Los dos cuerpos del rey

Posted by on Ene 19, 2017 in Miradas |

La tertulias televisivas se vieron ayer agitadas (es un decir, porque traen la agitación de fábrica) por la noticia de que los fondos reservados del estado sirvieron para comprar el silencio de una amante del rey. Los amoríos del rey emérito y la domadora de leones y más tarde con la aristócrata comisionista son historias que han recorrido jubilosamente los subterráneos del régimen del 78 como parte de su folclore. La imagen del rey casquivano pone a los castizos, qué le vamos a hacer. Lo que parece hacer escandalosa esta conducta en tiempos de penuria es que los gastos que todo amorío comporta  se hayan pagado con dinero de nuestros impuestos, como decía un tertuliano bravío, el cual añadía esta explicación ratonera, lo que haga el rey de cintura para abajo no importa a nadie pero no puede hacerlo a costa de nuestros bolsillos. El fallo de este, digamos argumento, es que el rey no tiene dos cuerpos separados por una frontera imaginaria a la altura del ombligo sino que todo él, y durante todo el tiempo, representa al estado, es el símbolo del estado porque así está prescrito en la constitución, así que toca que apechuguemos como sus virtudes y sus vicios, y ambas cuestan dinero. Los dos cuerpos del rey es un viejo dilema de teología política medieval en el que se discierne entre el cuerpo místico del monarca, que, en tanto que representante de dios, es intangible e inmortal, y su cuerpo carnal, falible y corrupto como el de todo hijo de vecino. El dilema medieval es un antecedente de la moderna distinción entre vida pública y privada, que según el clarividente tertuliano mencionado más arriba tiene la frontera en la entrepierna. En todo caso, el dilema plantea una doble interrogación. Al rey porque debe resolver con su conducta donde empiezan y donde terminan sus dos cuerpos –¿qué pasa si la entrepierna atrae a su cama a la espía de una potencia extranjera?-, y a la sociedad porque debe marcar los límites tolerables de los antojos reales. Los borbones, antecesores de nuestra dinastía reinante, resolvieron este dilema compactando en una única y visible figura los dos cuerpos. El rey sol tenía esposa, amantes y concubinas que convivían en palacio, y comía, bebía, follaba y cagaba en compañía y a la vista de sus cortesanos para los que la asistencia a estos menesteres era un signo de distinción y poder.  Hoy con  facebook podemos imaginar la cantidad de me gusta que tendría el muro real. Luego vino la distinción entre vida pública y privada, que es también un invento francés, pero republicano, y en esas estamos, con un rey medieval que tiene hábitos burgueses, pues, ¿qué otra...

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Meditaciones en el frío

Posted by on Ene 18, 2017 in Miradas | 1 comment

El río Ultzama, que pasa por los alrededores de mi pueblo, viene crecido y ha hecho imposible la recuperación del cuerpo de Blanca Esther Marqués,  asesinada por su marido y arrojada después al cauce. Concentración de repulsa por el crimen. Unos cientos de vecinos, muy pocos jóvenes, se reúnen frente al ayuntamiento en la primera oscuridad de la tarde y con un frío polar, escuchan el comunicado de condena emitido por el consistorio, guardan unos minutos de silencio, dedican un aplauso final a la memoria de la víctima y se dispersan. Una rutina cívica para hacer frente a una epidemia de barbarie. La concentración vecinal es más esforzada y artificiosa que el crimen mismo, que parece surgir naturalmente de los hábitos de la sociedad: maltratar y matar mujeres. Blanca Marqués y las que le precedieron en esta suerte y las que sin duda le seguirán son víctimas porque son mujeres y el verdugo es su compañero, el tipo con el que un día quisieron construir una vida compartida, quizás un buen vecino, un paisano común. Los concentrados en el frío de la noche están más confundidos que resueltos, ¿contra qué dirigir la indignación?, ¿a quién pedir cuentas? Los crímenes machistas se presentan con una extraña mezcla de banalidad e indiferencia, como si fueran un hecho de la naturaleza. Producen una indignación momentánea en la sociedad pero el dolor regresa pronto al ámbito privado, donde anida el crimen. El asesino ya está detenido, se entregó él mismo. Ha declarado que no sabe por qué lo hizo, aunque estrangular a una persona exige energía y resolución, y odio para alimentar ambas, y luego se tomó varias horas para decidir si se deshacía del cuerpo del delito en el río. El asesino se siente autorizado a matar por la autoridad que cree tener sobre la víctima y luego, como quien ha cumplido un deber, se entrega como un héroe, dispuesto a recibir los beneficios de la duda, o se suicida como un samurai. Un último gesto de arrogancia que echa a la cara de la sociedad, como si esta le debiera algo. Las motivaciones del homicida pueden ser distintas en cada episodio, pero el patrón del crimen es asombrosamente idéntico en todos los casos y el efecto es el mismo. Al término de la concentración, un hombre pegado a su móvil improvisa para un tercero su versión del hecho: un puñado de generalidades para ilustrar su despiste. Los concentrados quieren dar una muestra de fuerza y cohesión pero están inermes. Nadie sabe en qué momento será llamado a concentrarse de nuevo. Falta un diagnóstico socialmente compartido sobre estos crímenes, que sin duda son la punta del iceberg de un estado de abuso...

