La renta básica universal es, o debiera ser, el objetivo central de las luchas sociales de este principio de siglo XXI, como lo fue la jornada de ocho horas en el XIX. Este último anhelo fue una utopía realizable y la renta universal también lo es. Ambos objetivos son diáfanos e inmediatamente inteligibles, aceptados por la inmensa mayoría y en consecuencia susceptibles de arrastrar en su estela a grandes grupos de población para hacer el mundo más habitable. La limitación de la jornada de trabajo fue, no solo un alivio de la horrible carga que sufría el proletariado de la revolución industrial sino el basamento de la democracia de masas y la mejora del funcionamiento del capitalismo mediante la racionalización de la producción en las cadenas de montaje y un más equilibrado reparto de la rentas con la consiguiente introducción del consumo doméstico como factor del ciclo del dinero. Hoy, la voracidad desbocada del capital al hilo de la revolución digital y la consiguiente desaparición del empleo masivo ha convertido la reducción de jornada en una piltrafa inoperante. Para los empleados, porque la desregulación del mercado de trabajo y la extrema competitividad por el empleo les obliga a aceptarlo en cualesquiera condiciones, sin posibilidad alguna de negociación. La desaparición del empleo masivo ha supuesto la desaparición del estamento social que lo encarnaba, la clase obrera industrial, hoy fracturada, falta de liderazgo y con sus sindicatos paralizados y mudos. Lo que queda fuera de este espacio de la economía industrial tradicional es un vasto paisaje de desempleados y precarios de todas clases, desde titulados universitarios hasta inmigrantes sin más fuerza que sus brazos en un entorno donde operan robots. La huelga, el arma tradicional de los trabajadores, se ha vuelto inoperante o, en el mejor de los casos, indicativa solo de un malestar mayor que la huelga no resuelve. En esta fase de acumulación del capital financiero o digital, la globalización se ha convertido en una coartada para poner de rodillas al estado nacional, quebrar su hacienda y eludir sus leyes. Los paraísos fiscales son las sanguijuelas aplicadas por los plutócratas en los músculos del sistema para aliviar la enorme congestión del dinero acumulado, pero ellos mismos necesitan ese cuerpo al que están sangrando para seguir vivos. Corporaciones bancarias, tecnológicas, energéticas, alimentarias o del entretenimiento necesitan el mercado de las sociedades desarrolladas para su supervivencia, pero ahora no se trata de arrancar la plusvalía generada por sus cualificados trabajadores, porque son pocos y ya lo hacen de oficio merced a la legislación laboral puesta al servicio de este objetivo, sino de arrebatar sus rentas a todos los demás a través del consumo, que no solo es suntuario, ni mucho menos,...
¿Por quién doblan las campanas?
Leo un análisis de lo que está ocurriendo en podemos acompañado por el tañido inclemente, pendenciero, de las campanas de San Miguel, que exhiben burlonamente su badajo sobre mi ventana desde el otro lado de la calle. Las campanadas y el artículo que estoy leyendo son llamadas a la ecclesia, a la asamblea, también al ágape, y resulta aleccionador informarse sobre las claves del futuro bajo la música abrupta del pasado o, si se prefiere, sobre los negocios de la corte al cobijo de la aldea. El contraste entre los dos polos de atención produce una desasosegante distopía que estimula las neuronas en este domingo lluvioso. El melancólico artículo que estoy leyendo está firmado por Luis Alegre, uno de los académicos fundadores de podemos, en el que anuncia su retiro del mundanal ruido de la política para volver a su cátedra, a sus libros, a sus alumnos, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Este anuncio está envuelto de un prolijo razonamiento sobre las circunstancias que le han llevado a tomar la decisión, el cual introduce al lector en un drama histórico renacentista en el que las campanas son pertinentes. Resulta que la confusa batalla de capuletos y montescos que esta teniendo lugar en la partido morado es debida a las maniobras de la camarilla que rodea al secretario general, de cuyo maleficio este no es consciente. Así de simple y literal, según el autor: “El actual equipo de Pablo Iglesias (que no conserva ya ni a una sola de las personas que le hemos acompañado desde el principio) entró en Podemos con un objetivo que sólo podía conducir a la destrucción del proyecto”. A los vejetes nos tranquiliza saber que los fenómenos ininteligibles –la física cuántica o la política, digamos- pueden explicarse mediante metáforas claras y consabidas, y mejor si son un punto melodramáticas. De modo que todos estos tensos meses de producción de documentos programáticos, acumulación de fuerzas, convocatorias a elecciones internas, llamadas a la unidad y, sobre todo, tuits a porrillo, pueden explicarse por la existencia de una camarilla de boyardos “dispuesta a destruirlo todo con tal de no perder su condición de cortesanos”. La leyenda de la conspiración es un clásico de la política; y también lo es la inocencia del líder inmarcesible en medio de la tela de araña que lo envuelve: “Pablo es un hombre de honor por encima de todo. Y cuida hasta la muerte a la gente que considera sus amigos. Pero creo que ahora se confunde: llama amigos a quienes no tienen más interés que el de mantener su posición excluyente, incluso si eso implica la destrucción de Pablo (y, por lo tanto, de...
