A raíz del reciente atentado yihadista de Manchester algunos analistas dirigieron el foco al hecho evidente de que los autores habían querido golpear a niños y jóvenes, que constituían el público mayoritario del concierto donde detonaron el explosivo, para castigarles, a ellos y a sus padres, por su presunta impiedad. El argumento resulta obvio y eficiente para reforzar en la opinión pública la preocupación por una amenaza global que atenta a nuestro modo de vida y carece de barreras morales. Pero esa es una característica propia de todo terrorismo. No hay que pensar que el odio que motiva a sus autores vaya a detenerse en la edad de sus potenciales víctimas (esa fue una ensoñación moral de Albert Camus, formulada en su obra Los justos), toda vez que la muerte de niños en bombardeos y ataques indiscriminados en los conflictos árabes forma parte de los nutrientes ideológicos y de las justificaciones subjetivas de los yihadistas europeos. Más interesante sería preguntarnos qué circunstancias históricas han llevado a que el mundo musulmán sea hoy la principal incógnita política del planeta y represente una enmienda a la totalidad de la organización social y el progreso tal como se entienden desde la Ilustración, y si, en consecuencia, la política de los países occidentales puede hacer algo y en qué sentido. Porque es un contrasentido que los capitostes del mundo occidental bailen junto a los jerifaltes de Arabia Saudí, probablemente el país más inhóspito imaginable para los valores democráticos y liberales que rigen nuestras sociedades y modelo de lo que querrían imponer los yihadistas en sus áreas de influencia. La pregunta es: ¿estamos ante el desafío de una rampante edad media con recursos económicos, tecnológicos y políticos para revertir el curso de la historia? Parece una cuestión que llevará tiempo responder pero no por eso menos urgente. En nuestro país, donde no estamos escasos de influencia árabe, tenemos antecedentes al alcance de la mano en el estado clerical que implantó la dictadura franquista, con su elite militar despótica, su retrógrada mirada histórica, su economía autárquica, su cultura autorreferente, las mujeres cubiertas, enlutadas y con la pata quebrada, los clérigos dictando la moral desde los púlpitos y la policía de costumbres que vigilaba las efusiones en la calle y penalizaba la blasfemia (el pepé ha devuelto este delito al código penal en forma de ofensa al sentimiento religioso) y, cuando el régimen entró en crisis, como ahora los regímenes árabes, apareció el terrorismo etarra, también inspirado por clérigos de diverso pelaje. Salir de la edad media no parece fácil en los secarrales no solo paisajísticos que bordean el Mediterráneo. En los años ochenta tuvo lugar una enconada y celebérrima polémica entre el crítico cultural Edward...
El vacío
Una mañana, el tipo abre los ojos, salta de la cama y descubre que ha perdido el empleo a manos de un fondo de inversión que ha convertido su empresa en pulpa financiera, o que sus ahorros han desaparecido por la triquiñuelas de un comercial de preferentes de la caja de ahorros de la que ha sido cliente toda su vida, o que llama a la puerta de su casa la brigadilla del desahucio por una deuda bancaria que no puede pagar por alguna de las causas anteriores, o encuentra en su móvil la enésima negativa a una beca solicitada después de una brillante carrera universitaria, u oye el lamento del familiar impedido al que le han privado de asistencia domiciliaria por el recorte del gasto público. Esa mañana, el tipo abre los ojos, sale a la calle y se encuentra en medio del vacío. En el café, en el metro, en la cola del paro, empieza a reconocer a otros zombis como él que terminan encontrándose en una indignación compartida. Resultan ser miles, cientos de miles, millones. En la tele, una interminable procesión de prebostes, que fueron elegidos para el cargo por los zombis, desfilan ante el juez mientras maquinan cómo conservar sus fortunas a buen recaudo en alguna isla de piratas. Las instituciones del país se han convertido en una oscura nube de langostas. En este vacío brotó podemos y sus innumerables confluencias, y, más tarde, fue elegido el otro día Sánchez en el pesoe. La indignación no tiene todavía voz política, y desafinará sin duda en los próximos días, pero el vacío sigue creciendo. Un par de datos, que parecen anecdóticos, abonan esta hipótesis. Ni Rajoy ni Díaz quieren reconocer la victoria de Sánchez, del mismo modo que han venido ignorando los demás datos de la realidad. El primero, muy en su desdeñoso estilo, se niega a llamar por teléfono al nuevo líder socialista y aspira a parapetarse tras una pantalla de plasma cuando el juez le obligue a mirar de frente la corrupción de su partido que, por extensión, es la de todo el país; la segunda, ruda y resolutiva, se ha apresurado a refugiarse en su feudo andaluz, donde reina un sesenta por ciento de paro juvenil y se gastaron en farlopa las ayudas europeas a la formación profesional. Es el de ambos un gesto compartido de quien abandona el campo e intenta eludir las reglas de compromiso en la confrontación política, un gesto que ensancha las dimensiones del vacío. La paradoja reside en que en la medida que el vacío se hace más vasto, más difícil parece su articulación. Por ahora lo único que se advierte en su interior es una cacofonía de...
