Ahí va, el pesoe ha irrumpido en la hipermodernidad del siglo de las redes digitales. Los síntomas son: abajo la aristocracia del partido, un líder brujuleante pero joven y atractivo y un programa político nebuloso que ya se verá. Es el sello Macron y ahora también el estilo Sánchez, aún más meritorio en este caso pues viene de la persecución y del exilio, un toque inevitable del país de las procesiones cuaresmales. Sánchez ha resucitado. Desde hace unas horas, el pesoe parece haberse sacudido de encima los ciento treinta y ocho años de historia, que acarreaba la perdedora Díaz como si fuera el relicario de la abuela, y se ha reinventado como un recién nacido. Tiempo sin fronteras, tiempo de emprendedores, tiempo para el romanticismo. Entre los socialistas hay un precedente no tan lejano: Felipe González disfrutó de una circunstancia parecida. Primero se desembarazó del pesoe histórico del exilio y luego amoldó el partido del interior a sus designios y le fue divinamente. Ahora, Felipe, Guerra, Rulbalcaba, Zapatero, la panoplia gloriosa del pasado se ha desvanecido al abrir puertas y ventanas de la casa familiar y ya hay unos chavales de las juventudes socialistas que bajan sus retratos áulicos al sótano. Todo el poder para el líder electo. El palmarés del vencedor es indiscutible, a unas décimas de la mayoría absoluta cuando se escriben estas líneas, pero también la resistencia que encontrará a su paso. La mitad del partido no le ha votado y entre los desafectos se incluyen baronías territoriales muy significativas. Claro que podrá descabezar a los boyardos. Ha cambiado la estructura del poder del secretario general, que ha dejado de ser consensual para ser plebiscitario. Sánchez fue lo primero y ahora es lo segundo, así que apreciará la diferencia. Un aura de expectación le rodea. Los primeros pasos, las primeras decisiones marcarán el sentido de sus designios y la resistencia de la realidad, que tiene una atroz cualidad mineral. Que se lo digan a Rajoy, el que mejor la maneja a fuerza de engañar a todo el mundo. La afición por las votaciones, los referendos y las consultas populares, que impregna a la sociedad, se explican por la búsqueda de una válvula de escape a tanto fraude, tanta manipulación y tanto engaño perpetrados por las clases dirigentes sobre el pueblo peatonal, el cual ya ha demostrado con creces en toda Europa que a la menor oportunidad vota lo contrario de lo que espera la elite dirigente, poco importa que funcione o no porque no puede ser peor de lo que tenemos ahora.