Banderas de nuestros padres

Posted by on Feb 3, 2017 in Miradas | 2 comments

Un enorme lienzo, a medio camino entre la ilustración de cómic y el friso gótico, preside el patio del palacio del Condestable de mi pueblo donde el ayuntamiento ha instalado una exposición sobre el castillo de Amaiur o de Maya, por cuya disputa tuvo lugar en 1522 la última batalla que selló la anexión de esta provincia a la corona de España y su final como reino independiente, es decir, el final para la parte meridional del reino, porque la septentrional, al otro lado del pirineo, siguió siendo independiente hasta que su rey Enrique lo fue también de toda Francia. Estamos, pues, ante una instalación sobre un episodio de historia tardomedieval, que sería un anodino tema de bachillerato si no fuera por su cansina reverberación en la política local. El espacio de la exposición tiene dos partes bien diferenciadas. En el sótano del palacio el visitante encuentra un relato de la excavación arqueológica del castillo, ilustrado con fotografías, croquis, maquetas y objetos de la época, un conjunto ameno y didáctico, realizado con criterios de ciencia museística. En la planta de arriba, el tono de la exposición es hagiográfico. Los materiales reunidos, gráficos y literarios, están empeñados en dar un sentido inspirador a la remota batalla. Este espacio lo preside el monumental lienzo debido a Xabier Morrás. Una multitud es la protagonista del cuadro. Rostros sombríos, vindicativos, iracundos, en los hombres que ocupan el primer plano del lienzo; llorosos, aterrados, en las mujeres de la segunda fila, sobre un fondo de lanzas y antorchas, un cataclismo telúrico que reclama venganza, redención, reconquista, algo. El tema es una alegoría. Los personajes retratados como defensores de la fortaleza medieval son escritores, periodistas, historiadores, artistas plásticos y profesionales contemporáneos -entre otros el alcalde de la ciudad, que es historiador- cuyo rasgo compartido es su adscripción real o virtual al imaginario patriótico local (abertzale, por su nombre vascuence) y, más en detalle, su procedencia de la robusta cepa carlista del país. Aquí reside el interés histórico del cuadro. Xabier Morrás, el autor, es un artista plástico competente y experimentado que, en los últimos años de la dictadura dirigía una sala de arte de la caja de ahorros local donde nuestra generación contempló por primera vez arte moderno y escuchó las lecturas de poetas y escritores emergentes. Un pequeño alvéolo de modernidad y rebeldía cultural. En aquella sala tuvimos noticia, por ejemplo, de la obra pictórica de Francis Bacon, de la que se celebró una exposición de reproducciones cuyo impacto aún recordamos casi cincuenta años después. Pero, a la llegada de la democracia, tuvo lugar un hecho paradójico. Las fuerzas reprimidas por la dictadura no eran, al parecer, liberales, socialistas ni progresistas sino, en buena...

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Los narcisos

Posted by on Feb 2, 2017 in Miradas |

Quirón se encocora cuando en la conversación se mencionan las penurias de los jóvenes. También nosotros lo pasamos mal, resume, y no le falta razón. La generación más preparada de la historia, como se llaman a sí mismos, cargada de títulos universitarios de postgrado, viajes y experiencias académicas,  tiene que elegir entre el subempleo o la emigración. Este es uno de los nervios de podemos y el humus de su grupo dirigente. Listos, guapos y cabreados, y, para decirlo todo, desesperadamente cándidos y narcisistas. Lo que no se cuenta de esta generación es que no conoce la calle, donde se bregaron sus padres y abuelos, porque han atravesado la infancia y la adolescencia en el nido familiar, con calefacción y un plato caliente en la mesa, con la imaginación nutrida de juegos de rol y teleseries en la compañía de amiguetes y colegas bien municionados de plays, ipads, plasmas y otros artilugios luminiscentes  de los que quien esto escribe no sabe ni el nombre ni la función. No es que pertenezcan a otro tiempo por venir, sino que habitan otra galaxia de la que no llegamos a comprender si hay vida inteligente, tal como los viejos del lugar entendemos el término. Lo más asombroso es la satisfacción que parece darles su propio ensimismamiento. El establecimiento político, que llegó a estar muy preocupado por la eclosión de los narcisos y desplegó todos sus ojos para vigilarlos y todos sus tentáculos para destruirlos, los contempla ahora con una mezcla de regocijo y ternura, y presenta la bronca, discusión, numerito o como quiera llamarse entre Iglesias y Errejón, encaramados en los escaños parlamentarios que deben a sus electores después del beso en los labios que intercambiaron otrora, como un altercado fraterno en la mesa familiar, al que los dinosaurios que habitan el hemiciclo asisten condescendientes y satisfechos. Cuando se les interpela sobre su extravagante comportamiento, los chicos responden con una sonrisa de niño acostumbrado a que le rían las gracias y le perdonen los estropicios. Después de todo, así son los videojuegos y si no funcionan a gusto del jugador se resetea  y ya está. Unos muchachos que hablan de feminizar la política pensando en que será la abuela la que se encargue del cuidado de la casa no pueden imaginar la irritación y el hastío de quienes les han dado su voto como un mandato político y no como una playstation.  Estos viejos votantes se sienten como el rey Lear tras haber entregado el reino a sus jóvenes hijas, con el resultado sabido. No importa, Lear era  un carcamal analógico, engreído y senil. La fuerza de los narcisos se apoya en dos pilares que no dependen de la intención de voto....

