La participación, hace unos días, en un club de lectura sobre Albert Camus me llevó a repasar su obra y entre las páginas de uno de los volúmenes que conservo en casa encontré el programa de mano de una remota  representación de Los justos, que pusimos en escena un grupo de amigos cuando aún no habíamos cumplido los veinte. El retorno a la lectura de Camus me devolvió el gozo que este escritor me produjo entonces y que, por lo que he podido comprobar ahora, aún conservo diría que intacto. Los justos, como es sabido, versa sobre el dilema moral que se plantea un grupo de revolucionarios rusos ante la posibilidad de que el atentado que planean contra un alto cargo de la autocracia zarista pueda acarrear la muerte de los niños que le acompañan. Un interrogante de absoluta actualidad, como vemos, por ejemplo, en Alepo. En un momento de sus deliberaciones en busca de argumentos para llevar a cabo su propósito, los revolucionarios se preguntan: ¿cómo construyó Pedro el Grande San Petersburgo?, con sangre y latigazos. San Petersburgo es una ciudad muy hermosa, abierta al mar, de amplias avenidas sobre los canales del Neva y un urbanismo claro y racionalista, levantada durante la Ilustración para significar que Rusia era una potencia moderna. Pero el látigo (el knut mongol, cuyo nombre aprendimos también en las novelas y tebeos de la infancia) estuvo presente en su construcción y, al parecer, nunca ha abandonado la cultura política rusa. El paraíso comunista también quiso construirse con unos que empuñaban el knut contra otros, con los resultados sabidos. Ahora, el parlamento de Moscú se propone despenalizar la violencia doméstica contra mujeres y niños. La razón es que la legitimidad del estado se basa en la familia patriarcal y el jefe de la familia, epígono del padrecito zar, debe estar aforado por los métodos que emplee para ejercer su autoridad. Toda legislación tiene una casuística y, en este caso, el maltratador no puede repetir la paliza en un año si no quiere verse incurso en un proceso penal. El legislador, pues, ha dado un plazo para medir la eficacia del castigo, la contumacia del castigado y quizás también para que se curen los hematomas pero no el recuerdo que dejan en el alma. Vuelve, pues, el knut del mismo modo que volvió el manganello en la Europa de los años treinta del siglo pasado, y es que resulta una ingenuidad creer que el nuevo orden mundial que se avecina pueda imponerse sin repartir unos cuantos mangazos a los díscolos. En Los justos la violencia es referencial, obscena en el sentido clásico de que ocurre fuera del escenario, y lo que se dirime en el drama es el desgarro moral que su ejercicio comporta y, en último extremo, su inutilidad radical para hacernos más humanos. Una enseñanza que no hemos aprendido.