La deriva matinal lleva al paseante a una exposición de arte gráfico (obra sobre papel) de artistas españoles de los años ochenta y noventa, perteneciente a una famosa colección privada que ha hecho una cesión temporal al ayuntamiento de su pueblo. En la muestra están representados todos los nombres que han sido, y aún son, relevantes en el arte español de finales del siglo pasado. En este sentido, es una exposición plural, variada y representativa. Pero al mismo tiempo, consabida e insignificante. Una deprimente sensación de dejà vu asalta al espectador. Nada parece haber envejecido más deprisa que el arte contemporáneo. La razón hay que buscarla en la etiqueta. La periodificación temporal del quehacer artístico es arbitraria y asunto de historiadores pero el arte contemporáneo ha sido declarado así por quienes lo hacen, lo comentan y lo disfrutan, de manera que la etiqueta evoca una estación término, un punto sin retorno, un tiempo sin futuro, un bucle eterno, y resulta insufrible. El espectador no quiere ser contemporáneo, vale decir, no se siente identificado con esa sucesión de líneas, manchas, trampantojos y ocurrencias inanes que constituyen el tema de la muestra. La visita trae a la memoria del paseante otra ocasión anterior, esta vez una exposición temporal en el museo de arte abstracto de Cuenca en la que se mostraba la obra de un joven artista consistente en diversas variaciones de líneas onduladas sobre el soporte blanco, indistinguibles de las que podrían salir de los afanes de un jardín de infancia. El arte contemporáneo está siempre al borde de la entropía y diríase que aquel joven artista conquense estaba empezando de nuevo en un estadio de la evolución humana muy anterior al arte de las cavernas. Hay algo desagradablemente narcisista en esta búsqueda ensimismada de la molécula primigenia. Al mismo tiempo, la exposición ofrece al paseante una revelación política: este arte es cómplice de lo que nos ocurre ahora mismo. El repliegue en la subjetividad, el desprecio por la representación y el relato, la ruptura de la ligazón entre significantes y significados, el antihumanismo de los temas, el rechazo a la tradición del trabajo artesanal, la mezcla de arrogancia y banalidad en el quehacer pictórico, el propósito de dejar al espectador abandonado a su propia interpretación y la tiranía comercial de los marchantes secundados por las instituciones públicas, todo conforma la resaca del festín del arte de los últimos cincuenta años, hasta ahora mismo. El arte contemporáneo nació en los años cuarenta del pasado siglo de una constricción política administrada por los agentes gestores del capitalismo y en sus últimas manifestaciones se dejó arrastrar por la bacanal del todo vale postmoderno. A este espectador siempre le había parecido intrigante la...
Carnaval
La pequeña Nahia y la chavalería de su clase han participado este año en el carnaval del colegio con un disfraz de cielo estrellado de vangó, que se cortó la oreja y se puso una venda, para decirlo con sus palabras. La fiesta estaba dedicada al espacio exterior o a la galaxia y las clases habían desplegado su creatividad en disfraces de astronautas, marcianos, planetas y demás utilería cósmica. Mientras Nahia, Ariadne y sus innumerables colegas evolucionaban con sus disfraces en la pista del polideportivo para embeleso de sus mayores, este abuelo quedó prendado del hecho de que también maestras y maestros iban disfrazados de la misma guisa y participaban en los coros de los pequeños danzantes mezclados con ellos. El espectáculo le devolvió la imagen de su primera maestra, doña Amancia, alta, severa, el cabello tensado y anudado con un férreo moño en la nuca, el cuerpo enfundado en un guardapolvo blanco que preservaba su ropa de luto del tizne del clarión. Aquella bata blanca producía en el niño una extraña fascinación. No era un disfraz sino un uniforme, en un tiempo en el que todo el mundo aspiraba a portar una gorra, un entorchado, una chaqueta con botones dorados y, si fuera posible, una porra. El primer signo de autoridad que percibió el abuelo en su inalcanzable infancia fue el guardapolvo de su maestra, que ni siquiera era maestra titulada sino alguien que sustituía las vacantes dejadas por la implacable escabechina que la dictadura practicó con los docentes de la república. Hubo que esperar dos o tres cursos hasta que los primeros maestros titulados se ocuparan de las aulas en las escuelas del Ave María; entonces doña Amancia y su bata blanca desaparecieron, pero la impronta de la autoridad que dejó tras de sí quedó lo bastante gravada en el niño como para que lo recordara inopinadamente sesenta y pico años después. El abuelo está desconcertado pero también esperanzado. Si él sobrevivió a la bata blanca, Nahia sobrevivirá al universo estrellado. Ambos son síntomas de estados de ánimo extremos, como es propio de los carnavales: la penitencia perpetua, la fiesta perpetua. Estaba el abuelo enredado en estas disquisiciones cuando la fiesta escolar dio un giro, no por previsible menos incongruente. En el último acto, el aula de los mayores hizo una representación de la mascarada de Lantz, un famoso y reiterativo carnaval rural de esta provincia que, a la manera de todos los de su especie, tiene un carácter moralista y termina con la ejecución de un ladrón llamado Miel Otxin,. El desorden carnavalesco termina, pues, con el triunfo del bien y la restauración de la propiedad privada. No deja de ser curioso, después del despliegue galáctico,...
