Durante el larguísimo periodo histórico que identificamos como el de declive el imperio romano, la capital imperial dejó de ser Roma para trasladarse, según las circunstancias, a ciudades fronterizas como Nicomedia (hoy Izmit en Turquía) Sirmium (hoy Sremska Mitrovica, Serbia), Tréveris (Galia, hoy Trier, Alemania), Milán (Galia Cisalpina, hoy Italia) o York (Britania, hoy Inglaterra), en las que estaban acantonadas las legiones que defendían el limes del imperio de la amenaza de los bárbaros. Esta dependencia del poder militar en un territorio administrativamente inabarcable y atravesado por innumerables corrientes migratorias y culturales transformó la estructura del poder romano. El reconocimiento del emperador dejó de depender de la legitimidad que le otorgaba el consenso del senado y el pueblo de Roma, según el viejo lema que las legiones portaban en sus estandartes, para ser fruto de un juego de elecciones y sucesiones en la cúpula militar ya que cualquier gran unidad del ejército acuartelada en los confines de la tierra conocida podía nombrar emperador a su general. Si aplicamos este esquema con las variantes que nos sirve la actualidad, a saber, que el poder ya no es militar sino financiero, y que los bárbaros no acampan extramuros sino en el corazón mismo de la sociedad, podemos entender que ciudades como Madrid, París, Berlín o Londres, hayan declinado su capitalidad real para convertirse en pomposas reliquias habitadas por cortes burocráticas inanes y calles para pasto de turistas low cost, en beneficio de localidades que casi nadie sabe ubicar en el mapa excepto los que tienen intereses en ellas: Panamá, Delaware, Caimán, Gibraltar, Man, Luxemburgo, etcétera. Son estas localidades sin termas romanas, ni catedrales góticas ni gastronomía de estrellas michelin, las capitales provisionales del imperio hasta su implosión final, donde tienen su sede los actuales emperadores y reyezuelos del mundo. En esta perspectiva podemos ver al fiscal anticorrupción español como un caso de lealtad escindida del que también hubo innumerables ejemplos en el tardío imperio romano. Es tan obvia su deslealtad al poder formal del estado que le ha nombrado para el cargo como lo es su acatamiento al poder real de los nuevos bárbaros. Finge servir al senado y al pueblo pero su bienestar está al cuidado de los mercados, donde no llegan los recaudadores del fisco estatal. Porque, vamos a ver, ¿qué valor es más firme, una toga y una medalla de la que mañana puedes ser despojado por un capricho democrático de la plebe o un tesoro a buen recaudo? Este es el dilema de Moix, que explica su respuesta aparentemente idiota a la pregunta de si considera ético que un fiscal anticorrupción opere desde un paraíso fiscal: considero ético que los hijos hereden de sus padres, sentencia el...
Gran Torino
El hipotético ciudadano que el tópico ha acuñado como principal soporte electoral de Trump es el héroe de la película Gran Torino, de Clint Eastwood. Un hombre blanco de edad madura, obrero especialista de la industria del automóvil sin otra formación que la de su oficio, desempleado y vecino de una pequeña localidad del inabarcable centro del país donde le tutela el párroco de su iglesia y se reúne en el bar con otros como él para contar chistes racistas mientras trasiegan unas cervezas. Walt Kowalski es hijo de inmigrantes europeos, como Donald Trump, pero mira con repulsión a los jóvenes orientales que viven en su vecindario y que están en Estados Unidos porque antes han sido víctimas de alguna de las innumerables y terroríficas guerras imperiales en las que ha intervenido su país de acogida. Dos revelaciones se desprenden de este personaje. Una, que su suerte no es peor sino mucho mejor que la de sus jóvenes vecinos al borde del fracaso existencial, también desempleados y más pobres, acosados y seducidos por las bandas juveniles que campan por el barrio, y dos, que con individuos como Kowakski no se puede hacer ninguna revolución, ni patriótica ni de ninguna otra clase, porque representa la decadencia en estado puro, no solo biológica, también intelectual y moral. Eastwood, republicano conservador, ha basado gran parte de su excelente obra cinematográfica en un personaje, interpretado por él mismo, desubicado ante la ley y desorientado en la sociedad, que se abre paso en la umbría que le rodea aferrado con una ostentosa pistola cuyos disparos se convierten en la ultima ratio de los conflictos del mundo. Un tipo temible y antipático cuando está en plenitud de sus facultades y que solo despierta algo parecido a la simpatía en su fase declinante. En Gran Torino, el inesperado afecto senil que suscitan en el solitario protagonista sus jóvenes vecinos conduce a que se sacrifique por ellos en la balacera que rubrica la historia, a la que esta vez acude desarmado, aunque, genio y figura, finge lo contrario ante sus adversarios. Entre el eufórico Harry Callahan el Sucio y el crepuscular Walt Kowalski se despliegan todos los matices de la moral cívica que predica el cine de Eastwood. En el país en el que la leyenda es parte de la historia y el cine es su testigo, Trump también parece proceder de la imaginación de Eastwood. El abuelo Friedrich sentó las bases de la fortuna familiar durante la fiebre del oro del salvaje oeste en las industrias de la construcción y del entretenimiento –hoteles y chicas amables-, los mismos negocios que han hecho aún más rico al nieto y por último le han llevado a la presidencia...