Deudas y ofensas
Hay días en que es imperioso salir del corral de la política, ese agujero negro que parece que vaya a dejarnos exangües y que, en todo caso, nos vuelve repetitivos y banales. Así que esta gimnasia diaria obliga a buscar otras fuentes de inspiración. El horizonte no es ni extenso ni profundo, hay que decirlo. Me gustaría tener más vida interior, como dice un personaje literario, creo que de Beckett. El caso es que hay lo que hay y la mirada se dirige en busca de ayuda a las fuentes del entorno, una de las cuales, no la más frecuentada, es el volumen de ensayos de Montaigne, que me mira diría con que con un sesgo de reproche desde una balda de la biblioteca al alcance de la mano. Abro el ejemplar al azar por el capítulo cincuenta y seis, dedicado a la oración. No es tema que encuentre apasionante pero inicio la lectura para caer de inmediato cautivado por la persuasiva cadencia de la prosa: expongo aquí fantasías, informes e indecisas, como hacen aquellos que publican dudosas cuestiones a debatir en las escuelas, no para establecer la verdad sino para buscarla, son las primeras palabras del ensayo, antes de que el autor se apresure a prologar sus pensamientos con una cautelosa declaración de fe en las ordenanzas de la santa madre iglesia y una loa a la oración que nos ha sido prescrita y dictada palabra por palabra de labios de dios: el padrenuestro. En ese punto se aviva un chispazo en el lector. En las escasas frecuentaciones a funciones religiosas en las últimas décadas -funerales de familiares, básicamente- ha advertido que el padrenuestro ha cambiado de letra desde el que aprendimos en el catecismo de la infancia, dictado por dios, según la verdad asentada que, como se ve, viene de lejos y Montaigne comparte, y donde antes se pedía a lo alto que nos perdonara nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores ahora se pide el perdón de las ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No hay que creer que el dogma y la liturgia católicas sean hoy un modelo de robustez y cohesión pero, caramba, algo muy importante ha tenido que ocurrir para que alguien decidiera enmendarle la letra al mismísimo hijo de dios (Mateo, 6, 12). Si no nos podemos fiar de lo que él predicó, cómo vamos a fiarnos de lo que predica Rajoy sobre la mejora de la economía. La economía es la clave: una ofensa no es una deuda. Que se lo pregunten a los acreedores. Tú puedes agraviar a herr Schäuble, a la sazón ministro alemán de finanzas, diciendo de él que es un nazi en...
