El premio

Posted by on Feb 1, 2017 in Miradas |

Mi amigo de juventud Juan Gómez Saavedra, del que nada sé hace décadas, estaba aquejado entonces del mal de la literatura y afirmaba su convicción de que un escritor  podía vivir, con cierta modestia, desde luego, de los premios literarios. En aquella época –años setenta- no había aldehuela ni antro en el país que no considerase necesario honrar su nombre o el de su santo patrón con un premio literario y el registro de estas abundantes convocatorias de las musas llegó a reunirse en un volumen publicado que era la agenda a la fama para mi amigo y los letraheridos como él.  Escrutaba no solo las bases del concurso sino también el ayuntamiento o institución que lo patrocinaba y a los miembros del jurado, entre los que nunca faltaba, junto al inevitable concejal de cultura, algún escritor cuya obra y querencias literarias mi amigo creía conocer bien para adaptar a sus manías la pieza que presentaba al concurso. Juan Gómez se dedicó más tarde a la enseñanza de la literatura y, hasta donde he podido saber, su obra literaria es microscópica, pero doy fe de que en el lapso de uno o dos años en que mi relación con él fue más intensa, ganó unos cuantos premios literarios de lo más variado en temática y composición que me hicieron admirar su ingenio más que su prosa. Es sabido que la picaresca inducida por la hambruna, que es la placenta en la que nació este país, ha devenido simple corrupción cuando hemos llegado a ricos y hoy la esforzada, democrática e inane industria de Juan Gómez se ha convertido en un desenfadado y provechoso mamoneo entre las elites. Los premios literarios sirven para que instituciones y escritores se la lubriquen recíprocamente a mayor gloria de sí mismos y a riesgo de perpetrar algún extravagante escándalo marginal. Así ha ocurrido en días pasados cuando una agencia nacional de noticias y una institución de ayuda al desarrollo, ambas de carácter público y al alimón, han otorgado el premio don Quijote (también se han apropiado para sus manejos del nombre más honroso de nuestra literatura) a un escritor de bestsellers históricos por un artículo periodístico en el que equipara las migraciones actuales con la invasión de los bárbaros en el imperio romano. El escritor premiado, que sin duda es más hijo de godos, árabes y fenicios, que de romanos, como todos nosotros, ocupa sin embargo un sillón en la real academia, lo que le permite adoptar una perspectiva senatorial y sumarse de esta guisa al brutalismo trumpiano imperante. Arturo Pérez-Reverte, pues tal es el nombre del perpetrador, ha hecho fama con novelas históricas ligeras, simples y muy populares, que destilan un patriotismo de...

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El tour de Francia

Posted by on Ene 31, 2017 in Miradas |

Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando. Esta celebérrima cita es del multimillonario especulador financiero Warren Buffet, que tiene motivos para saber de qué habla. Una de las consecuencias de este estado de guerra es la deriva de la izquierda, que va de derrota en derrota y a la que le espera un mal año para recuperar el resuello. El centenario de la revolución rusa va a llenar los suplementos culturales de recordatorios sobre el manantial enfangado que fue el socialismo real del siglo pasado junto a los lamentos por el realismo social en el que estamos enfangados en el siglo actual. Una suerte de parálisis aqueja a las sociedades occidentales y el tartamudeo se ha impuesto en el discurso. En los dos países de referencia del paradigma post socialista –libre mercado y democracia representativa- ya se ha resuelto el crucigrama y ha ocupado el poder la extrema derecha, o como se dice ahora por efecto del mencionado tartamudeo, el populismo. Trump es el paradigma y la británica May una grupie, entre fascinada y renuente. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? El proceso podemos verlo ahora mismo en Francia, en tiempo real, como dicen los productores de realidad virtual. Tres candidatos en liza para la presidencia de la república, una de extrema derecha populista, otro de derecha extrema constitucionalista (que es adjetivo que se aplica entre nosotros como una jaculatoria para designar la respetabilidad política) y el tercero de izquierda. Hasta hace unos días, las casas de apuestas mantenían el siguiente pronóstico ante el inminente encuentro en las urnas: en primera vuelta queda descabalgado el candidato de izquierda y, en la segunda y definitiva, el voto se agrupa en el de derecha constitucionalista y derrota a la derecha populista y todos exhalamos un suspiro de alivio. Pero resulta que el derechista bueno ha sido sorprendido con los dedos en el tarro de la mermelada en un caso de nepotismo de manual a favor de su esposa y mientras se escriben estas líneas la poli registra el edificio de la asamblea nacional ¡dios mío, la sede de la soberanía de Francia! en busca de pruebas contra el presunto mangante. Fillon, como Clinton, ambos demócratas impecables, representan el corrompido e ineficiente estado de cosas que está haciendo tambalear el sistema electoral y son el objetivo a batir por el malestar de la gente. Entretanto, el magma antaño llamado progresista está preso en un bucle diabólico. Si se escora a la izquierda se aleja del gobierno y si se acerca al gobierno se aleja de los votantes de izquierda. Es lo que se ha jugado en...