Paraules
La afición al parloteo lleva a creer que las palabras significan lo que quiere el hablante. Un choque de trenes es una eventualidad espantosa pero es el término se está utilizando para designar la deriva del conflicto entre los gobiernos de Madrid y Barcelona, como una de las posibilidades de game over del videojuego. Y después, ¿quién recoge los despojos, cuenta las víctimas, paga las indemnizaciones y restaura el tráfico? Por supuesto, todo el mundo cree que esto va de broma y que quienes pilotan los presuntos trenes a toda velocidad (¿pero hay algo más inmóvil y redundante que el nacionalismo?) no carecen de cordura para frenar a tiempo, aunque ahora mismo nadie se atreve a aventurar cómo. En todo caso, cada convoy lleva una sobrecarga de resentimiento, fastidio y odio cuya erradicación va a ser muy larga y costosa cualquiera que sea el desenlace. Así que la idea del choque de trenes es tan resolutiva y melodramática que casi resulta deseable para salir de este flagelo de la razón en que se ha convertido el prusés. El govern y los independentistas catalanes, parapetados en un típico discurso autorreferencial con los ingredientes clásicos mezcla de victimismo, arrogancia y engaño, están en un bucle diabólico del que no manejan todos los hilos y que ni siquiera responde a las necesidades y los deseos de una mayoría de la población a su cargo. A su turno, el gobierno central ha trabajado mucho y con tenacidad para llegar a este punto, que para Rajoy es la oportunidad de coronar con honores una trayectoria política que desde el principio de la legislatura nació adversa y está resultando muy exitosa. Cuando todo parecía perdido para él, para su partido y para su proyecto, consiguió romper al pesoe, que aún está recomponiendo los pedazos, aislar a podemos, que aún intentará una moción de censura fallida de origen, y someter a sus designios a ciudadanos, sumido en la esquizofrenia de ser oponente y comportarse como aliado, para, en la penúltima etapa, comprar a los nacionalistas vascos y canarios y tirar adelante unos meses más. Si ahora consigue cortar la cresta de los catalanes, tiene garantizada una estatua en la plaza mayor de su pueblo. Claro que todos los laureles los ha obtenido con la colaboración de sus adversarios, renuentes a la luz del día y entusiastas en cuanto se ponía el sol. Lo asombroso para el sentido común es que los conductores de los trenes enfrentados pertenecen a los dos partidos más corrompidos de la historia presente, al parecer empeñados en evidenciar la archicitada máxima del doctor Johnson según la cual el patriotismo es el último refugio de los canallas. Todo indica que la democracia es...
