Uno de los especimenes sociales más intrigantes de entre los que habitan la plaza pública es el cristiano progresista. Buena gente, tenaz y esperanzada, a la que se puede aplicar con propiedad la proclama de Albert Camus: hay que imaginar a Sísifo feliz. En mi pueblo, hay una activa asociación cultural que los reúne en encuentros periódicos para tratar de los avatares de la iglesia y de la sociedad. El paisaje de estos actos es un lago de cabezas de color ceniza, supervivientes de los años setenta del pasado siglo cuando, por un corto periodo histórico más parecido a un espejismo, la revolución y la sacristía no parecían términos antitéticos y, a veces, cristo y el kalashnikov –Kapuscinski dixit– formaban una extraña pareja, antes de la contrarreforma del polaco Wojtyla. Para el último encuentro se anunciaba un sesudo examen de si el actual papa Francisco está renovando aspectos importantes de la moral católica. Bergoglio, el nuevo papa, es un jesuita que funge de franciscano y concede entrevistas periodísticas en vez de emitir encíclicas; entrevistas que, al parecer, nadie lee ni encuentran eco alguno, como avisa un medio digital, este sí, de inequívoco sello vaticanista. Vuelta, pues, camino arriba hacia la cumbre empujando la piedra de Sísifo. El mismo día en que los cristianos progresistas se reunían, y quizás como ilustración involuntaria del tema que los ocupaba, la prensa traía una noticia que ponía en relación al papa, los preservativos y los entorchados de la pontificia orden de Malta. No resulta fácil entender el busilis del asunto. La secuencia de los hechos parece ser la siguiente: 1) las autoridades internas de esta orden religiosa y militar del tiempo de las cruzadas apartaron del cargo a la persona que ejercía de gran canciller por no haber impedido el reparto de preservativos en áreas de África y Asia donde oenegés dependientes de la orden llevan a cabo funciones de asistencia sanitaria; 2) el papa ordenó una investigación sobre la destitución del preboste y la orden rechazó la comisión designada por el papa; 3) después del correspondiente tira y afloja entre autoridades superpuestas, el gran maestre de la orden (no confundir con el gran canciller) dobla al cerviz y presenta con humildad, como dice el comunicado vaticano, su dimisión ante el papa y, 4) la orden queda bajo la autoridad del gran comendador (con confundir con el gran maestre ni con el gran canciller) hasta que el papa designe al frente de la orden a un delegado pontificio, el cual, por alguna razón protocolaria que se nos escapa no lleva el título de gran. Y todo este prolijo y dilatado trámite, jalonado de oficios en papel de barba, genuflexiones, admoniciones y penitencias tiene lugar ¡por unos preservativos! Habremos de convenir que a Bergoglio le espera, como a Sísifo, un laburo colosal y bastante pesado en su presunto propósito de renovar la moral católica. También ayer otra noticia, esta más castiza, inteligible y acomodada a los usos de la época, reforzaba el acoso a los cristianos progresistas: un cura párroco de la capital del reino se sentará en el banquillo acusado de blanqueo de capitales y delito contra la hacienda pública, vale decir, por llevarse el dinero del cepillo a las islas Caimán. No se sabe si sus fieles seguían el ejemplo del pastor o si era este el que imitaba a sus ovejas porque la parroquia tiene una feligresía adinerada que financió generosamente la excavación de la cripta del templo donde esperan encontrar sepultura cuando el buen dios les llame a su lado y los delitos fiscales hayan prescrito. En el fondo del valle de lágrimas, Sísifo inicia de nuevo el ascenso al cielo empujando la roca, por los siglos de los siglos.
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