La cartelera de cine acoge estos días Negación, una historia dramatizada del pleito civil que presentó el historiador David Irving contra la historiadora Deborah Lipstadt porque esta le había acusado de mentir en sus libros en los que negaba la realidad del Holocausto. El suceso ocurrió en fecha tan tardía como el año dos mil y, según la legislación británica, bajo la que se celebró el juicio en Londres, era la demandada Lipstadt la que debía probar que el Holocausto había sido una realidad histórica y no el demandane Irving, que lo negaba. Un par de aspectos de este suceso merecen una reflexión. El primero, que sesenta años después de que ocurriera y tras una montaña de documentos e investigaciones científicas de resultado inequívoco, alguien pueda discutir la verdad del hecho más grave y traumático de la historia europea del siglo veinte. Irving, que era un resentido social y un provocador, a la vez que un investigador astuto y minucioso, no estaba solo en su actitud negacionista, ya que desde el final mismo de la guerra mundial hubo una corriente de opinión dirigida a negar la acción criminal del régimen nazi en la que abundaron con pretensiones científicas un puñado de historiadores hoy desacreditados. La segunda sugerencia que puede extraerse de la película es más sutil y a la vez más interesante porque el juez obliga a la demandada a probar que es verdad lo que ella dice que es verdad y, en esta tesitura, se niega el valor del testimonio subjetivo de los supervivientes del exterminio, es decir, en términos jurídicos y técnicos, se separan, como cosas distintas, la memoria y la historia. Para que un acontecimiento histórico tenga una sostenida corriente de opinión negacionista es necesario que su recuerdo afecte a toda la sociedad, una parte de la cual siente que la realidad del pasado niega todo en lo que han creído y despierta insoportables sentimientos de inseguridad y de culpa. Al principio, recién ocurridos los hechos, tiene lugar un periodo de olvido y ocultamiento casi generalizado, pero después, a medida que las víctimas tienen oportunidad de hacer pública su experiencia y se documenta lo acaecido y se asienta en un relato histórico, el olvido se hace más beligerante y cristaliza en rechazo, cuando no en hostilidad, que puede alcanzar una peligrosa carga de poder político que fracture la sociedad. Es un problema civil y político de primer orden para asentar la convivencia. En el mismo periodo en que tienen lugar los hechos que cuenta la película, entre los años cuarenta y el final del pasado siglo, en España hemos sufrido dos episodios traumáticos de desigual naturaleza e importancia pero ambos aquejados de similar amenaza de desmemoria...
Epílogo, esperamos
La primera imagen, no sé si soñada, que guardo de doña Aguirre es disfrazada de cofrade de semana santa, con peineta y mantilla y al hombro la bandera azabache de alguna asociación penitencial. También recuerdo mi impresión ante esa imagen: esa tía es idiota. Los recuerdos que vinieron más tarde los compartimos todos, desde sus legendarias meteduras de pata sobre personajes relevantes de la cultura, cuando era ministra del ramo, hasta su milagrosa supervivencia de un accidente de helicóptero y de un remoto atentado terrorista, todo parecía parte del atrezo de un personaje de ficción y demostraba su versatilidad para la escena, entre dama boba y líder de hierro. La mirada gatuna y la media sonrisa con que frunce los labios tenían una cualidad desarmante, que mantenía al público boquiabierto mientras permitía que sus secuaces se entregaran a toda clase de desmanes en el backstage del espectáculo. Los productores de programas de humor en la tele captaron de inmediato las potencialidades del personaje y lo explotaron para ahorrarse los costes del guionista y ella se sumó con verdadero júbilo al papel. La van a echar en falta en el negocio del entretenimiento. A los indígenas de esta país, la comprensión de la política nos resulta ardua y a menudo inalcanzable, así que, ya sea porque unos se benefician del estado de cosas reinante y otros porque lo padecen, ambos bandos se encuentran en una única reacción: la risa. Doña Aguirre era impagable para el menester de provocarla. Jerry Lewis filmó una película nunca estrenada en la que un payaso entretenía a los niños en Auschwitz. Bien, doña Aguirre no solo diseñó sino que produjo y mantuvo en cartel muchos años una versión acomodada a los tiempos de esta idea del cómico norteamericano. Ya fuera disfrazada de maja matritense, de graduada en college británico o de pocera de las alcantarillas, ora inauguraba hospitales inexistentes o vías de tren a ninguna parte, ora fungía de liberal radical y látigo de los rojos, mientras tras ella los tramoyistas recogían el dinero a paletadas y todos encantados, sobre todo la organización mafiosa de su partido que podía actuar protegida por las carcajadas del público. También ella ha llorado al final de la función, como el payaso de Jerry Lewis. Los payasos son invulnerables porque son solo una máscara, y nada se puede contra una máscara, hueca y proteica. Eso explica la desazón de los críticos por la correosa permanencia del clown en escena y su imbatibilidad ante las evidencias racionales de lo que estaba haciendo. Incluso ahora, que por tercera vez anuncia su retirada, se detecta una temblorosa incredulidad por si no será una broma, otra más, la enésima. Las grandes figuras del...
