Un mensaje madrugador de Quirón ofrece el tema de la entrada de hoy. Él es filólogo y sin duda está más atento a esta clase de asuntos. La cuestión es la clausura de la web en español de la Casa Blanca y la tibia reacción oficiosa del gobierno. Es una reacción proporcional a la relación ogro-gnomo. El ogro decide cortar la lengua a más de cincuenta millones de hispanohablantes estadounidenses y el gnomo expresa su malestar bajo la sombrilla de una seta al otro lado del océano en la esperanza de que el ogro no se lo tenga en cuenta, si es que ha llegado a oírle. Si hubiera querido hacerse oír, el gobierno de Rajoy podría haber anunciado una subida de la renta de alquiler de las bases americanas, ahora que ha subido la luz y al parecer todo quisque va a tener que pagarse sus gastos de defensa. Pero no es el caso. Al contrario, el protocolo que vincula al gnomo con el ogro son los espásticos cabezazos de pleitesía que rindió en una ocasión Piqué, a la sazón ministro de exteriores de Aznar, al entonces presidente Bush. Diríase que le había dado un ataque de sumisión en aquella época feliz de las Azores. Casualmente o no, la entronización de Trump ha traído una charla de nuestro jefe de entonces sobre la desvertebración del país, en plan Ortega y Gasset. Las re-presentaciones del líder inmarcesible se siguen con la curiosidad morbosa de un espectador de circo que espera que el león dé un zarpazo al domador o, lo que sería peor, que se escape de la jaula. En todo caso, el idioma, cargado de sentimientalidad, ha dejado de ser un referente válido para la política, si alguna vez lo fue. Los españoles no somos los guardianes del español; ni siquiera hemos podido encontrar las tumbas de Cervantes y de García Lorca, y también establecemos vetos a otras lenguas con las que convivimos, tan españolas como el español. Más grave es el muro que el ogro ha prometido erigir en la frontera mexicana y sobre el que aquí no se ha oído ni una palabra de protesta en la lengua que compartimos con los mexicanos. La paradoja reside en que nuestro futuro previsible está en el área lingüística del inglés, que es la lingua franca de la unión europea, ahora que los angloparlantes nativos la han abandonado. ¿O será el alemán? Tiempos confusos para la diplomacia y prósperos para las academias de idiomas. Lamento no tener más claras las ideas sobre una de las pocas cosas que amo de verdad: la lengua...
Hechos alternativos
La mentira es un (mal) acuerdo entre el deseo y la realidad. Cualquiera que lance un mensaje debe lidiar con esta evidencia porque la realidad es cerril y el deseo espontáneo y caprichoso. En los políticos, la mentira es un hábito que puede llegar a ser muy refinado. Entre la ocultación de los hechos y la negación de la evidencia hay un espacio de matices que incluye el silencio –no hablar de lo que no conviene-, que es la fórmula generalmente empleada por nuestro presidente del gobierno. En esta opción, la realidad se achica al no ser nombrada y el deseo permanece oculto por lo que la mentira queda en el aire, como una hipótesis. La conseja de Goebbels de repetir cien veces una mentira hasta que se convierta en verdad no es aplicable en esta época. Aquel tipo contaba con el monopolio del mensaje y con recursos adicionales para convencer a los escépticos. Ahora la realidad anda por ahí a su bola y a la vista del que quiera verla, y acomodarla al deseo no es fácil. Así que Trump, y sobre todo sus asesores y expertos en comunicación, tienen por delante una dura tarea. El nuevo presidente parece un niño malcriado que nunca ha recibido una negativa por respuesta ni ha experimentado la menor resistencia al cumplimiento de sus deseos. Esta clase de personajes se convence a sí mismo de que no miente porque no necesita llegar a ningún compromiso con la realidad; la cual simplemente se derrite ante el fuego de su voluntad. La realidad, sin embargo, permanece ahí, modesta, molesta e incombustible. Es una realidad documentada que a la toma de posesión del nuevo presidente acudió mucho menos público que a la de su antecesor, luego no es cierto lo que dijo uno de sus empleados de que había sido la jura del cargo más concurrida de la historia. Hasta aquí la mentira, o la falsedad, si se prefiere menos crudamente, pero, como ocurre en estos casos –por aquí lo vemos todos los días-, otros miembros del gobierno salieron en defensa del mentirosillo, y en una circunstancia de tensión epistemológica (la creatividad lingüística es propia de los regímenes fraudulentos) alegaron que lo que el obsequioso empleado había ofrecido eran hechos alternativos. La realidad alternativa es una creencia afincada en el oficio de ocultistas y pitonisas y es una pésima señal que aparezca en las primeras comunicaciones de la nueva administración. El único hecho alternativo memorable de estos días lo han constituido las manifestaciones masivas dirigidas por mujeres y celebradas en Washington y otras capitales para evidenciar el rechazo a Trump y a la realidad que...
