Días pródigos en la evocación de la historia. Hechizo de los aniversarios redondos. Los medios aportan su óbolo informativo al recuerdo de las primeras elecciones democráticas hace cuarenta años. El 15-J en la clave de la cronología encriptada con la que intentamos establecer un mapa del sentido de la historia. Un relato, como se dice ahora. Un canal de televisión ameniza su tertulia con ese tema y el espectador descubre, no sin espanto, que solo uno de los tertulianos votó en aquella ocasión. El testigo, que fue un brillante y afamado periodista de la época, se ha convertido en un abuelo cebolleta. Se explica con generalidades y olvida nombres; sus jóvenes compañeros de tertulia sonríen y le ayudan a vadear los lapsos de memoria. El reportaje audiovisual que sirve de soporte a la tertulia es una papilla informativa que habla de un suceso muy lejano, que resuena en la memoria pero que a la vez resulta extraño. La experiencia de la vejez no se resume solo en la extrema precariedad del futuro sino en lo irreconocible que es el pasado. El viejo ante la tele deja que se desoville la memoria. Días antes, había aceptado la invitación de un compañero de trabajo para servir como interventor electoral por el partido comunista, quizás seducido por experimentar lo que cuenta Italo Calvino en un cómico relato (La jornada de un escrutador) que había leído poco antes. Acudió a la sede del partido a por la acreditación y allí recibió los papeles de su destino y las instrucciones logísticas para llegar a él. Era el colegio electoral de Robledillo de la Jara, una aldea de la sierra norte de Madrid con un centenar de habitantes. La cita era temprana; al lugar convenido en la ciudad llegó un automóvil que le embarcó con otros tres interventores que cumplirían su función en otros pueblos del itinerario del que el viejo solo recuerda Talamanca del Jarama. Saborea la eufonía de los topónimos, que forman parte de su recóndita mitología personal. Cuando el interventor llegó a su destino, el último de la ruta, el automóvil le dejó en la plaza solitaria donde rielaban las primeras luces del día. Al poco llegó un segundo automóvil que desembarcó a otro joven, un universitario rubio de espalda encorvada y aire atribulado, que se presentó como interventor del partido comunista. Ambos se dieron la mano sin conocerse y el recién llegado le llamó camarada. Al viejo que recuerda estos hechos le impresiónó entonces que el pecé hubiera destacado dos interventores en aquella aldea, ¿mala organización o exceso de recursos humanos? Se hizo de día, llegó el alcalde y la pareja de la guardia civil, identificaron a los recién llegados, abrieron la casa consistorial, que iba a ser la sede del colegio electoral, donde ya estaba preparado de víspera el escenario: la mesa, las urnas, las papeletas. Los interventores inspeccionaron el espacio mientras la guardia civil no les quitaba ojo de encima. Llegaron los vecinos que habrían de formar la mesa. El interventor supuso cierta alarma en ellos por la presencia de dos comunistas, un partido ilegal y perseguido hasta unas semanas antes. Pero si estaban alarmados, no lo demostraron en absoluto. Saludos, presentaciones, comprobación de la documentación acreditativa, de los papeles del censo y otros certificados, con maneras cautelosas y circunspectas. Visiblemente nadie quería meter la pata. La jornada electoral fue larguísima y tediosa. Las pocas decenas de vecinos se tomaron su tiempo para ejercer el derecho al voto, es obvio que no dejaron sus labores habituales para acercarse a la urna, como si no fuera un acontecimiento relevante, y gotearon a su antojo durante las doce horas de apertura de las urnas. Cuando llegó la hora del cierre, la impaciencia, no por el resultado, sino por salir de aquel lugar, dominaba al interventor. Los miembros de la mesa titubeaban sobre el procedimiento de recuento y él tomó la iniciativa e hizo el conteo bajo la mirada falcónida del cabo de la guardia civil que le tenía enfocado como a un trilero. Esa mirada es quizás el recuerdo más vivo de la jornada. El resultado correspondió más o menos al promedio del país: mayoría de la ucedé, el partido recién nacido de los rescoldos aún calientes del antiguo régimen, un puñado de votos socialistas, media docena de falangistas y los dos votos comunistas de los forasteros. Ningún incidente. Firma de las actas, saludos de despedida y, a esperar en la plaza la llegada del transporte de vuelta a Madrid que tardó lo suyo porque en Talamanca del Jarama sí hubo problemas en el recuento. El interventor nunca volvió a Robledillo de la Jara. Ha recordado tantas veces lo que vivió aquel día que puede decirse que es un fósil de su particular memoria histórica, pero ¿ocurrió de verdad?