El eje
La victoria, probable, de Macron en Francia ha entronizado una nueva verdad del día: el fin del eje derecha/izquierda. Lo proclamaba esta mañana, eufórico como unas chundas, Albert Rivera en el programa de anarosa. La primera vez que quien esto escribe oyó hablar de esta síntesis de los contrarios, hazaña hegeliana del pensamiento político, fue cuando tenía once o doce años, en una lección de don Andrés Romero, profesor a la sazón de formación del espíritu nacional en el colegio de los escolapios de mi pueblo, que glosaba así la doctrina de otro Rivera, José Antonio Primo de: las izquierdas no creían en dios ni en la patria y las derechas no creían en la justicia, y joseantonio levantó un país con dios, patria y justicia. Más claro, agua, y tanto más cuanto que acompañaba su argumento con un esquemita gráfico en el pizarrón. En el mismo curso lectivo, un poco más tarde, don Andrés nos llevó de excursión a ciertos lugares del camino de santiago. No recuerdo las enseñanzas de aquella jornada románica, lluviosa y aburrida y solo pudimos constatar que después de aquello don Andrés no volvió nunca por el colegio. Algo más tarde supimos por cierto cura carlistón de los que poblaban la nómina docente del colegio que el esforzado moldeador de nuestro espíritu nacional se había quedado con los dineros provistos por los curas para la excursión jacobea. Las mistificaciones y la corrupción habían entrado en la conciencia de aquel púber de once o doce años, incapaz de desentrañar el significado de los hechos de los que había sido testigo, como los pastorcillos son incapaces de comprender el significado de las apariciones de la virgen. Más tarde, este chaval se educó en un ambiente sectario en el que circulaba un mantra muy popular, con el que se ha manejado hasta hoy: si alguien te dice que no es de derechas ni de izquierdas, es que es derechas. El azar ha querido que la victoria de Macron y la euforia de Rivera sorprendieran al viejo en que se ha convertido aquel pupilo de los escolapios fajado en la lectura del libro de Olga Glondys sobre las andanzas de un sector del exilio republicano español durante la guerra fría. En las mismas fechas en que don Andrés nos aleccionaba sobre el fin del eje derecha/izquierda, al otro lado de los Pirineos un pequeño grupo de republicanos exiliados preconizaban el fin de las ideologías y postulaban una alianza antifranquista con la llamada oposición interior cuya única seña de identidad debía ser su anticomunismo. Fueron los promotores del llamado contubernio de Múnich, patroneados por dos personajes muy conspicuos en su tiempo, Salvador de Madariaga y Julián Gorkin, cuyo intento,...
¡Salvad Europa!
