La princesa quiere irse

Posted by on Dic 18, 2016 in Miradas |

Qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país, ha dicho doña Cristina de Borbón. No parece frecuente que una princesa –aquí, infanta por mor de la historia y el protocolo- considere que  el país en el que reina su hermano sea un asco de tal calibre que solo merece ser dejado atrás. Bien mirado, sin embargo, es una opinión que comparte buena parte del pueblo llano que simplemente no puede irse y librarse así de tener que chapotear en la mierda que representan doña Cristina y su marido. No obstante, esto que tiene que acabar es el procedimiento judicial por corruptelas diversas en el que están encausados ambos y por el que al consorte le piden cerca de veinte años de trullo, de modo que aún le queda tiempo a la princesa para que pueda hacer efectivo el deseo de largarse. Mal asunto si a las realezas les entran ganas de abandonar el país porque pondrán al estado en un brete. Desde el siglo XIX, los españoles nos hemos mostrado incapaces de articular un estado moderno sin poner al frente a la monarquía, hasta el punto de que las dos repúblicas habidas en este periodo, además de breves, quedaron en el adn de la ciudadanía como sinónimo de desastre. La democracia aquí siempre ha sido subsidiaria de la corona. Primero, el rey, y luego, lo demás. También en 1978, como lo prueba el guirigay desencadenado hace unas semanas por la revelación de una vieja opinión de Adolfo Suárez, el padre de la democracia, sobre la inclusión de la forma monárquica del estado en el paquete de la reforma política. Los aspavientos que la noticia levantó entre la gente de nuestra  generación fueron pura hipocresía porque siempre hemos sabido que así fue la cosa. La monarquía es un fatalismo genético en este país de republicanos que sienten pánico ante la república. La larva de cualquier proceso constituyente a cuyo término eclosiona siempre una mariposa monarca. No por casualidad han crujido las cuadernas de la justicia al sentar a doña Cristina en el banquillo y no por casualidad la ha defendido uno de los redactores de la constitución de 1978. La monarquía tiene entre nosotros un efecto, más que moderador, como dice la constitución, balsámico, sedante, porque permite a unos y a otros seguir a sus negocios, y envolver en ellos al jefe del estado y a su parentela, que se dejan querer porque, vamos a ver, ¿qué sería de un rey o de una princesa sin el amor de su pueblo? El mito del rey campechano. La princesa quiere irse pero no renuncia a sus derechos hereditarios al trono. Le jode el país pero...

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Negocios propios

Posted by on Dic 17, 2016 in Miradas |

Cada mochuelo a su olivo. Fin de la confrontación y de la competencia entre ajenos y vuelta a casa para poner orden entre los propios. Periodo de introspección. Hora de recomponer el mecano y decidir quién lo pilota. Periodo también idiosincrásico porque cada uno se entrega a la tarea de acuerdo con sus hábitos, manías y prejuicios. La ciudadanía, entretanto, que espere, bastante diversión ha tenido en este año que termina. Cada uno a lo suyo, pues. El pepé, con la atención posada en las posibilidades que tiene de gobernar en minoría pero a su antojo, como siempre, o, en su defecto, sobre las consecuencias de romper la baraja en mayo y vuelta a la urnas. Si enero fuera mayo el pepé ganaría seguramente por un tanteo cercano a la mayoría absoluta, pero tiene las manos constitucionalmente atadas hasta dentro de cinco meses, un tiempo que puede ser eterno para marear la perdiz y mantener los dedos cruzados para que la baraka no se esfume. El fin de año ha pillado a la oposición cuesta abajo y sin modo de saber si no se estrellarán antes de que consigan remontar el vuelo. Los socialistas son probablemente los que tienen más bolas en el aire: apoyar al gobierno fingiendo que hacen oposición y recuperar la hegemonía de la izquierda sin saber con qué mano hacerlo, el liderazgo en construcción y la militancia desorientada y harta. Los emergentes arrastran sendos fracasos. Ni ciudadanos ni podemos consiguieron los objetivos que se habían marcado y, como el cemento de la estructura está aún fresco, las organizaciones han acusado el golpe y se han visto sacudidas por la réplica. Nuevos protagonismos, giros programáticos y, sobre todo, necesidad imperiosa de que el campanario no se venga abajo. Lucha por el poder interno, en resumen. El caso de ciudadanos es simple: un partido prefabricado, de ideología versátil, tecnocrático, que es poco más que un líder indiscutible y omnímodo, y un círculo de economistas y académicos alrededor, merced a lo cual sorteará sin dificultad los escollos sobrevenidos, aunque otra cosa es que consiga impulso suficiente para trascender su situación actual de indeseada bisagra de los dos batientes de la puerta que prefieren entenderse sin engranaje por medio. La situación de podemos es más compleja y, en cierto sentido, más grave. Fue un tsunami  surgido de las necesidades sociales provocadas por la interminable crisis económica, que ha agotado su fuerza en las playas de la realidad. La acción combinada de las fuerzas políticas y mediáticas del establecimiento y de los propios errores podemitas han conseguido que, a pesar de su notable fuerza política y representativa, parezca un partido extraparlamentario. No les ayuda a hacer amigos ni a ganar...