Vargas pulsa el mando a distancia
Las horas lectoras han estado atrapadas estos días en un maravilloso ensayo de crítico literario Marcel Reich-Ranicki sobre Thomas Mann y los suyos, disección de un grupo humano que fue lo más parecido que ha dado el siglo XX a una familia real en el mundo de la literatura. Entre las observaciones del crítico sobre estos ilustres personajes, una llama la atención por lo que tiene de actualidad. Las opiniones y comentarios políticos del gran escritor alemán y de su hermano Heinrich gozaron de mucho predicamento en su país durante el primer tercio del siglo porque estaban firmados por los autores de Los Buddenbrook y El súbdito, respectivamente, no porque las dotes de ambos hermanos para la visión política valieran gran cosa, como demostraron los hechos. Este encumbramiento de autores de ficción en campos en los que prima la realidad, como la política o la economía, y mejor si van juntas, es un hábito de mucho pedigrí que viene de lejos. Novelistas y dramaturgos se suman públicamente a cierta opción política por querencia sentimental, por convicción y también por cálculo, ya que esta situación ensancha su público lector y les proporciona gajes complementarios a los de su obra literaria. A su vez, las fuerzas organizadas de la facción a las que el escritor presta su pluma se muestran complacidas porque sus objetivos partidarios se ven bruñidos por la elegancia de la prosa y la aparente perspicacia del escritor afecto. Mario Vargas Llosa es el Thomas Mann del ámbito de la literatura en castellano y cada domingo nos propina en el diario de referencia una loa al neoliberalismo rampante, acreditada por el hecho de que es autor de La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, novelas que gozan de nuestro eterno agradecimiento. Como a Thomas Mann entonces, a Vargas Llosa le pirria el reconocimiento público. El nóbel hispánico y los así llamados neoliberales de su/nuestro ámbito lingüístico llevan años intercambiando homenajes y zalemas de todas clases y con cualquier ocasión. Hoy es el primer domingo de la era Trump, así que resultaba intrigante la lectura de la homilía de Vargas en el diario de referencia, que trata ¡caramba! sobre las series de televisión. Uno, dos, tres cuatro, cinco, seis párrafos de un artículo que tiene ocho, entregados a disquisiciones sobre las series televisivas, sus trucos y convenciones. Desde luego que hay áreas ocupadas por la realidad más ominosa a las que el nóbel no se olvida de aludir: Rusia, Turquía y, claro está, Venezuela. Pero, ¿y Trump o el Brexit? Ah, en estos casos, como en las series televisivas, “todo puede pasar en ellas porque sus autores...