Una explosión lejana
Ante un atentado terrorista se tarda más en comprender su alcance, para no hablar de sus consecuencias, que en olvidarlo. Los que se dedican al abyecto oficio de matar gente desprevenida a distancia buscan no se sabe si venganza o ganar alguna posición en una guerra imaginaria. Cualquier propósito que se atribuya a los terroristas vale porque el odio los engloba todos. Los destinatarios de sus artefactos responden con el dolor de las heridas y, a la postre, con estoicismo cuando no indiferencia porque ¿qué se puede hacer ante una amenaza aleatoria e imprevisible? Claro es que el estado está obligado a no abandonar la vigilancia y a prevenir en lo posible los daños pero sabemos que nunca lo conseguirá del todo y cuando la plaga termine, la labor policial será solo una de las causas y acaso ni siquiera la más importante. El terrorismo empieza por la voluntad de un puñado de fanáticos virados en idealistas y termina por la desafección de los mismos o de sus sucesores, cuando encuentran razones para creer que deben cesar en el negocio. Entretanto, durante un tiempo que puede ser muy largo, las acciones terroristas se expanden y se mantienen porque en cualquier sociedad hay reservas de odio e individuos dispuestos a ver su destino en la urgencia de la muerte, de los otros y en la propia. De la abundante literatura sobre el terrorismo, la única que tiene algún sentido es la que se ocupa en desentrañar los mecanismos materiales del crimen: cómo se reclutan, adiestran y se arman los autores de los atentados. Cualquier otro intento de explorar las razones de sus acciones para ahormarlas al pensamiento político convencional es, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo, y en el peor, una deriva tóxica. Por lo que nos dice la experiencia, el terrorismo medra en campos donde se registra una hinchazón de mitología política, ya sea religiosa, patriótica, social o de cualquier otro orden, pero ni siquiera eso es siempre cierto. En la Rusia decimonónica, donde puede decirse que nació el terrorismo moderno, llamaban nihilistas a los que lo practicaban, una manera de situarlos fuera de la comunidad y de la razón porque nada hay menos accesible a la razón que la nada. En un día como hoy, solo cabe tener un recuerdo compasivo hacia las víctimas, apretar los dientes y esperar que la policía pueda evitar la próxima...
Nos miran desde la inmortalidad
Qué duro es hacerse viejo. Dos son las tareas principales, casi exclusivas, que competen a quien ha rebasado los sesenta y cinco, por poner un límite administrativo de edad. Una, cuidar de su salud y dos, no caer en el ridículo. De la salud no nos ocuparemos aquí porque cada uno lidia con la suya pero el ridículo es una epidemia universal a la edad provecta, derivada del hecho de que la existencia, llegada a cierto punto, te ha convertido en un excedente de cupo. No solo tu cuerpo se desentiende de tus apetencias sino también la cabeza parece discurrir sin contar contigo. Todo lo que has acumulado en la vida –la memoria, la cultura, los valores, los hábitos mentales, las rutinas sociales, las querencias y manías intransferibles- pertenece al pasado, lo cual el viejo se niega a reconocer porque aún puede correr la media maratón, escribir un libro, cuidar las tomateras del jardín y recriminar a los jóvenes su inmoderada afición a los móviles. Estoy hecho un chaval, exclama el interpelado mientras persevera en la escarba de sí mismo. Este melancólico pensamiento me asalta no solo cuando brujuleo en esta bitácora sino también cuando me asomo a las últimas divagaciones de los autores de mi generación, singularmente de aquellos que desde que guardo memoria han oficiado de guía y modelo intelectual y cuya ejecutoria estaba fuera de toda objeción, si bien su verdadero valor lo juzgará la historia, no la claque. El novelista Javier Marías es una de estas luminarias. Al decir de la crítica, es arriesgado negar la excelencia de sus novelas y el peso de su carrera literaria pero, forzado a comparecer cada domingo en las páginas satinadas del periódico de referencia, gusta de presentarse a sí mismo como un gruñón desabrido, arbitrario y desdeñoso al que todo le incomoda. Acaso un rasgo de la inmortalidad sea denostar al tiempo en que vives. Los títulos de las piezas que evacua cada semana nuestro escritor dan aviso del cariz de la realidad que contempla desde la ventana: A calles tétricas, festín pagano, Estupidez clasista, Generaciones de mastuerzos, Recomendación del desprecio, La peligrosa parodia, etcétera. Confieso que estos lemas a la cabecera del texto pocas veces estimulan mi curiosidad más allá del primer párrafo y a menudo ni siquiera más allá del título mismo. Pero este domingo pasado, sí he leído el artículo completo porque los editores del diario de referencia que acoge las quejas del escritor han tenido a bien extraer una frase de la pieza como reclamo en primera página de la campaña editorial que llevan a cabo. La frase es una jeremiada más pero he leído el contexto por si se ofrecía algún razonamiento que...