Un nacionalsocialista privado
Justo lo que el mundo necesita, otro ensayo sobre Heidegger y el fascismo (Woody Allen, Irrational man).
El teorema de Urdangarín
La justicia es igual para todos, ¿sí o no, usted que cree? La pregunta serpentea afanosamente por tertulias, cenáculos, barras de bar y dondequiera que se reúnan un par de españolitos que no tengan que hablar de fútbol o del precio de las verduras, sumiendo a la ciudadanía en un sordo cabreo de impotencia ante la imposibilidad de encontrar una respuesta satisfactoria. La cuestión Urdangarín es al derecho y a la política lo que el teorema de Fermat a las matemáticas o el gato de Schrödinger a la física cuántica. Un problema irresoluble. Intentemos explicarlo como hacen los físicos y los matemáticos, con una fábula. Supongamos un templo católico al que entra un sujeto cualquiera. Este puede encontrar en el recinto diversas funcionalidades que no pertenecen a la naturaleza del edificio. Puede tumbarse en un banco y echar una siesta, introducirse en un confesionario para beberse una lata de cerveza, refrescarse la cara en la pila de agua bendita, teclear en el órgano una melodía profana e, incluso, puede robar el cepillo. Todas estas acciones son irregulares y probablemente le serán impedidas por el sacristán o el párroco, sin más consecuencias. Pero hay una sola acción que ataca directamente a la naturaleza del recinto: el tipo sube al presbiterio, abre el sagrario sobre el altar, se zampa un puñado de hostias consagradas y esparce las demás por el entarimado. El comportamiento del tipo ha pasado del gamberrismo al sacrilegio. Ante un acto así, los curas al cargo están obligados a llevar a cabo una reparación litúrgica que restaure el carácter sagrado del lugar: oraciones, incienso y todo eso, no importa la sanción penal que le corresponda al sacrílego, y mejor si esta parte del procedimiento se lleva con la máxima discreción porque lo que cuenta no es la punibilidad del acto material cometido, y menos aún la publicidad consiguiente, sino la afrenta moral y simbólica (política, en el caso que comentamos) a lo que es centro de la fe católica (de la fe monárquica en este caso, vale decir, de la fe en el sistema constitucional vigente). Urdangarín es a la vez una hostia consagrada y un beodo delirante de la monarquía española. Los delitos cometidos por él no lo han sido en función de su cargo, pues no tenía ningún presupuesto público del que fuera responsable y sobre el que pudiera prevaricar y defraudar, sino por su pertenencia a la familia que habita en el sagrario. Este hecho genealógico –de sangre, se decía antes-, del que no hay ley que pueda apartarle, constituye una poderosa razón que condiciona la acción de los jueces. Cristina de Borbón sabe lo que hace cuando se niega a renunciar a su derecho...
Presunción de inocencia
Es el mantra de moda. El último argumento ante la peste que nos envuelve. La descarga de todas las miserias del sistema político sobre los tribunales ha terminado por cuartear a la justicia misma. Jueces y fiscales aparecen fracturados en leales y desafectos. Unos, aclamados; otros, hostigados. El mismo día, un fiscal a punto de ser destituido por su jefe orgánico denuncia los intentos de intimidación sufridos, que incluye el allanamiento de domicilio, y un tribunal resuelve que un convicto de corrupción eluda la prisión sin medida cautelar alguna. La resolución judicial que libra al cuñado del rey de ingresar en prisión no puede calificarse más que propia del antiguo régimen, cuando un selecto grupo de congéneres era distinguido por su sangre azul. El convicto, no solo queda exento del pago de una fianza precautoria sino que puede abandonar el territorio nacional sin más cautela que presentarse una vez al mes ante el órgano judicial del país de residencia, en Ginebra, Suiza. ¿Tienen los tribunales españoles autoridad sobre lo que han de hacer los órganos judiciales suizos?, ¿hay tratado de extradición con Suiza en caso de que el condenado quiera eludir la sentencia definitiva? La extradición se concede, por regla general [punto quinto del procedimiento de la ley suiza], si por lo menos una de las infracciones imputadas está sancionada tanto en Suiza como en el extranjero y da lugar a extradición en las dos legislaciones. Pero, si ante las autoridades suizas es un delito altamente improbable la evasión fiscal en terceros países que tiene como destino su territorio, ¿no es contradictorio que considere delincuente a quien ha practicado tan lucrativo negocio para sus bancos? Y si el cuñado del rey de España no se considera delincuente según la ley suiza, ¿por qué habría de estar obligado a presentarse una vez al mes ante un órgano judicial suizo como si lo fuera? ¿O estamos ante un nuevo paso en la cooperación internacional por el cual Suiza no solo custodia los capitales defraudados a la hacienda española sino que también custodia a los defraudadores? Ítem más, ¿por qué no seguir el mismo procedimiento de custodia con otros acreditados clientes de la banca suiza como Bárcenas, por ejemplo? Es obvio que este caballero se sentiría más fuerte, como le exhortó su jefe, si pudiera residir en aquel país, e incluso es posible que el hecho de serle prohibido lo sienta como una injusticia. Siempre puede elevar un recurso y retrasar su causa otro montón de meses. La presunción de inocencia acompaña al cuñado del rey más allá de la sentencia condenatoria. Es inocente a pesar de ser culpable. Parece teología pero solo es picaresca marcaespaña. A estas alturas, el fiscal Horrach...