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El premio

Posted by on Feb 1, 2017 in Miradas |

Mi amigo de juventud Juan Gómez Saavedra, del que nada sé hace décadas, estaba aquejado entonces del mal de la literatura y afirmaba su convicción de que un escritor  podía vivir, con cierta modestia, desde luego, de los premios literarios. En aquella época –años setenta- no había aldehuela ni antro en el país que no considerase necesario honrar su nombre o el de su santo patrón con un premio literario y el registro de estas abundantes convocatorias de las musas llegó a reunirse en un volumen publicado que era la agenda a la fama para mi amigo y los letraheridos como él.  Escrutaba no solo las bases del concurso sino también el ayuntamiento o institución que lo patrocinaba y a los miembros del jurado, entre los que nunca faltaba, junto al inevitable concejal de cultura, algún escritor cuya obra y querencias literarias mi amigo creía conocer bien para adaptar a sus manías la pieza que presentaba al concurso. Juan Gómez se dedicó más tarde a la enseñanza de la literatura y, hasta donde he podido saber, su obra literaria es microscópica, pero doy fe de que en el lapso de uno o dos años en que mi relación con él fue más intensa, ganó unos cuantos premios literarios de lo más variado en temática y composición que me hicieron admirar su ingenio más que su prosa. Es sabido que la picaresca inducida por la hambruna, que es la placenta en la que nació este país, ha devenido simple corrupción cuando hemos llegado a ricos y hoy la esforzada, democrática e inane industria de Juan Gómez se ha convertido en un desenfadado y provechoso mamoneo entre las elites. Los premios literarios sirven para que instituciones y escritores se la lubriquen recíprocamente a mayor gloria de sí mismos y a riesgo de perpetrar algún extravagante escándalo marginal. Así ha ocurrido en días pasados cuando una agencia nacional de noticias y una institución de ayuda al desarrollo, ambas de carácter público y al alimón, han otorgado el premio don Quijote (también se han apropiado para sus manejos del nombre más honroso de nuestra literatura) a un escritor de bestsellers históricos por un artículo periodístico en el que equipara las migraciones actuales con la invasión de los bárbaros en el imperio romano. El escritor premiado, que sin duda es más hijo de godos, árabes y fenicios, que de romanos, como todos nosotros, ocupa sin embargo un sillón en la real academia, lo que le permite adoptar una perspectiva senatorial y sumarse de esta guisa al brutalismo trumpiano imperante. Arturo Pérez-Reverte, pues tal es el nombre del perpetrador, ha hecho fama con novelas históricas ligeras, simples y muy populares, que destilan un patriotismo de...

