Desde principios del siglo diecinueve, el ejército español ha perdido todas las guerras en las que ha intervenido, excepto las que desplegó contra su propio pueblo. Dejando aparte la victoria contra las tropas napoleónicas, que fue posible merced a la participación de los ingleses (de hecho, estos consideran la campaña como una victoria propia de su general Wellington), todos los demás conflictos en los que ha intervenido el ejército desde esa fecha han tenido un carácter llamémosle civil y un sesgo que podríamos calificar a grandes rasgos, pues hay excepciones, de contrarrevolucionario y antidemocrático, bien en la propia península o contra los independentistas americanos. Las guerras de independencia de las colonias, hasta Cuba y Filipinas, y más tarde Marruecos, se saldaron con el resultado sabido, el retorno del ejército derrotado a la península y, al mismo tiempo, curiosamente, un hinchazón del llamado espíritu militar, una suerte de engolamiento del miles gloriosus asociado a posiciones políticas reaccionarias. La apoteosis de este estado de cosas fue la guerra civil, provocada por un golpe de militares africanistas que trajeron a suelo patrio las ambiciones que no habían podido satisfacer en las colonias y las tácticas de exterminio que habían practicado contra los cabileños rebeldes. La destrucción de la república propició cuarenta años de autobombo a los golpistas, y jefes militares que notoriamente cometieron, además de un delito de sedición contra el gobierno al que debían servir, crímenes contra la población civil condenados por el derecho internacional, gozaron, y aún gozan en algunos sectores sociales, del marbete de héroes. A la llegada de la democracia, el llamado entonces problema militar, estaba intacto. Dos hechos que merecen recordarse ilustran la situación. Uno, bien conocido, es el golpe militar del coronel Tejero y la trama que le impulsaba y le apoyaba. El otro hecho, menos recordado y de signo contrario, fue que los oficiales que formaron la llamada unión militar democrática -los úmedos- fueron el único colectivo excluido de la amnistía y no pudieron volver a sus empleos. La represión a los militares demócratas fue uno de los muchos pelos que el régimen de la transición dejó en la gatera del franquismo. Más tarde, con el ingreso en Europa y en la otan, los militares españoles pudieron distraerse de su pesada misión de salvapatrias y desarrollar su carrera en misiones exteriores que nombramos con el tranquilizador término de misiones humanitarias. Esta esquinada relación del país con su ejército, propia de países inseguros ante los desafíos de lo que debe ser un estado moderno, hay que tenerla en cuenta para entender que un notorio general golpista, promotor de la última pesadilla de nuestra historia, haya sido enterrado con honores de ordenanza en el sedicente pabellón de...
¿Verdad o mentira?
No sabemos si estamos ante el derrumbamiento de un sistema político o ante un producto genial de la industria del entretenimiento, ante la quiebra de todos los valores y de las instituciones que los representan o ante una telenovela proyectada en multipantalla; no sabemos si debemos sentirnos preocupados o solo epidérmicamente emocionados, si estamos ante hechos históricos o ante un espectáculo en sensorround. Es tan apretada y minuciosa la simbiosis entre la realidad y su representación que no conseguimos discernir dónde empiezan una u otra ni dónde terminarán ambas. Estamos asistiendo a una película a la vez que a su rodaje. Los polis cargados de cajas entrando y saliendo de los escenarios parecen los técnicos de tramoya que preparan el set. El portal de la audiencia nacional es la entrada de artistas por la que desfilan protagonistas y figurantes con el aire reconcentrado de quien necesita bordar su papel porque se juega el futuro profesional o el futuro a secas. Los guionistas deben estar en algún despacho de fiscales y abogados pergeñando las escenas y los papeles de los personajes, quién y cuándo intervienen, si tienen diálogo o son figurantes, quién es el protagonista y quiénes los secundarios, si hay algún mcguffin, todos esos detalles imprescindibles para armar la historia. El guión es endiabladamente complejo, imposible de seguir para espectadores comunes (¿o son ciudadanos?), como debió ser para los espectadores de hace tres cuartos de siglo la visión de Ciudadano Kane, otra obra sobre el poder económico y político, sobre los medios de comunicación y sobre la corrupción que los envuelve a todos (*). Los tertulianos y comentaristas que glosan la historia a medida que se desarrolla, como los pianistas del cine mudo o los directores de cine-fórum de antaño, se creen muy listos pero claramente no saben gran cosa, lo único que se advierte en ellos son las ganas de estar también en la película. Demasiado lío para establecer un relato convencional de lo que ocurre, así que la atención se deja llevar por el afecto y la afición por los personajes más sobrecargados, más melodramáticos, y los intérpretes más reconocidos, y aquí el oscar absoluto se lo lleva doña Aguirre, un animal escénico, una comediante polifacética y un personaje polisémico, que tanto parece una heroína de hierro como una acosada púber, tanto capitana marvel como ama rosa, y lo mismo se hace la rubia que la morena, como en La verbena de la Paloma, igual escupe veneno que llora como una huérfana. La cosa es no salir del foco en la representación. Púnica, gürtel y demás títulos debidos a la creatividad de los investigadores de la guardia civil son los capítulos del relato que comparten las clases...
