Lo que interesa ahora es comprender por qué el llamado populismo brota, no de iniciativas extraparlamentarias, sino del corazón mismo del parlamentarismo. Para superar la desafección de la ciudadanía hacia la política, necesita ser estimulado con continuas convocatorias a las urnas: elecciones, referendos, consultas internas, de las que la clase política quisiera extraer la voluntad popular quintaesenciada, libre de impurezas y contradicciones, prístina como un manantial de montaña, para ser guiada por un caudillo.
Winnipeg
Aquí y ahora lo que impera es el miedo al efecto llamada, el miedo al ascenso de la extrema derecha, el miedo a la delincuencia de los menas, el miedo en general, y la irritación del compañero Ábalos, que no puede dar un discurso sobre el Open Arms como el que ha dado su colega doña Delgado en Valparaíso.
Las trescientas
Trescientos es un cardinal mítico. Es el número de hoplitas espartanos que, según Heródoto, hicieron frente a los ejércitos del persa Jerjes en el paso de las Termópilas. Quizá algún estratega del pesoe tuviera en la cabeza esta hazaña bélica cuando se decidió que serían trescientas y no otro número las propuestas que habrían de presentarse al pueblo soberano en defensa del progreso y todo lo demás.
La tercera vía
Llama la atención el empleo del sintagma ‘tercera vía’, que debiera estar proscrito en el vocabulario socialdemócrata. Tercera vía es un tópico sin sustancia alguna acuñado que constituyó el banderín de enganche con el que ganó las elecciones Tony Blair y que a la postre ha arrasatrado a los socialdemócratas al abismo.
El arribista y el césar
El césar es el guardián (en funciones) del poder establecido y quiere destruirlo con la misma determinación con que el arribista quiere ocupar el sillón del césar. Esta es la tragedia shakespeariana, en versión de teatrillo para escolares de primaria, que tiene como rehenes a once millones doscientos mil votantes de izquierda.