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El copista

Posted by on Dic 16, 2016 in Miradas |

Uno de los rasgos más inquietantes de la corrupción es que carecemos de un lenguaje apropiado para definirla. Es lo que hace que tenga una cualidad proliferante, difusa, atmosférica, digamos, como la peste medieval, de la que solo se conocían sus efectos más obvios. En este caso, ni siquiera eso, pues ¿cuáles son los efectos de la corrupción? Ciertos oficios especializados –lingüistas, juristas, politólogos- sin duda podrían cercar un concepto que fuera pertinente al hecho, pero lo cierto es que no hay consenso cívico de uso común sobre qué es la corrupción. La versión más popular la identifica con el robo pero, con ser cierta esta apreciación, no agota la totalidad de la cosa. Si solo fuera un robo o una malversación tendrían razón los defensores de Rita Barberá, que se han multiplicado a raíz de su fallecimiento, de que estaba investigada por mil miserables euros cuando una chusma vengativa la condenó a la vergüenza pública. Este es uno de los rasgos de la corrupción: la falta de vergüenza en quienes la practican. Ante la carencia de una definición a priori, no hay otro modo de identificar la corrupción sino a través de los rasgos que concurren en ella. Un segundo rasgo, pues, sería la arraigada concepción patrimonial del servicio público. Aquí nadie está en una poltrona para ejecutar un mandato, cumplir una norma o desarrollar un proyecto sino para quedarse al mando de las palancas que mueven las voluntades y las cosas. Y un tercer rasgo sería el soporte clientelar que da cobertura a los actos de corrupción; en la base de cada corrupto hay un enjambre orgánico de paniaguados, deudores, amiguetes y pelotas, que dan soporte al corrupto mientras es posible que consiga eludir su responsabilidad ante la sociedad y la justicia. En el delirante culebrón del rector plagiario se han dado estos tres rasgos. A la luz de lo publicado, y que nadie ha desmentido, hay pocas dudas de que el tipo es un desenfadado saqueador del trabajo ajeno, un impertérrito sinvergüenza ante lo que es el mayor delito que se le puede imputar a un académico en ejercicio. La obcecación en mantenerse en el cargo sin otra defensa que unas inanes y falsas explicaciones sobre lo que ha ocurrido da noticia de que el personaje se considera ungido para el rectorado que ocupa y que no está dispuesto a apearse de él por unas pruebas de plagio que califica de disfunciones y material de aluvión,  aunque en realidad destruyen por completo su credibilidad profesional. Y, por último, llama la atención la lentitud y renuencia de la comunidad académica para adoptar una clara condena de los hechos y de su responsable, como si los que forman...

