Lo que a todas luces está aconteciendo, con guerra o sin ella, es la destrucción del capitalismo del laisser- faire y de la cultura liberal y cristiana. Nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en la que la libertad de pensamiento será en primera instancia un pecado moral y después una abstracción desprovista de sentido. El individuo autónomo va a desaparecer de la faz de la tierra. La cita es el George Orwell. Lo último que probablemente pudo pensar Orwell de su novela 1984 es que se iba a convertir en un manual de autoayuda para estas fechas de pánico. El ciclo histórico de esta ficción durante el siglo pasado se resume como un éxito de la razón literaria. Fue escrita como un documento militante, de combate contra la amenazadora realidad de su época, la cual, al poco de la fecha que el autor había puesto a su distopía, a principios de los años noventa, parecía que hubiera sido exorcizada para siempre con la conversión de los grandes regímenes totalitarios a los encantos de la libertad de mercado. Fin de la historia, como sentenció aquel. Nineteen Eighty-four no ha dejado de venderse nunca, como si los lectores no pudieran olvidar que la historia que cuenta es demasiado realista para considerarla una ficción pasajera. Así hemos vivido el último cuarto de siglo: durante el día en el centro comercial y por la noche, bajo la luz febril de una bombilla que proyecta sombras en las paredes de la celda, leyendo nerviosamente las peripecias del Winston Smith que somos todos. Ahora, las ventas de la novela se han disparado por la aparición a la cabeza del imperio de un tipo de aspecto grotesco que parece la nueva figuración del gran hermano: ocupa la televisión a todas horas con mensajes amenazadores proferidos en una neolengua insólita en los usos del lenguaje político y diplomático; es partidario de la tortura, de los muros y de las deportaciones, y se propone amordazar a la prensa y entronizar un doblepensar en el que las palabras suplantan a los hechos y se autocalifican de hechos alternativos. El nuevo gran hermano quiere ampliar el arsenal de armas nucleares y no cree que exista algo así como el medio ambiente. De inmediato, el mundo se ha dividido en tres bloques geopolíticos de sesgo autoritario que se repliegan amenazadoramente sobre sí mismos y que ocasionalmente ensayarán alianzas tácticas para mantener la hegemonía en sus áreas de influencia, como se describe en la novela de Orwell. En conclusión, estamos más cerca del fin del mundo que hace unas semanas y como es uso cuando se avecina una catástrofe universal se han detectado reacciones extravagantes y hedonistas en...
Misa en el cine
Martin Scorsese no solo es, probablemente, el mejor cineasta vivo sino, hasta donde se me alcanza, el único interesado en la dimensión religiosa -católica, por más señas- del hombre (aquí el término tiene una connotación de género, pues las mujeres no aparecen en sus películas sino en segundo plano, como mobiliario de la experiencia del varón, como Eva respecto a Adán o María respecto a Jesús). Los personajes de sus historias habitan mundos tribales, bárbaros, extremadamente violentos, donde el estado está ausente o es un agente más de la injusticia reinante, pero en la atribulada conciencia de estos individuos anida un soplo que transparenta nociones religiosas: la comunidad familiar, la culpa, la expiación, la redención, etcétera. Podría decirse que el cine de Scorsese es una continua interrogación sobre los tortuosos lazos que unen al hombre arrojado al mundo con el dios que lo creó. Esta impregnación religiosa está presente en todas sus películas, pero en algunas, que no son ni de lejos las mejores de su filmografía, es la materia misma del relato: La última tentación de cristo, Kundun y ahora la recién estrenada Silencio, una historia sobre la fe, la razón y el quebradizo puente que las separa: la apostasía, en la jerga eclesial. Podemos imaginar que el mensaje de la religión era el único asidero del pequeño Scorsese en la jungla de las calles de Nueva York donde se crió, del mismo modo que en esta película lo es de los degradados campesinos japoneses a los que evangelizan los misioneros jesuitas portugueses del siglo diecisiete. Carezco de sensibilidad religiosa porque, para bien o para mal, la extirparon los curas del nacionalcatolicismo bajo cuyo manto fuimos educados los de mi generación, así que asistí a la proyección de la película con escasa empatía y sentimientos encontrados: fastidio por el terco fanatismo de los jesuitas, conmoción por el inagotable sufrimiento de los campesinos reducidos a carne de cañón de poderes políticos y religiosos ante los que son impotentes y malestar por la gélida racionalidad de los funcionarios japoneses empeñados en salvaguardar el orden y la religión del estado; pero también impaciencia por la interminable duración del metraje e irritación por el tono catequístico de la puesta en escena. La proyección tenía lugar en una sala comercial del último multicine que queda en mi pueblo y al comprar la entrada me informaron que la sesión estaba arrendada a una llamada pastoral universitaria (me imagino que de la universidad del Opus Dei) que iba a celebrar un cine-fórum. El público estaba formado por dos docenas de espectadores, casi todas mujeres de clase media y de la edad de quien esto escribe, y, en efecto, antes de que se iniciara la proyección,...
