En el inabarcable sindiós que es el mundo de las finanzas, plagado de fraudes, quiebras y engaños, nadie paga por sus actos, y menos que nadie la legión de consultores, auditores, expertos, consejeros delegados o no, conseguidores e intermediarios, que, como los cabestros de los encierros sanfermineros, acompañan a los bravos a su destino para volver luego al plácido pienso del corral o del despacho bancario o ministerial, desentendiéndose de la suerte de quienes han llevado al degolladero. ¿Creen ustedes que si los toros supieran lo que les espera seguirían con tal mansedumbre el cencerreo que los lleva a la derrota? Los títulos subprime que estuvieron en el origen la crisis financiera, que parece que está entre nosotros para quedarse, eran una especie de morcilla en la que se embutían todos los despojos de la burbuja inmobiliaria a la espera de que fueran consumidos por los más tontos del lugar. Algo similar fueron aquí las preferentes. El negocio bancario como timo. La sociedad está en un punto de ebullición en el que sus componentes se dividen en cínicos y cretinos. Los primeros la hacen, los segundos, que son la mayoría, la pagan, y entrambos, auditores y demás ralea se fuman un puro. El rescate de la banca española ha dejado una melladura de más de sesenta mil millones de euros, a cuya explicación el banco de españa ha dedicado un extenso informe fundamentalmente dirigido a justificar su pasividad en el asunto. La plebe administra sus sentimientos y, como no puede entender lo que significa sesenta mil millones de dinero público esfumados, dedica su consternación a las tribulaciones de un chulito que viste camiseta, calzón y botas cada domingo y al que el fisco reclama quince millones de impuestos impagados. El chulito asegura que él no sabía nada de su dinero, que era materia de sus asesores, y, herido en su honor, amenaza con dejar el país, que es lo que hacen los forajidos. El anuncio ha levantado una ardiente ola de solidaridad que podría rebasar los cortafuegos de la vergüenza. Unos piden que hacienda le perdone el pufo, después de todo, ¿no se perdonó a otros a la inconstitucional manera?; otros, incluido el interesado, quieren que el club se haga cargo de la deuda. En Grecia, donde todo indica que están hartos de que les crujan a cuenta de planes de rescate que no rescatan nada, han incorporado al código penal la responsabilidad de los expertos financieros y han imputado a tres de ellos, uno español, por una privatización de la que fueron promotores intelectuales y que terminó de manera ruinosa. Las noticias que nos han llegado no son pródigas en detalles. Lo que ha despertado el interés del asunto es que el gobierno español está resuelto a frenar el desembolso de ocho mil quinientos millones de euros para Grecia si la justicia griega no suelta a los expertos, y en especial al español. Retorno, pues, al siglo de oro, cuando los monjes mercedarios rescataban con buenos doblones a los rehenes presos de los piratas moriscos en Argel. Pero ahora somos modernos, y si España cambió la constitución en un plis plás para satisfacer a los acreedores internacionales, ¿acaso la justicia griega no va a doblegarse si el país quiere recibir la pasta? Don Guindos, nuestro ministro de la cosa y antaño empleado de la banca de las hipotecas subprime que parieron la crisis que nos tiene tan ocupados, ah, y que también fue rescatada con dinero público, ha hecho una ardorosa defensa de los expertos empapelados en Grecia de los que ha dicho que han actuado de absoluta buena fe y de forma desinteresada, como el chulito del madrí, el pobre. Desinterés es la palabra clave. Vivimos en un mundo desinteresado.
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