El bandazo
A pesar de su pregonada falta de recursos materiales y de sus andares tardos y parsimoniosos, la justicia está haciendo lo que no puede o no sabe hacer la política. La citación a Rajoy y la detención de ese zascandil madrileño parecen convertir en una evidencia probada lo que solo era una intuición generalizada, que el pepé funcionaba como una familia mafiosa: negocios clandestinos, coacciones y chantajes, fraudes financieros y una férrea ley del silencio que vinculaba a todos los miembros del clan y de la que es paradigma el presidente del gobierno. Ahora se oyen voces al borde de un ataque de nervios que le piden que diga ante el juez todo lo que sabe. Ja. ¿Va a decirlo ahora, después de años de declarar todos los días que no sabe nada? Cometerá perjurio, ¿y qué?, ¿es más grave mentir a un juez que a la sociedad que te ha entronizado para que la dirijas? La historia de la democracia española es el huevo del cuento de los cerditos, con otro guión: Suárez puso el huevo, González lo coció, Aznar se lo comió, Zapatero no quiso impedirlo y Rajoy intentó ocultar que ya no había huevo porque se lo habían zampado. Es la granja de Orwell. Quienes desde los años ochenta se hicieron cargo del estado y ocuparon todos sus despachos y resortes traían un designio: convertir el país en un gigantesco negocio del que ellos mismos recibirían diezmos y primicias. El dinero fácil, la desregulación de los mercados y la lasitud de las instituciones del estado, la concepción patrimonial de la política y una oposición achicada, dependiente y trufada de submarinos que trabajaban para el adversario, les permitió ganar delirantes sumas de dinero que alojaron en paraísos fiscales y más tarde cargar el pago de la deuda sobre las espaldas de ¿cómo llamarlo?, ¿el buen pueblo?, ¿la clase obrera?, ¿la gente?, ¿la nación? Uno de los efectos de esta rapiña institucionalizada es que nos han arrebatado hasta la identidad compartida, es decir, la médula de una sociedad decente, próspera y esperanzada. Otro efecto, consecuente con el anterior, es una oposición política enfrascada en sí misma y en sus quisicosas, que bracea como un bañista novato en el mar para no ser tragada por las olas. Sociedades rotas, políticas fragmentadas: el signo de Europa. Lo veremos en breve en las elecciones francesas, en la que el segundo país de la ue tanto puede dar un bandazo a un lado o al otro, si aceptamos que aún hay un espacio con lados discernibles. Lo único seguro es el...