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Países lejanos

Posted by on Dic 15, 2016 in Miradas |

Alepo. Tardaremos en comprender lo que está ocurriendo en esa ciudad y en ese país, si llegamos a comprenderlo algún día. En realidad, nuestra esperanza, apenas secreta, es que consigamos olvidarlo antes de que nos envuelva por completo. Por primera vez, nos sentimos concernidos y amenazados por una guerra lejana, lo que explica nuestra actitud ante los refugiados. No se trata de que vengan a robarnos los puestos de trabajo o que tengamos que compartir con ellos la sala de espera del médico o los pupitres de la escuela, sino de que no queremos saber de la experiencia que traen consigo: una mezcla de dolor y vergüenza que interpela a nuestra deliberada ignorancia sobre el mundo en que vivimos, sobre la naturaleza de las guerras que empujan a esa gente hacia nuestras vidas. En una reciente exposición del fotógrafo Gervasio Sánchez sobre los efectos de la guerra civil en un país subsahariano sentí esa mezcla de horror y alivio que los europeos solo experimentamos en el cine. Lo que mostraban las imágenes de la exposición era espantoso pero, al mismo tiempo, ocurría en un país muy lejano, exento de referencias y casi imaginario si no fuera por el insoslayable  realismo que la voluntad del reportero había impreso en los documentos que mostraba. ¿Qué sabía el espectador de la guerra de cuyas consecuencias era testigo?, ¿qué podía hacer al respecto? El impacto de la exposición me llevó a un libro alojado en uno de los anaqueles más remotos de la biblioteca y titulado significativamente Lejana África (Gianni Giansanti, 2004; trad. José Luis Gil-Aristu). El libro, hoy descatalogado, es una publicación ilustrada con llamativas imágenes a color que ejemplifican bien la característia curiosidad de los europeos sobre África y que tiene su canon en el trabajo de la cineasta nazi Leni Riefensthal sobre los nuba de Sudán. Grupos tribales de pastores o cazadores nómadas en su entorno natural, entre la sabana y la selva, hombres musculados y altivos y mujeres enjaezadas y cargadas como bestias que hacen de su cuerpo un estremecedor lienzo de escaras, perforaciones y cicatrices de violencia ritual. Las fotografías de Giansanti y de Gervasio Sánchez establecen los puntos de partida y de llegada, respectivamente, no solo de la deriva de esos países que están más allá de nuestra imaginación sino, sobre todo, la evolución de la mirada europea sobre su propia periferia, de la que nada sabe y donde el folclore muta en barbarie ante nuestros desavisados ojos. Las imágenes de ambos fotógrafos tienen un solo elemento común: la presencia del kalashnikov, descuidado sobre el hombro en los nómadas de Giansanti junto a sus rebaños de vacas y firmemente aferrado en las manos de los enloquecidos adolescentes...

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La aparición que no cesa

Posted by on Dic 14, 2016 in Miradas |

Cada vez que asoma la cresta en el gallinero es para amargar el desayuno a sus vástagos. Si fuera más corpulento y gastara una luenga barba entrecana daría clavada la imagen freudiana del padre al que los hijos han de asesinar si quieren ser libres. Pero no es corpulento, aunque sí atlético, y su cara, con o sin bigote, alberga una ligera vis cómica, que intenta enmascarar con un gesto de perpetuo cabreo y una risa hueca, entrecortada y tenebrosa con la que rubrica algunas de sus ocurrencias sin maldita la gracia. El exorcismo ante sus apariciones públicas lo practican los humoristas en los clubes de la comedia porque es uno de esos personajes que más rápido han ido a identificarse con su caricatura, pero en el partido que fundó, dirigió y moldeó no están para chistes. Vástago de la clase dirigente de la dictadura, demócrata reticente en sus albores políticos, devino liberal cuando esta ideología había dejado de significar algo en la sociedad para convertirse en el santo y seña del dinero y fue votado mayoritariamente cuando declinó el felipismo, versión local de la socialdemocracia, y  la derecha consideró que había llegado la hora de enmendar la deriva de la transición. Antieuropeísta convencido, o mejor, adversario jurado del estado social y democrático sobre cuyo consenso se urdió la unión europea, cabalgó sobre la ola atlántica que impulsaron Reagan y Thatcher, cuyos frutos postreros han sido, respectivamente, Trump y el Brexit, y su ardor guerrero, intacto porque eludió la mili, le empujó a llevar a su país a una guerra universalmente rechazada y a posar como dominguillo de sus mentores en una imagen que le perseguirá hasta el epitafio. Su política económica, a la moda del fin de siglo, se basó en poner el patrimonio público en un despeñadero de buitres.  Autopistas, urbanizaciones, aeropuertos, hospitales, ahora vacíos e impagados, son las osamentas que quedan de aquel festín, además de una nube de parásitos que en estas fechas desfilan a su pesar hacia los banquillos de los juzgados. Su herencia más conspicua se resume fácilmente: una economía exangüe, una sociedad quebrada e irritada, una parte del país empeñada en la secesión y una corrupción política endémica. En un estado de democracia saneada y con una sociedad civil vigorosa y autónoma hace tiempo que un personaje de este cariz estaría en los libros de historia pero aquí se adquiere la condición de fantasma antes de ser difunto y ahí está el tipo, emergiendo cuando le place de entre los cortinones del escenario para que sus cuitados herederos den un  brinco en la poltrona cuando oyen su...

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