El laberinto de la fe
Uno de los especimenes sociales más intrigantes de entre los que habitan la plaza pública es el cristiano progresista. Buena gente, tenaz y esperanzada, a la que se puede aplicar con propiedad la proclama de Albert Camus: hay que imaginar a Sísifo feliz. En mi pueblo, hay una activa asociación cultural que los reúne en encuentros periódicos para tratar de los avatares de la iglesia y de la sociedad. El paisaje de estos actos es un lago de cabezas de color ceniza, supervivientes de los años setenta del pasado siglo cuando, por un corto periodo histórico más parecido a un espejismo, la revolución y la sacristía no parecían términos antitéticos y, a veces, cristo y el kalashnikov –Kapuscinski dixit– formaban una extraña pareja, antes de la contrarreforma del polaco Wojtyla. Para el último encuentro se anunciaba un sesudo examen de si el actual papa Francisco está renovando aspectos importantes de la moral católica. Bergoglio, el nuevo papa, es un jesuita que funge de franciscano y concede entrevistas periodísticas en vez de emitir encíclicas; entrevistas que, al parecer, nadie lee ni encuentran eco alguno, como avisa un medio digital, este sí, de inequívoco sello vaticanista. Vuelta, pues, camino arriba hacia la cumbre empujando la piedra de Sísifo. El mismo día en que los cristianos progresistas se reunían, y quizás como ilustración involuntaria del tema que los ocupaba, la prensa traía una noticia que ponía en relación al papa, los preservativos y los entorchados de la pontificia orden de Malta. No resulta fácil entender el busilis del asunto. La secuencia de los hechos parece ser la siguiente: 1) las autoridades internas de esta orden religiosa y militar del tiempo de las cruzadas apartaron del cargo a la persona que ejercía de gran canciller por no haber impedido el reparto de preservativos en áreas de África y Asia donde oenegés dependientes de la orden llevan a cabo funciones de asistencia sanitaria; 2) el papa ordenó una investigación sobre la destitución del preboste y la orden rechazó la comisión designada por el papa; 3) después del correspondiente tira y afloja entre autoridades superpuestas, el gran maestre de la orden (no confundir con el gran canciller) dobla al cerviz y presenta con humildad, como dice el comunicado vaticano, su dimisión ante el papa y, 4) la orden queda bajo la autoridad del gran comendador (con confundir con el gran maestre ni con el gran canciller) hasta que el papa designe al frente de la orden a un delegado pontificio, el cual, por alguna razón protocolaria que se nos escapa no lleva el título de gran. Y todo este prolijo y dilatado trámite, jalonado de oficios en papel de barba, genuflexiones, admoniciones y penitencias tiene...