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Días de cine

Posted by on Ene 30, 2017 in Miradas |

En vísperas de la ceremonia de concesión de los óscars del cine de aquí, los llamados goyas, nuestro bienamado y nunca bien ponderado presidente del gobierno reconoció con la natural pachorra que por ahora es el rasgo más relevante de la marcaespaña, que no había visto ninguna de las películas seleccionadas para los premios. Indignación, protestas y algún sarcasmo en la industria del cine. La pregunta que dio lugar a la respuesta del presidente fue una típica trampa saducea, que los muchachos y muchachas del cine español quizá no sepan qué es, pero cuya elusión sistemática le ha permitido a Rajoy estar donde está. Rajoy no ha hecho nada que no haga la mayoría de los españoles, que es dar la espalda al cine patrio. Es un hecho que a cualquier mercadillo medieval de domingo por la mañana asiste más público que a la película española que se proyecta en el mismo pueblo. Entre acomodarse al suelo mineral de sus votantes o halagar la vanidad de los cineastas, que es el dilema que encerraba la pregunta, a Rajoy no le abandonó el instinto y optó por lo primero. En realidad, no fue una opción sino una robusta actitud que siempre ha estado ahí, y el cine está en otra parte. El presidente no está afincado en la poltrona para hacer amigos en la farándula, que son por naturaleza gente desafecta, narcisista y un punto arrogante. Si Rajoy fuera medianamente aficionado a algún entretenimiento que no fuera el fútbol no sería del pepé ni jefe del gobierno. La militancia conservadora y la cinefilia son incompatibles, como demostró el breve paso por el cargo de aquel fiscal general conocido por la tele como contertulio de José Luis Garci. El mismo Garci cosechó uno de los fracasos de público más estrepitosos de su carrera con aquella película patriótica que le encargó doña Aguirre. Es imaginable el estupor entre la feligresía conservadora si Rajoy, en vez de acompañarse del Marca en las cumbres de jefes de estado fuera Fotogramas lo que llevase bajo el brazo. No es descartable incluso que se oyera alguna tronancina episcopal. Como consecuencia, los negocios de la clase dirigente se celebran en el palco del Bernabéu y no en el estreno de una película de Isabel Coixet o de Javier Bardem.  El subtexto de la declaración del presidente, que, claro está, no formuló ante el micrófono pero que habita en la profundidad de su pensamiento puede enunciarse así: si quieren aficionados al cine, las teleseries y los videojuegos pregunten a Pablo Iglesias. Este año no hay ninguna candidatura de la serie Torrente a los premios goya, películas que revelan milimétricamente el envés del país que gobierna Rajoy y que...