Aaayyyy, por los pelos. Tal es la exclamación de los espectadores de circo ante las evoluciones aéreas de los trapecistas y la de los asistentes a una carrera automovilística ante el derrape de un vehículo en una curva pronunciada. También es el suspiro de los valedores y beneficiarios de la unión europea ante cada elección nacional después de la cual se miran entre sí con una sonrisa de incredulidad superpuesta a la expresión de pánico que ocupaba su rostro hasta un instante antes, asombrados de que el tinglado aún siga en pie. Ocurrió en las pasadas elecciones holandesas y austriacas y, con toda probabilidad, ocurrirá en la segunda vuelta de las elecciones francesas. En cada ocasión, el candidato europeísta ha derrotado por la mínima al populista de extrema derecha, que quiere devolver a su país a un improbable estado que atufa a fascismo. No importa que el término candidato europeísta no signifique nada que no sea más de lo mismo, ni siquiera que, como en el caso de Macron, carezca de una fuerza organizada detrás -tres de cada cuatro franceses han votado en contra del ganador- por lo que puede decirse que el próximo presidente de Francia representará, no un proyecto político aupado por una mayoría social sino un estado de ánimo de quien huye de su propio miedo, un tembloroso estatus de recortes presupuestarios, devaluación salarial y precarización laboral, al albur de más descontento social y menos esperanza de futuro. Una idea difusa y un personaje auroral triunfan en esta tesitura. La idea es la del centro, un punto imaginario de la política, de raíz conservadora y altamente inestable que gana predicamento en tiempos de incertidumbre por sus efectos narcotizantes, un lugar seguro, sin extremismos, mientras el suelo se mueve bajo nuestros pies. Y el personaje es un tipo joven de surfista que surge como Venus de la espuma del mar, bien afeitado, desenvuelto, encantado de haberse conocido y dispuesto a hacer méritos ante los poderes de la tierra, es decir, ante los banqueros a los que ha hipotecado su futuro. Personajes emergentes como el propio Macron, Rivera o Renzi. El sedicente centro político y el líder guaperas pertenecen al ecosistema europeo continental, casi podría decirse que mediterráneo, y son por completo ajenos al mundo anglosajón o atlántico, que es donde se inventó la democracia y la economía de mercado tal como las conocemos y donde no es necesario derruir el viejo consenso del estado del bienestar porque en esos lares nunca estuvo plenamente vigente. De modo que el centro político y el líder guaperas deben considerarse como estadios intermedios en la construcción de una nueva derecha en el continente mediante diversos movimientos de avance, primero, sobre las...
A la derecha, más, un poco más
Si los sondeos a pie de urna de la primera ronda de las elecciones francesas no se equivocan, la presidencia la disputarán Macron y Le Pen. Derecha y extrema derecha. Si las cosas son así y hemos de fiarnos de lo ocurrido en el pasado, Macron recibirá en la segunda vuelta todo el llamado voto republicano, derrotará a su competidora y será presidente. Pero también puede ocurrir que en este sindiós el voto del descontento quiera seguir insistiendo en su rechazo a todo lo que recuerde al pasado y entonces tendremos en el cogollo de la unión europea a una presidenta lindante con el fascismo. Habrá que ver qué deciden los votantes de Fillon y Mélenchon, candidatos que han quedado virtualmente empatados en un desairado segundo plano. El primero por continuista y corrupto, lo que viene a ser casi lo mismo, y el segundo por improbable. Algo no funciona en la ingeniería política de los movimientos de los indignados (insumisos, en Francia), como en los bólidos de Fernando Alonso, que les impide rebasar cierto techo electoral, una evidencia que ya ha experimentado podemos aquí. Pero sin duda la noticia de estos primeros sondeos electorales en Francia es la muerte súbita del partido socialista, que ni está ni se le espera. Teniendo en cuenta que el actual presidente de la república es socialista, los resultados del candidato Hamon parecen una reproducción, en papeletas de voto, del asalto a la Bastilla. Que la socialdemocracia sea la única pagana de los estropicios de la crisis debe preocupar no solo a los socialdemócratas sino a todo el mundo que aspire a una sociedad decente. En la última década han ocurrido acontecimientos históricos en el mundo occidental que han dejado en cueros a la izquierda y cuya secuencia es más o menos la siguiente: 1) estalla una crisis financiera provocada por la codicia y el descontrol de los grandes bancos; 2) los gobiernos, para evitar lo que se llamó una crisis sistémica, lo que quiera que signifique eso, acudió al rescate de la banca quebrada con el dinero público, que detrajo de programas educativos, sanitarios y sociales; 3) a la vez, los mismos gobiernos llevaron a cabo recortes presupuestarios brutales para recuperar el equilibrio de las cuentas públicas y satisfacer a los grandes conglomerados financieros, devenidos acreedores y cautelosamente llamados mercados, 4) de añadidura y para redondear la solución a la crisis y recuperar la tasa de beneficio de las empresas, los gobiernos acometieron agresivas (el término es de don Guindos) reformas laborales que abarataron la mano de obra por el procedimiento de precarizarla hasta extremos inéditos en el mercado laboral de las sociedades industriales europeas; 5) en resumen, la respuesta a la crisis...