Trumpazo
El espectador sigue atentamente la ceremonia de jura del cargo de Trump en busca de señales del cambio de sentido de la historia que, al parecer, tiene lugar en ese momento. No ocurrió nada imprevisto ni sorprendente, sin embargo: desfile de políticos, banderas, tambores y trompetas, coros, plegarias, un juramento breve sobre dos biblias, quizás el único exceso noticiable, y un discurso presidencial en el que el investido repitió el propósito nacionalista de su mandato sin entrar en detalles. Un discurso hosco, vago y enfático, dirigido a sus seguidores, que podría ocultar una inseguridad inconfesable. Entretanto, el diario de referencia se mostraba estupefacto por lo que llama el suicidio anglosajón, la renuncia simultánea de Estados Unidos y Reino Unido a la globalización, que ambos países vienen impulsando, uno detrás de otro, desde principios del siglo XIX. Un régimen político y económico que se ha convertido en dominante en el mundo y del que ambos países han sido los principales beneficiarios. Veamos. Sin remontarnos tan lejos en el tiempo, Trump y el Brexit británico son la consecuencia última de una doctrina política que se puso en marcha en los años ochenta del pasado siglo, según la cual, a) la sociedad no existe, b) el individuo es libre hasta para conducir borracho por la autopista, como sugirió un epígono, y c) el estado está para ser burlado, privatizado y saqueado a pelotazo limpio. La doctrina aplicada a la realidad resultó tan exitosa que consiguió sus objetivos. La economía de mercado y la democracia representativa, pilares y a la vez garantes del sistema, saltaron por los aires. El mercado fue desregularizado hasta resultar un caos ingobernable, y la democracia representativa dejó de ser funcional para sus fines propios de garantizar los derechos humanos, la atención al público y la cohesión social. En el escenario quedaron un puñado de plutócratas henchidos de poder y arrogancia, y una masa de población frustrada y vindicativa, que han terminado por encontrarse en elecciones plebiscitarias. Trump fue elegido en una votación que no ganó en votos y el Brexit es fruto de un malicioso referéndum. Eso o algo parecido ya ocurrió en Europa en los años treinta del pasado siglo y fue Alemania, entonces probablemente el país más desarrollado y culto del mundo, el que marcó la pauta entregándose a la barbarie cuando buscaba una salida a la depresión en que estaba sumida. ¿Era previsible en 1933 que ocurriera lo que luego ocurrió? De momento, la toma de posesión del cargo del nuevo emperador discurría ayer en una atmósfera plomiza, propiamente invernal, poblada de rostros graves, impacientes, como de quienes asisten al funeral que sigue a un ajuste de cuentas. El único detalle de color, casi magnético,...
Inquisición
Durante años, miles de españoles corearon públicamente y a voz en grito aquello de Carrero voló, etcétera. Aquella murga, que todavía puede encontrarse en algunos sitios de internet, no representaba una ofensa a una víctima del terrorismo menor que las que ahora juzga la audiencia nacional y el tribunal supremo; sin embargo, muchos de quienes la corearon ocuparon en los años siguientes cargos públicos, desde concejal a ministro, y nadie de aquella generación, a la que pertenezco, dejó de ver el atentado como una ventana a la libertad y a la democracia. Esto es discutible hoy, pero en todo caso es un debate para los historiadores. La justicia y los gobiernos hicieron su trabajo, la sociedad se enfrentó a la violencia como herramienta política y el terrorismo doméstico ha terminado. Es una conquista colectiva en la que, curiosamente, no queda más vestigio de aquel pasado que la celosa inquisición del fiscal y los jueces sobre los tuits perpetrados por algunos particulares con mala sombra. Estos mensajes, a los que la actuación judicial ha dado una publicidad inmerecida y que no tuvieron en origen, carecen de la pretendida gracia que, al parecer, quisieron imprimirles sus autores, muestran lejanía e indiferencia por los hechos aludidos y sus consecuencias, ignorancia política, falta de sensibilidad social y un punto de incivismo, pero cuesta creer que estén animadas por la voluntad de ensalzar el terrorismo y vejar a las víctimas, como lo probaría el hecho de que algunas de estas, públicamente connotadas, se hayan manifestado en contra del procesamiento y condena de los autores y que las asociaciones que las representan no se hayan personado en el procedimiento. La persecución penal de opiniones, o mejor, ocurrencias, como es el caso, referidas directa o indirectamente a la violencia política en este país puede llevar muy lejos. A cualquiera se le ocurren un par de referencias más recientes que el asesinato de Carrero Blanco o los crímenes de los grapo y de eta. Uno, la desenfadada declaración del portavoz del pepé desacreditando a los familiares de las víctimas del franquismo, que intentan recuperar los restos de sus padres y abuelos asesinados y enterrados en las cunetas. Dos, la campaña de desprestigio y acoso sufrida por una de las asociaciones de víctimas de los atentados de Atocha y su presidenta por el hecho de no ser del gusto de la mayoría gobernante. Los procedimientos contra tuiteros y titiriteros no tienen más consecuencia que amargar a los encausados y poner en cuestión la probidad del sistema judicial, que ahora se verá confrontado en tribunal europeo de...