Los reyes católicos
Todos lo hemos hecho alguna vez, lo que explica el titubeo y el desconcierto cuando lo vemos en casa ajena. La orden ejecutiva de Trump para impedir la entrada a viajeros de países árabes a los que se tilda de terroristas tiene lugar exactamente quinientos quince años después de la promulgación de la pragmática de los reyes católicos, emitida el 14 de febrero de 1502, para la expulsión de los moriscos de las tierras del reino. Dejemos de lado la barbarie de la deportación y el daño económico y social derivado de la expulsión de una numerosa población de labriegos y artesanos. Lo que cuenta de este hecho es su carácter fundante de la historia nacional. La expulsión de moriscos y judíos, la inquisición, el pensamiento único del nacionalcatolicismo, la abusiva concesión de prebendas a la iglesia, el carácter absolutista del poder, la apropiación de la tierra por los nobles terratenientes que hicieron la llamada reconquista y el saqueo y despilfarro de las riquezas de indias son los capítulos de la historia que hemos aprendido en la escuela, de la que no podemos escapar y que nos ha vaciado de argumentos y en ocasiones también de esperanza. Todo indica que Estados Unidos ha decidido dar un salto atrás. Ha sido un país abierto, construido por la inmigración, la variedad humana y la tolerancia, y una república titular de un modelo imperial inédito en el que no se trataba tanto de ocupar y explotar otros países cuanto de integrarlos, no sin violencia, desde luego, en un modelo político y económico común, que ahora ha decidido parecerse más al reino que urdieron los reyes católicos, que, después de todo, fue el primer estado moderno de occidente. Nuestro gobierno está aquejado del mismo nerviosismo que ha recorrido todas las cancillerías ante las primeras medidas de Trump pero ¿qué puede decir? Serenidad y calma, aunque castañeteen los dientes. Lo cierto es que el gobierno no tiene ni fuerza ni argumentos para actuar de otro modo. La historia de España es la de una larguísima decadencia desde prácticamente el mismo momento en que se constituyó y solo en las últimas décadas, merced al envoltorio europeo, ha conseguido tener un lugar en el concierto internacional proporcional a su peso económico y político. Ahora, la crisis está a punto de desbaratar también esa conquista y Trump amenaza la integridad de la construcción europea que le da soporte. Así que toca confiar en que el tornado no se llevará la casa. Estados Unidos liberó a Europa de sus demonios domésticos después de la segunda guerra mundial; ahora los ha hecho suyos. No pasará mucho tiempo hasta que a este o a otro gobierno se le ocurra resucitar...
