En ocasiones vuelvo a las antiguas entradas de esta bitácora, no sé si en busca de inspiración o de justificación y creo encontrar siempre la momia de una idea, el vestigio reseco de una historia. Los textos brotados del pálpito de la actualidad, inspirados por la emoción del momento, pierden gran parte de su musculatura apenas la actualidad ha dejado de serlo. Y eso que son textos de alguna extensión, armados con una cierta retórica y vocación argumentativa. En resumen, un formato literario en decadencia, acrecentada por la voracidad de los hechos cuando la historia se ha convertido en un velociraptor. Y si esto ocurre con armatostes de quinientas palabras, qué decir de los mensajes constreñidos a ciento cuarenta caracteres, esas cerillas que incendian cada día las redes antes de apagarse al primer soplo. Twitter es la aportación de la revolución tecnológica al espíritu del patio de corrala, con un par de rasgos novedosos. El primero, la inabarcable dimensión de la audiencia, que estimula la soberbia; el segundo, la permanencia documental del mensaje en el tiempo, que alimenta la vergüenza. Un tuit es una exclamación que la técnica y el tiempo convierten en una cagadita. En manos de la clase dirigente, esta herramienta se ha convertido en un juego ridículo. Lo que convierte al idiota peligroso que es Trump en un idiota aparentemente inofensivo es su desaforada afición a los tuits. Estos mensajillos rebajan la dimensión del estadista, le despojan de la sombra proyectada por la adulación que recibe y lo hacen aparecer como seguramente es: sanguíneo, desconcertado, fullero, y, por último, vulnerable. Habría que examinar si la correosa resistencia de Rajoy a la adversidad no se debe a su deliberada ignorancia de twitter y otros artilugios de comunicación entrecortada. La única vez que utilizó un esemeese la cagó, y bien que tomó nota de la experiencia. El florilegio de retruécanos, oxímorons, pleonasmos y tautologías con que ornamenta sus discursos nuestro bienamado presidente da noticia de su voluntad de marcar una raya estilística infranqueable con la balbuceante democracia de internet. Este fin de semana se nos ha dicho que el pesoe emprende el viaje hacia La Moncloa y la prueba irrefutable de que el anuncio debe ser tomado en serio es que el nuevo portavoz ha eliminado cincuenta mil tuits de su cuenta. He aquí un hombre renacido, auroral, y es sabido que la aurora no tiene pasado aunque acontezca cada día. El nuevo portavoz ha borrado el rosario de cagaditas que relatan su historia, entre otras razones, probablemente, para librarse de ese nuevo género de adversario que es el arqueólogo de internet, el tipo sin otro bagaje que el deseo de venganza ni otro recurso que el mucho tiempo libre capaz de rastrear una boñiga en la jungla de red y convertirla en el hallazgo del día. La sorpresa del político nace al descubrir que Twitter no le encumbra sino que le populariza, le sitúa al ras de la calle y a merced de la canalla. En ese momento es cuando el político hace lo que han hecho todos los poderosos de la historia, desde los emperadores romanos: disfrazarse cuando se mezclan con la plebe. Es lo que ha hecho doña Le Pen, que empleaba una cuenta de identidad falsa para sembrar sus cagaditas. Avatar es el nombre que en la jerga de internet recibe esta identidad falsa, que ha sido descubierta por la propia impericia de la autora en el manejo del disfraz. Le puede ocurrir a cualquiera, reducidos a un algoritmo, ni los patricios ni los plebeyos sabemos si somos reales o un avatar de nosotros mismos.
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