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La montaña mágica

Posted by on Ene 17, 2017 in Miradas |

La invitación a participar en una sesíon de lectura sobre La montaña mágica me ha llevado a pasar un  par de semanas fajado con la novela, provisto de papel y lápiz. Lo que Thomas Mann describe en esta obra es la educación sentimental de un joven burgués internado en un sanatorio antituberculoso en Davos, en los Alpes suizos. El azar histórico, o acaso la necesidad, han puesto de repentina actualidad el mensaje de la novela porque en el mismo edificio en que se desarrolla la ficción, convertido ahora en un lujoso hotel, se celebra a partir de hoy y durante tres días el llamado foro económico mundial,  una reunión anual de los prebostes del dinero en la que peroran vagamente sobre las fortunas y desgracias que constituyen su negocio y que afectan a todos los habitantes del planeta. En la presentación de su novela a los estudiantes de la universidad de Princeton, en 1951, Thomas Mann afirmó que La montaña mágica representa una época en la que “el capitalismo funcionaba bien”. Así parece, los ingresados en el novelesco sanatorio constituyen una selecta representación de la clase cosmopolita y ociosa que a principios del siglo pasado gobernaba el mundo y disfrutaba de sus dones, entregada a sus juegos, pasiones y elucubraciones en un espacio cerrado y en un tiempo estanco. Los habitantes de esta burbuja de lujo y evasión de la realidad están objetivamente enfermos y la muerte, discretamente oculta, ronda su existencia, pero esta circunstancia carece de connotaciones aflictivas y más bien es un signo de distinción del que los pacientes hacen alarde festivamente contándose entre sí sus cuitas y ocurrencias, entre toses cavernosas y horripilantes pitidos respiratorios. Nada perturba las rutinas de los huéspedes de Davos, los cuales se refieren a sí mismos como los de “aquí arriba” en contraste con los de “allá abajo”, es decir, el resto de la humanidad, de la que están separados por un abismo de desigualdad e incomprensión. El relato se expande en círculos concéntricos sin avanzar ni agotarse nunca hasta que, en el último capítulo, un suceso externo da al traste con este mundo ensimismado y prisionero de sí mismo. Es el estallido de la primera guerra mundial, a la que los distraídos huéspedes del sanatorio se han acercado sin sospecharlo, como sonámbulos. Al término de la historia, después de mil páginas de disquisiciones filosóficas, lances amorosos, juegos de sociedad, curas diversas y ejercicios corporales y anímicos, el lector busca a Hans Castorp, el refinado protagonista de la novela, entre decenas de miles de reclutas de la maquinaria de guerra de los imperios beligerantes, hundidos en el fango entre las alambradas y bajo el fuego de obuses y ametralladoras. Innominados e...

