Los que viven de la política –políticos, periodistas, tertulianos, etcétera- tienen querencia por la épica y aluden al pueblo soberano como si fuera un vigoroso organismo vivo y no la masa inerte que es. La sociedad civil, esa noción que don Sánchez ha convertido este verano en un circo de pulgas, irá a votar si le llaman a hacerlo, y la abstención, aunque sea un poco más alta que en abril, no influirá en los resultados.
Europa estilosa
Europa se parece cada vez más a un parque temático llamado Europa, endogámico y previsible, y enamorado de sí mismo. Hay en esta actitud ensimismada y pasiva, que impregna las instituciones comunitarias, un sesgo suicida del que se nutre la extrema derecha.
En tierra de infieles
Doña Ayuso, la intrépida neopresidenta del paraíso fiscal de Madrid, ha hecho un viaje de misiones en tierra de infieles para adoctrinar al empresariado catalán, que es como decir el empresariado español por antonomasia. Los catalanes creen que Madrid es una cueva de ladrones, ¿no tenían en el pepé a nadie más apropiado que doña Ayuso para dar lecciones de liberalismo y mercado abierto?
La que faltaba
La desigualdad pareció que fuera a ocupar el centro de la agenda política. La democracia vino a corregir este error de perspectiva. El pueblo soberano se apresuró a votar a la derecha, cuanto más extremista y frenética mejor, y así aparecieron en el firmamento Trump y su guerra comercial con China, y los chiflados conservadores británicos y su bréxit, que han provocado la recesión que ahora asoma.
Iliberales
En la torrentera del lenguaje político de estas fechas aparece el término ilberal, como una fina tentativa léxica para dar nombre a esa creciente niebla que se cierne sobre los sistemas democráticos europeos y para la que se han desechado otros calificativos.