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El tour de Francia

Posted by on Ene 31, 2017 in Miradas |

Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando. Esta celebérrima cita es del multimillonario especulador financiero Warren Buffet, que tiene motivos para saber de qué habla. Una de las consecuencias de este estado de guerra es la deriva de la izquierda, que va de derrota en derrota y a la que le espera un mal año para recuperar el resuello. El centenario de la revolución rusa va a llenar los suplementos culturales de recordatorios sobre el manantial enfangado que fue el socialismo real del siglo pasado junto a los lamentos por el realismo social en el que estamos enfangados en el siglo actual. Una suerte de parálisis aqueja a las sociedades occidentales y el tartamudeo se ha impuesto en el discurso. En los dos países de referencia del paradigma post socialista –libre mercado y democracia representativa- ya se ha resuelto el crucigrama y ha ocupado el poder la extrema derecha, o como se dice ahora por efecto del mencionado tartamudeo, el populismo. Trump es el paradigma y la británica May una grupie, entre fascinada y renuente. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? El proceso podemos verlo ahora mismo en Francia, en tiempo real, como dicen los productores de realidad virtual. Tres candidatos en liza para la presidencia de la república, una de extrema derecha populista, otro de derecha extrema constitucionalista (que es adjetivo que se aplica entre nosotros como una jaculatoria para designar la respetabilidad política) y el tercero de izquierda. Hasta hace unos días, las casas de apuestas mantenían el siguiente pronóstico ante el inminente encuentro en las urnas: en primera vuelta queda descabalgado el candidato de izquierda y, en la segunda y definitiva, el voto se agrupa en el de derecha constitucionalista y derrota a la derecha populista y todos exhalamos un suspiro de alivio. Pero resulta que el derechista bueno ha sido sorprendido con los dedos en el tarro de la mermelada en un caso de nepotismo de manual a favor de su esposa y mientras se escriben estas líneas la poli registra el edificio de la asamblea nacional ¡dios mío, la sede de la soberanía de Francia! en busca de pruebas contra el presunto mangante. Fillon, como Clinton, ambos demócratas impecables, representan el corrompido e ineficiente estado de cosas que está haciendo tambalear el sistema electoral y son el objetivo a batir por el malestar de la gente. Entretanto, el magma antaño llamado progresista está preso en un bucle diabólico. Si se escora a la izquierda se aleja del gobierno y si se acerca al gobierno se aleja de los votantes de izquierda. Es lo que se ha jugado en...

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Días de cine

Posted by on Ene 30, 2017 in Miradas |

En vísperas de la ceremonia de concesión de los óscars del cine de aquí, los llamados goyas, nuestro bienamado y nunca bien ponderado presidente del gobierno reconoció con la natural pachorra que por ahora es el rasgo más relevante de la marcaespaña, que no había visto ninguna de las películas seleccionadas para los premios. Indignación, protestas y algún sarcasmo en la industria del cine. La pregunta que dio lugar a la respuesta del presidente fue una típica trampa saducea, que los muchachos y muchachas del cine español quizá no sepan qué es, pero cuya elusión sistemática le ha permitido a Rajoy estar donde está. Rajoy no ha hecho nada que no haga la mayoría de los españoles, que es dar la espalda al cine patrio. Es un hecho que a cualquier mercadillo medieval de domingo por la mañana asiste más público que a la película española que se proyecta en el mismo pueblo. Entre acomodarse al suelo mineral de sus votantes o halagar la vanidad de los cineastas, que es el dilema que encerraba la pregunta, a Rajoy no le abandonó el instinto y optó por lo primero. En realidad, no fue una opción sino una robusta actitud que siempre ha estado ahí, y el cine está en otra parte. El presidente no está afincado en la poltrona para hacer amigos en la farándula, que son por naturaleza gente desafecta, narcisista y un punto arrogante. Si Rajoy fuera medianamente aficionado a algún entretenimiento que no fuera el fútbol no sería del pepé ni jefe del gobierno. La militancia conservadora y la cinefilia son incompatibles, como demostró el breve paso por el cargo de aquel fiscal general conocido por la tele como contertulio de José Luis Garci. El mismo Garci cosechó uno de los fracasos de público más estrepitosos de su carrera con aquella película patriótica que le encargó doña Aguirre. Es imaginable el estupor entre la feligresía conservadora si Rajoy, en vez de acompañarse del Marca en las cumbres de jefes de estado fuera Fotogramas lo que llevase bajo el brazo. No es descartable incluso que se oyera alguna tronancina episcopal. Como consecuencia, los negocios de la clase dirigente se celebran en el palco del Bernabéu y no en el estreno de una película de Isabel Coixet o de Javier Bardem.  El subtexto de la declaración del presidente, que, claro está, no formuló ante el micrófono pero que habita en la profundidad de su pensamiento puede enunciarse así: si quieren aficionados al cine, las teleseries y los videojuegos pregunten a Pablo Iglesias. Este año no hay ninguna candidatura de la serie Torrente a los premios goya, películas que revelan milimétricamente el envés del país que gobierna Rajoy y que...

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