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Paraísos artificales

Posted by on Ene 16, 2017 in Miradas | 1 comment

Dos de la vela y de la vela dos. Este inextricable refrán que escuché en alguna ocasión en casa de mis abuelos y que, como puede leerse en el Iribarren, alude a una fraudulenta  y disparatada rendición de cuentas, me asalta con las noticias de los preparativos del gobierno británico para encarar la negociación del Brexit. El desafío de la señora May no excluye convertir el país en un paraíso fiscal para vaciar el continente de inversiones. Así tenemos, pues, el canal de la Mancha proyectado como un agujero negro hacia la felicidad. Lo que distingue a un neoliberal de un yihadista es la recompensa que cada uno espera recibir en sus respectivos paraísos, ambos improbables. Por lo demás, unos y otros ejercen alguna clase de terrorismo para conseguir sus objetivos. Pero, del mismo modo que el paraíso de las huríes solo es concebible en la aridez del desierto, un estado moderno convertido en paraíso fiscal debe ser el sueño cocainómano de un especulador financiero, un narcotraficante o de un empresario de tecnológicas pero resulta difícil creer que satisfaga las necesidades del conjunto de la población. El atractivo de los paraísos radica en que sean estrechos y accesibles solo para una minoría: el consabido ojo de la aguja del evangelio. Los paraísos fiscales operativos son islitas insignificantes, perdidas en el océano, bajo la tutela de un estado (la británica isla de Man, por ejemplo), que necesitan poca impedimenta para funcionar: un puñado de oficinas, un pequeño aeropuerto y unos pocos bares en la línea de playa donde tomar una piña colada para mojar el éxito del negocio. Los paraísos fiscales no tienen ejército, ni cuerpo diplomático, ni geriátricos, ni ferrocarriles, ni escuelas, ni ninguna de estas pejigueras cuyo mantenimiento estresa a nuestros gobiernos porque son incompatibles con los bajos salarios, el desempleo, el fraude fiscal, la quiebra de las pensiones y el recorte de los servicios, frutos de las economías actuales que están resueltos a destilar en el alambique de sus políticas para guardar el néctar resultante en las bodegas de los paraísos fiscales. La parábola agustiniana del niño que pretendía trasvasar el agua del mar a un agujero en la arena de la playa ilustra bien el fundamento del paraíso fiscal. Toda la pasta del mundo encapsulada en la caja fuerte de un banco off-shore. La señora May ha debido pensar que eso sería posible si en vez de hacer el agujero con la mano de un niño se utilizara una excavadora caterpillar que dejara hueco todo el país, listo para recibir las remesas del mundo libres de impuestos. El laborista Jeremy Corbyn, que ha terminado por aceptar la evidencia, rezonga: “la primera ministra parece llevar a la...

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La constancia del ‘knut’

Posted by on Ene 15, 2017 in Miradas |

La participación, hace unos días, en un club de lectura sobre Albert Camus me llevó a repasar su obra y entre las páginas de uno de los volúmenes que conservo en casa encontré el programa de mano de una remota  representación de Los justos, que pusimos en escena un grupo de amigos cuando aún no habíamos cumplido los veinte. El retorno a la lectura de Camus me devolvió el gozo que este escritor me produjo entonces y que, por lo que he podido comprobar ahora, aún conservo diría que intacto. Los justos, como es sabido, versa sobre el dilema moral que se plantea un grupo de revolucionarios rusos ante la posibilidad de que el atentado que planean contra un alto cargo de la autocracia zarista pueda acarrear la muerte de los niños que le acompañan. Un interrogante de absoluta actualidad, como vemos, por ejemplo, en Alepo. En un momento de sus deliberaciones en busca de argumentos para llevar a cabo su propósito, los revolucionarios se preguntan: ¿cómo construyó Pedro el Grande San Petersburgo?, con sangre y latigazos. San Petersburgo es una ciudad muy hermosa, abierta al mar, de amplias avenidas sobre los canales del Neva y un urbanismo claro y racionalista, levantada durante la Ilustración para significar que Rusia era una potencia moderna. Pero el látigo (el knut mongol, cuyo nombre aprendimos también en las novelas y tebeos de la infancia) estuvo presente en su construcción y, al parecer, nunca ha abandonado la cultura política rusa. El paraíso comunista también quiso construirse con unos que empuñaban el knut contra otros, con los resultados sabidos. Ahora, el parlamento de Moscú se propone despenalizar la violencia doméstica contra mujeres y niños. La razón es que la legitimidad del estado se basa en la familia patriarcal y el jefe de la familia, epígono del padrecito zar, debe estar aforado por los métodos que emplee para ejercer su autoridad. Toda legislación tiene una casuística y, en este caso, el maltratador no puede repetir la paliza en un año si no quiere verse incurso en un proceso penal. El legislador, pues, ha dado un plazo para medir la eficacia del castigo, la contumacia del castigado y quizás también para que se curen los hematomas pero no el recuerdo que dejan en el alma. Vuelve, pues, el knut del mismo modo que volvió el manganello en la Europa de los años treinta del siglo pasado, y es que resulta una ingenuidad creer que el nuevo orden mundial que se avecina pueda imponerse sin repartir unos cuantos mangazos a los díscolos. En Los justos la violencia es referencial, obscena en el sentido clásico de que ocurre fuera del escenario, y lo que se dirime en el...

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