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Apocalipsis

Posted by on Ene 29, 2017 in Miradas |

Lo que a todas luces está aconteciendo, con guerra o sin ella, es la destrucción del capitalismo del laisser- faire y de la cultura liberal y cristiana. Nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en la que la libertad de pensamiento será en primera instancia un pecado moral y después una abstracción desprovista de sentido. El individuo autónomo va a desaparecer de la faz de la tierra. La cita es el George Orwell. Lo último que probablemente pudo pensar Orwell de su novela 1984 es que se iba a convertir en un manual de autoayuda para estas fechas de pánico. El ciclo histórico de esta ficción durante el siglo pasado se resume como un éxito de la razón literaria. Fue escrita como un documento militante, de combate contra la amenazadora realidad de su época, la cual, al poco de la fecha que el autor había puesto a su distopía, a principios de los años noventa, parecía que hubiera sido exorcizada para siempre con la conversión de los grandes regímenes totalitarios a los encantos de la libertad de mercado. Fin de la historia, como sentenció aquel. Nineteen Eighty-four no ha dejado de venderse nunca, como si los lectores no pudieran olvidar que la historia que cuenta es demasiado realista para considerarla una ficción pasajera. Así hemos vivido el último cuarto de siglo: durante el día en el centro comercial y por la noche, bajo la luz febril de una bombilla que proyecta sombras en las paredes de la celda, leyendo nerviosamente las peripecias del Winston Smith que somos todos. Ahora, las ventas de la novela se han disparado por la aparición a la cabeza del imperio de un tipo de aspecto grotesco que parece la nueva figuración del gran hermano: ocupa la televisión a todas horas con mensajes amenazadores proferidos en una neolengua insólita en los usos del lenguaje político y diplomático; es partidario de la tortura, de los muros y de las deportaciones, y se propone amordazar a la prensa y entronizar un doblepensar  en el que las palabras suplantan a los hechos y se autocalifican de hechos alternativos. El nuevo gran hermano quiere ampliar el arsenal de armas nucleares y no cree que exista algo así como el medio ambiente. De inmediato, el mundo se ha dividido en tres bloques geopolíticos de sesgo autoritario que se repliegan amenazadoramente sobre sí mismos y que ocasionalmente ensayarán alianzas tácticas para mantener la hegemonía en sus áreas de influencia, como se describe en la novela de Orwell. En conclusión, estamos más cerca del fin del mundo que hace unas semanas y como es uso cuando se avecina una catástrofe universal se han detectado reacciones extravagantes y hedonistas en...

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Misa en el cine

Posted by on Ene 28, 2017 in Miradas | 1 comment

Martin Scorsese no solo es, probablemente, el mejor cineasta vivo sino, hasta donde se me alcanza, el único interesado en la dimensión religiosa -católica, por más señas- del hombre (aquí el término tiene una connotación de género, pues las mujeres no aparecen en sus películas sino en segundo plano, como mobiliario de la experiencia del varón, como Eva respecto a Adán o María respecto a Jesús). Los personajes de sus historias habitan mundos tribales, bárbaros, extremadamente violentos, donde el estado está ausente o es un agente más de la injusticia reinante, pero en la atribulada conciencia de estos individuos anida un soplo que transparenta nociones religiosas: la comunidad familiar, la culpa, la expiación, la redención, etcétera. Podría decirse que el cine de Scorsese es una continua interrogación sobre los tortuosos lazos que unen al hombre arrojado al mundo con el dios que lo creó. Esta impregnación religiosa está presente en todas sus películas, pero en algunas, que no son ni de lejos las mejores de su filmografía, es la materia misma del relato: La última tentación de cristo, Kundun y ahora la recién estrenada Silencio, una historia sobre la fe, la razón y el quebradizo puente que las separa: la apostasía, en la jerga eclesial. Podemos imaginar que el mensaje de la religión era el único asidero del pequeño Scorsese en la jungla de las calles de  Nueva York donde se crió, del mismo modo que en esta película lo es de los degradados campesinos japoneses a los que evangelizan los misioneros jesuitas portugueses del siglo diecisiete. Carezco de sensibilidad religiosa porque, para bien o para mal, la extirparon los curas del nacionalcatolicismo bajo cuyo manto fuimos educados los de mi generación, así que asistí a la proyección de la película con escasa empatía y sentimientos encontrados: fastidio por el terco fanatismo de los jesuitas, conmoción por el inagotable sufrimiento de los campesinos reducidos a carne de cañón de poderes políticos y religiosos ante los que son impotentes y malestar por la gélida racionalidad de los funcionarios japoneses empeñados en salvaguardar el orden y la religión del estado; pero también impaciencia por la interminable duración del metraje e irritación por  el tono catequístico de la puesta en escena. La proyección tenía lugar en una sala comercial del último multicine que queda en mi pueblo y al comprar la entrada me informaron que la sesión estaba arrendada a una llamada pastoral universitaria (me imagino que de la universidad del Opus Dei) que iba a celebrar un cine-fórum. El público estaba formado por dos docenas de espectadores, casi todas mujeres de clase media y de la edad de quien esto escribe, y, en efecto, antes de que se iniciara la proyección,...

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