El dinero de la buena mesa
Hace ya un tiempo asistí a una escena de minúscula significación pero cargada de mal agüero. Era de noche, hora de entrada a los espectáculos de teatro en Madrid y de vuelta al hotel pasaba frente al teatro de la zarzuela cuyo atrio estaba poblado por el público que asiste a estos espectáculos, clase media muy puesta y bienestante, que platicaba en grupos antes de atravesar la puerta de entrada. Entre esta gente zigzagueaba un tipo con impecable atavío de camarero –chaquetilla blanca, pajarita negra-, que ofrecía un prospecto a los grupos estacionados en aquel espacio dedicado a la autosatisfacción. La oferta era recibida con la mezcla de seca cortesía y franco desdén con que se atiende a la mendicidad en la calle. El camarero, pues tal era su oficio, en efecto, llegó a mi lado y alargó su receta impresa en octavilla publicitaria con la siguiente plegaria: restaurante Edelweiss, el de toda la vida, aquí en la esquina. La desesperación contenida en el mensaje me dejó helado. El de toda la vida era una expresión de inequívoco cariz funerario. El restaurante Edelweiss está a veinte pasos del lugar donde el camarero ejercía su improvisada y mendicante labor de agente comercial y a otros veinte pasos del congreso de los diputados. Durante los años ochenta y noventa fue una de las casas de comidas de moda en Madrid. Su característica cocina alemana, de menú corto, excelente servicio y cuenta ajustada al bolsillo, lo había convertido en un lugar de cita gastronómica de políticos, periodistas, turistas y personajes más o menos identificables de la villa y corte. No se hacían reservas y el local estaba siempre abarrotado, no solo de comensales sino de los que esperaban a pie firme para ocupar la primera mesa que quedara vacante. Era un espectáculo, cómo decirlo, vertiginoso, de apetito y esperanza. Aquella noche, con la octavilla del camarero en la mano, me acerqué a la puerta del Edelweiss y estaba vacío como la tumba que espera al difunto. Hace unos días, en otra visita a Madrid, volví a pasar por delante del mismo restaurante y estaba atendido por personal oriental, en la carta que se expone en la puerta no quedaba ni rastro de la cocina alemana, y el local seguía vacío. En el guirigay de internet leo que pertenece a la cadena arturo, famosa por las andanzas de su patrón en la corrompida charca de ranas de la comunidad madrileña que patronea el pepé. Otra época, otro mundo. Este es un país de camareros y no hay señal más cierta del estado de la economía que el vaivén gastronómico. Si los negocios van bien, nos los comemos, y si van mal, mandamos al...
Homeopatía
La muerte de un niño afectado de otitis porque sus padres se empeñaron en tratarle con procedimientos así llamados homeopáticos ha causado, dice la noticia, gran conmoción en Italia. No es para menos, aunque hay que dudar de que la conmoción vaya a modificar el comportamiento de los que están en el negocio: proveedores, clientes y predicadores. El pensamiento mágico, del que la homeopatía es una variante, resulta en la mayoría de los casos inocuo, puro efecto placebo, y no hay que esperar que vaya a ceder terreno en la afición de la gente. La ciencia es lenta, dubitativa y elitista mientras que la brujería es ágil, asertiva y democrática, y la tentación de sustituir un procedimiento acreditado en la comunidad científica por una fórmula arbitraria e improvisada es irresistible, tanto más si está de por medio el desamparo y la ansiedad del enfermo por recuperar la salud. La fe en el curanderismo ha encontrado un nuevo aliado en la moda del multiculturalismo dominante en buena parte del debate público, según el cual todas las perspectivas y todas las opiniones son válidas y la verdad es relativa. Esto es por completo inaceptable en las ciencias de la naturaleza. En este contexto multicultural, jóvenes parejas adscritas a alguna de las variantes del pensamiento alternativo se niegan a vacunar a sus hijos o, como en el caso que se comenta, a tratar su otitis de acuerdo con prescripciones médicas. Los efectos de esta actitud no han sido por ahora lo bastante graves en nuestras sociedades como para que los poderes públicos consideren necesario que ocupen un lugar en la agenda de gobierno. De hecho, en ciertos públicos no poco numerosos es un tabú aludir al engaño y la manipulación que significan los llamados tratamientos alternativos, y no es infrecuente que alguno de sus predicadores pueda llevar a cabo la publicidad de su mercancía con apoyo de las instituciones públicas. Ha ocurrido en días pasados en mi pueblo, a cargo de un promotor de tratamientos con plantas medicinales domésticas para enfermedades tan graves como el cáncer, que daba una charla promocional de la llamada agricultura ecológica, una etiqueta comercial de contornos difusos que, a lo que se ve, puede llevar muy lejos. En mi pueblo hay una cierta tradición digamos resistencial a esta clase de camelos, que se ha manifestado en un debate en la prensa sobre la actividad de estos gurús cuyo rasgo personal más notorio es quizás su inagotable...