En 1991 este escribidor participó en la colosal epopeya civilizatoria de Hernán Cortés. En aquel año se preparaban en la España felipista y floriponda los fastos del quinto centenario del descubrimiento, que habría de celebrarse al año siguiente, y el gobierno regional de la remota provincia subpirenaica se sumó a la empresa con el diseño de un libro de postín, que aún está en el mercado, para publicitar la huella de algunos ancestros locales en el continente transatlántico. A este fin, se despachó a una brigadilla de cronistas sobre el terreno y al escribidor le asignaron las aventuras de la familia Aycinena, originaria de la localidad baztanesa de Ziga, que a finales del siglo XVIII era lo más granado de la oligarquía criolla en Guatemala. Para el autor de estas líneas fue, literalmente, un viaje de descubrimiento en el que nada era como le habían contado o como lo contaría ahora la virreina de Madrid.
Guatemala es el país de América con la mayor proporción de población indígena, que aún vivía como debió encontrarlos el conquistador Pedro de Alvarado y su gente: pequeñas localidades con economías de subsistencia que hablan lenguas locales; mujeres ataviadas con huipiles tradicionales que transportaban a la espalda a su progenie y a hombros o sobre la cabeza haces de leña o tinajas de agua; hombres con machete al cinto, necesario para el trabajo en las plantaciones agrícolas; niños de mirada curiosa, algunos empujados por la osadía del hambre, y adultos tímidos, absortos, huidizos ante el forastero blanco. Todo alrededor emitía un mensaje de vulnerabilidad e impotencia, si bien los curiosos tendíamos a ver tipismo y misterio.
Pero este paisaje humano no era el objeto de nuestra investigación. La familia Aycinena había emigrado desde su lar originario en el Valle de Baztán a Guatemala en la segunda gran colonización impulsada por los Borbones con el fin de crear una economía transoceánica integrada en la que las colonias americanas tenían la encomienda de exportar a la metrópoli productos agrícolas exclusivos. De Guatemala procedía el añil o índigo, un tinte azul para la naciente industria textil europea que hizo inmensamente ricos a nuestros paisanos. El cultivo de la planta del índigo, que ya era conocida por los mayas, resultaba muy laborioso y su conversión en tortas de añil se hacía mediante un proceso industrial tóxico (las moscas atraídas por el bagazo residual del producto provocaban infecciones) para el que se utilizaba mano de obra indígena, barata y sumisa.
Los descendientes de los Aycinena, todos de impecables rasgos europeos, sin ápice de mestizaje, vivían en una finca donde la familia había levantado una casa de estilo colonial español rodeada de trescientas hectáreas de vegetación con pinos, cipreses y ceibas y praderas donde pastaban caballos y se cultivaba café. Esta extensión vegetal estaba habitada por indígenas cachiqueles (la etnia maya mayoritaria en esa parte del país) que servían de mano de obra a las tareas de la casa. La otra residencia familiar era un chalé en una zona muy fina de la capital donde vivían tres ancianitas muy amables, que atesoraban un par de objetos que hubieran despertado la curiosidad de un anticuario. Uno era un retrato de una monja de las llagas –un tópico del folclore de las clases altas españolas-, que, según las ancianitas que custodiaban su memoria no se dejaba fotografiar; el otro objeto era una mesa de despacho ataraceada donde, según las mismas damas, se firmó el acta de independencia de Guatemala.
Tal vez no era una leyenda porque los Aycinena protagonizaron en efecto la independencia del país, que, en primera instancia, no fue una ruptura con la corona española sino un acuerdo para mantener intactos los intereses de la clase criolla fuertemente vinculada a la España borbónica. La evolución de los acontecimientos y el ascenso social de clases medias liberales marginó a los beneficiarios del antiguo régimen e hizo realidad la independencia política del país, como ocurriera también en México. Es este el punto a partir del cual los países de Hispanoamérica empiezan a contar su historia, y si los Aycinena, la clase dominante del XVIII, están preteridos en el relato nacional, podemos imaginar qué lugar ocupa Hernán Cortés, que vivió tres siglos antes.
En aquel viaje, el escribidor aprendió también algo sobre el significado de las pugnas religiosas en América, que está de actualidad por la anunciada celebración de un acto de iglesias evangélicas que se celebrará en Madrid, presidido por un predicador amigo de míster Trump, días antes de la visita del papa León XIV. Chichicastenango, a unos ciento cincuenta kilómetros de la ciudad de Guatemala, es el centro religioso más significativo del país porque en él se da una turbia mezcla de religiosidad católica y maya, ya que fue la localidad donde se encontró el Popol Vuh, el libro sagrado de los quichés, que constituyen la mayoría de la población, y sobre cuyo suelo los dominicos españoles levantaron la iglesia de Santo Tomás. Una misa vespertina en este templo resultó una experiencia inolvidable: vaharadas de incienso, bisbiseos de las preces en lenguas ignotas, beodos que duermen la mona en los últimos bancos, niños que comen tortas de maíz mientras su madre mira extasiada el retablo barroco, y el sermón del cura en impecable castellano de Valladolid y traducido a la lengua local párrafo a párrafo por un diácono indígena. ¿Qué significa la noción de comunidad cuando se enuncia con una lengua que procede de un lugar a ocho mil setecientos kilómetros?
Guatemala atravesaba la resaca de la dictadura del general Ríos Montt, pastor evangélico además de conspicuo autor de crímenes de lesa humanidad, y de la guerra represiva que él y sus sucesores desencadenaron contra las comunidades indígenas. Días más tarde de aquella misa, otro cura español explicaba al escribidor esta mutación del catolicismo al cristianismo evangélico. Los campesinos indígenas habían identificado los efectos de la represión con la práctica de la doctrina católica, entonces impregnada de la teología de la liberación, que explicaba la salvación como una experiencia comunitaria, y optaron por la religión de los vencedores, individualista, pragmática y alcance del creyente sin mediación alguna. La controversia no es muy distinta a la que protagonizan el papa Prevost y el poder de Washington sobre el ordo amoris agustiniano, que es universal para el primero y empieza en casa para el segundo. Cuando míster Trump se nos echa encima con todo su poder, los descendientes de Hernán Cortés nos vemos convertidos en inditos desamparados y doña Ayuso traiciona la causa de los suyos haciendo de Malinche.
(La imagen que encabeza este comentario es de José Luis Larrión y Enrique Pimoulier, que acompañaron al escribidor en el viaje que se relata).