrés Ortega en la pieza enlazada más arriba.
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