A toda máquina
La transparencia no es un asunto fácil. La información veraz exige un conocimiento preciso de los hechos, dominio del lenguaje que se utiliza para contarlos y decencia en el ejercicio de la comunicación. Al otro lado del hilo, es necesario además que el receptor esté interesado por lo que se le cuenta, que posea capacidad interpretativa y que deje de lado los prejuicios de los que todos nos valemos espontáneamente para reconocer lo que se pone delante de los ojos. Por una causa o por otra es casi imposible que estas condiciones funcionen a la vez, de manera que el acto de comunicación y sus efectos se presentan siempre trufados de equívocos, ruidos y omisiones, la materia oscura de la comunicación, que supone el noventa por cierto del contenido de todos los mensajes que vuelan por ahí. Pero, vamos, nunca se nos había perdido un portaviones y su flotilla de acompañamiento. Nunca, hasta ahora, en la entretenida época de la posverdad de Trump. Ahora ya sabemos que si el emperador de la cresta color panocha dice que ha mandado una flota con sesenta aeronaves de combate y seis mil efectivos a Corea del Norte para ponérselos de corbata a ese tipo gordito que parece un dibujo del manga, lo cierto es que la flota navega en dirección contraria hacia Australia. Podría considerarse una maniobra de distracción pero también un acto de deserción ante el enemigo. Estas serían las hipótesis tradicionales en un mundo predigital del que nos imaginamos la sala de mapas del estado mayor donde serios y competentes auxiliares provistas de un arrastrador de largo mango llevan de un lado para otro de la mesa barcos en miniatura, hacia arriba y hacía abajo, a la derecha y a la izquierda. Pero en el mundo en tresdé, es más probable que la navegación de la flotilla responda a la lógica de un programa avanzado de videojuegos, donde los jugadores, los intereses que defienden, los recursos de que disponen y las reglas mismas del enfrentamiento son múltiples y variables según la evolución del juego. Si no se entiende ni un ápice de juego de tronos, que es una serie con pujos literarios (los podemitas lo utilizaron al principio como manual de estrategia y ya ven por dónde navega ahora su autobús), ¿por qué habríamos de entender las espasmódicas decisiones de un tipo que se expresa por tuiter? ¿Rumbo a Corea del Norte o a Australia? No sé, hay tanta agua y toda azul que es imposible saberlo, pero ese chino del tupé se va a enterar como crea que puede seguir tocándonos las narices. La producción del lenguaje está hoy en manos de ingenieros y no de literatos (y menos...
La ocurrencia
Si podemos se ha quedado sin impulso político y sin ideas con qué reactivarlo, lo peor que podía hacer es salir de paseo. El autobús que ha sacado a la carretera para hacer bolos es una de esas desconcertantes ocurrencias de la comunicación podemita a la que el público empieza a acostumbrarse y que contempla como una banalidad consabida. El mensaje que emite es viejo, los personajes que señala están amortizados, y la idea de que esas caricaturas puedan formar una trama es ridícula. A estas alturas, solo representan un maldito sainete del que todo el mundo está al cabo de la calle, como lo evidencian los propios dibujos de tebeo que ornamentan el autobús. La misma noción de trama, un destilado de la casta que la precedió, parece manida y tiene una connotación conspiranoide de imposible desarrollo político. La cuestión no es que hay una connivencia entre el capital oligárquico, una parte de la clase política y algunos poderes del estado, porque ¿dónde no la hay?, sino qué naturaleza tiene en este caso, qué consecuencias acarrea para la sociedad y qué alternativa se presenta a este estado de cosas. Ni una palabra sobre eso. Los politólogos que dirigen el partido y apadrinan la iniciativa del autobús parecen guiados por la idea de que el buen pueblo no ve la tele, ni lee periódicos, ni navega en internet, ni es capaz de relacionar la aguja con el hilo, y ahí están ellos para ilustrarlo mediante unas viñetas itinerantes, como un pliego de cordel. Podemos es el tercer partido del parlamento, tiene setenta y un diputados, lo apoyan cinco millones de votos, gobierna las ciudades más importantes del país ¿y necesita recurrir a una fórmula publicitaria de grupúsculo con afanes de provocación, como los del pene y la vagina? Bien, han conseguido unos cuantos minutos en el telediario, no demasiados, algunas portadas de periódico, no muchas, cierta trepidación en la red y la previsible respuesta de los portavoces de guardia. This is only entertainment. Es hábito de la generación digital creer que sus ocurrencias particulares son de interés público y universal y así hemos llegado a que internet esté plagado de gatitos. La mayor parte de estos mensajes están destinados a un círculo de amigos conectados pero, como la emisión es en abierto, pueden convertirse en virales, que es el sueño de cualquier operador de la red y la pesadilla de los usuarios. Viral y banal son sinónimos en la neojerga digital y los podemitas, que parecen más aficionados al ipad (un soplo de diversión es el lema de la marca) que a la realidad, debieran tenerlo en...