Banderas de nuestros padres
Un enorme lienzo, a medio camino entre la ilustración de cómic y el friso gótico, preside el patio del palacio del Condestable de mi pueblo donde el ayuntamiento ha instalado una exposición sobre el castillo de Amaiur o de Maya, por cuya disputa tuvo lugar en 1522 la última batalla que selló la anexión de esta provincia a la corona de España y su final como reino independiente, es decir, el final para la parte meridional del reino, porque la septentrional, al otro lado del pirineo, siguió siendo independiente hasta que su rey Enrique lo fue también de toda Francia. Estamos, pues, ante una instalación sobre un episodio de historia tardomedieval, que sería un anodino tema de bachillerato si no fuera por su cansina reverberación en la política local. El espacio de la exposición tiene dos partes bien diferenciadas. En el sótano del palacio el visitante encuentra un relato de la excavación arqueológica del castillo, ilustrado con fotografías, croquis, maquetas y objetos de la época, un conjunto ameno y didáctico, realizado con criterios de ciencia museística. En la planta de arriba, el tono de la exposición es hagiográfico. Los materiales reunidos, gráficos y literarios, están empeñados en dar un sentido inspirador a la remota batalla. Este espacio lo preside el monumental lienzo debido a Xabier Morrás. Una multitud es la protagonista del cuadro. Rostros sombríos, vindicativos, iracundos, en los hombres que ocupan el primer plano del lienzo; llorosos, aterrados, en las mujeres de la segunda fila, sobre un fondo de lanzas y antorchas, un cataclismo telúrico que reclama venganza, redención, reconquista, algo. El tema es una alegoría. Los personajes retratados como defensores de la fortaleza medieval son escritores, periodistas, historiadores, artistas plásticos y profesionales contemporáneos -entre otros el alcalde de la ciudad, que es historiador- cuyo rasgo compartido es su adscripción real o virtual al imaginario patriótico local (abertzale, por su nombre vascuence) y, más en detalle, su procedencia de la robusta cepa carlista del país. Aquí reside el interés histórico del cuadro. Xabier Morrás, el autor, es un artista plástico competente y experimentado que, en los últimos años de la dictadura dirigía una sala de arte de la caja de ahorros local donde nuestra generación contempló por primera vez arte moderno y escuchó las lecturas de poetas y escritores emergentes. Un pequeño alvéolo de modernidad y rebeldía cultural. En aquella sala tuvimos noticia, por ejemplo, de la obra pictórica de Francis Bacon, de la que se celebró una exposición de reproducciones cuyo impacto aún recordamos casi cincuenta años después. Pero, a la llegada de la democracia, tuvo lugar un hecho paradójico. Las fuerzas reprimidas por la dictadura no eran, al parecer, liberales, socialistas ni progresistas sino, en buena...
Los narcisos
Quirón se encocora cuando en la conversación se mencionan las penurias de los jóvenes. También nosotros lo pasamos mal, resume, y no le falta razón. La generación más preparada de la historia, como se llaman a sí mismos, cargada de títulos universitarios de postgrado, viajes y experiencias académicas, tiene que elegir entre el subempleo o la emigración. Este es uno de los nervios de podemos y el humus de su grupo dirigente. Listos, guapos y cabreados, y, para decirlo todo, desesperadamente cándidos y narcisistas. Lo que no se cuenta de esta generación es que no conoce la calle, donde se bregaron sus padres y abuelos, porque han atravesado la infancia y la adolescencia en el nido familiar, con calefacción y un plato caliente en la mesa, con la imaginación nutrida de juegos de rol y teleseries en la compañía de amiguetes y colegas bien municionados de plays, ipads, plasmas y otros artilugios luminiscentes de los que quien esto escribe no sabe ni el nombre ni la función. No es que pertenezcan a otro tiempo por venir, sino que habitan otra galaxia de la que no llegamos a comprender si hay vida inteligente, tal como los viejos del lugar entendemos el término. Lo más asombroso es la satisfacción que parece darles su propio ensimismamiento. El establecimiento político, que llegó a estar muy preocupado por la eclosión de los narcisos y desplegó todos sus ojos para vigilarlos y todos sus tentáculos para destruirlos, los contempla ahora con una mezcla de regocijo y ternura, y presenta la bronca, discusión, numerito o como quiera llamarse entre Iglesias y Errejón, encaramados en los escaños parlamentarios que deben a sus electores después del beso en los labios que intercambiaron otrora, como un altercado fraterno en la mesa familiar, al que los dinosaurios que habitan el hemiciclo asisten condescendientes y satisfechos. Cuando se les interpela sobre su extravagante comportamiento, los chicos responden con una sonrisa de niño acostumbrado a que le rían las gracias y le perdonen los estropicios. Después de todo, así son los videojuegos y si no funcionan a gusto del jugador se resetea y ya está. Unos muchachos que hablan de feminizar la política pensando en que será la abuela la que se encargue del cuidado de la casa no pueden imaginar la irritación y el hastío de quienes les han dado su voto como un mandato político y no como una playstation. Estos viejos votantes se sienten como el rey Lear tras haber entregado el reino a sus jóvenes hijas, con el resultado sabido. No importa, Lear era un carcamal analógico, engreído y senil. La fuerza de los narcisos se apoya en dos pilares que no dependen de la intención de voto....