Parte meteorológico
La corrupción es en este rincón del planeta un monótono hecho atmosférico, como la nieve en invierno o el sol del verano, solo que, al contrario de lo que ocurre con las estaciones, las nubes y los vientos, ni siquiera es posible esperar que el cambio climático altere las expectativas, que una vez más se han visto penosamente confirmadas. El último informe de Transparencia Internacional sobre la percepción de la corrupción sitúa a España a una distancia abisal de los países más desarrollados de la unión europea, que son sus homólogos y socios, Ocupa el lugar 41 de la lista del mundo, doce puestos por debajo del que ocupan los dos últimos de este grupo europeo, Polonia y Portugal (29), aunque para ser justos, en la misma relación están por debajo Lituania, Malta y Rumanía. El que no se consuela es porque no quiere. La corrupción es para nuestros gobernantes lo que la pederastia para los curas: un hecho fatídico e indeseable, sin duda, pero que difícilmente puede identificarse como delito y cuya persecución acarrearía un desorden interno de tales proporciones que desaconseja intentarlo. La pederastia es un alivio de la argolla de la castidad y la corrupción es una extensión casi mecánica del poder recibido en las urnas. Esta lenidad está interiorizada en los presuntos, que difícilmente llegan a convictos. En el banquillo ante el tribunal hay acusados que se saben culpables y otros que no. Los corruptos que amenizan los telediarios con sus declaraciones ante el juez son del segundo tipo. La arrogancia y el visible sentimiento de que son ellos los ofendidos resultarían inimaginables en un atracador a mano armada o en un traficante de droga. En gran medida se saben impunes y es verdad que su impunidad es previsible si es que no está garantizada por una cadena causal que no se le oculta a nadie: la renuencia y el desinterés políticos en atajar estas tropelías, la voracidad de las redes clientelares de los partidos que extiende los beneficios de la corrupción, el consiguiente déficit normativo, la insuficiencia de los mecanismos administrativos de control, la dificultad intrínseca de la investigación policial, la lentitud y dependencia del aparato judicial y, en último extremo, la cínica aquiescencia que estas conductas encuentran en la población. La corrupción no abandonó al sistema de gobierno a la llegada de la democracia, simplemente se hizo más visible, pero ha estado siempre ahí, aunque bajo los primeros gobiernos del pepé aumentó exponencialmente de grado. La razón hay que buscarla en la desenfadada privatización del patrimonio público, cuyo coste será la herencia que nos dejarán los liberales patrios. Esto explica que una autopublicitada liberal haya presidido, sin ella saberlo, por supuesto, las actividades...
El silencio
Repaso con curiosidad los recordatorios publicados de la matanza de Atocha, de la que ayer se cumplieron cuarenta años. Informes y opiniones vienen a demostrar que aquel crimen está lo bastante lejos como para alimentar una memoria activa y lo bastante cerca como para ser un suceso histórico neutral. Probablemente, tres palabras resumen el estado de ánimo dominante en aquella época: esperanza, incertidumbre y temor, un magma que quería dejar atrás el pasado hacia un régimen más libre y decente, sin saber en qué habría de consistir este. La meta, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, se llamaba democracia, sin entrar en detalles. Hablo de entonces y de la gente del común, no de las fuerzas políticas organizadas que hacían su juego empujados por la esperanza pero sin poder sustraerse al temor y la incertidumbre reinantes. En este clima se produjo el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha. Un aldabonazo por la determinación del acto terrorista, la frialdad de su ejecución y la evidencia de los poderes que lo habían alentado. Las víctimas representaban lo más sano y combativo de la sociedad emergente y por eso habían sido elegidos por los victimarios. En ese crimen se encontraron lo viejo y lo nuevo del país: pistolas contra el derecho. Decenas de miles de personas acompañaron a los familiares, amigos y camaradas de las víctimas en el sepelio. Asistí a aquella manifestación llevado por una corriente cívica torrencial, y presidida por un silencio grávido y luminoso, cargado de solidaridad y determinación, como un ensalmo contra la opresiva atmósfera de aquellas fechas. En aquella multitud había, dolor, ira, estupefacción, rabia, sin duda también curiosidad, pero todos los sentimientos estaban compactados en el silencio. Un silencio que aún parece enviar un mensaje en la memoria de los testigos. El partido comunista, al que pertenecían las víctimas y que organizó la manifestación y el sepelio, emitía sin saberlo el canto del cisne como agente político relevante después de cuatro décadas de sostenida lucha contra la dictadura y por las libertades. Tampoco las víctimas han sido recordadas públicamente, excepto en actos minoritarios y en alguna medida marginales. Ahora, el paso del tiempo y la llegada al foro político de una nueva generación han traído consigo interpretaciones de historia contrafáctica sobre lo que fue o pudo ser aquel tránsito de un régimen a otro. La discusión seguirá aunque, cada vez más, por suerte, a cargo de historiadores profesionales. La transición. ni modélica ni fraudulenta, fue el aprendizaje de toda una sociedad sobre sí misma y sobre las contradicciones y limitaciones que la habitaban, una difícil experiencia de realismo político. Fue un proceso con víctimas pero sin épica, y, si hubo alguna, fue sin...