Don Clavijo y sus ratas nadadoras en Canarias es por ahora el último del desfile de necios que viene celebrándose en los pueblos y tierras de España desde unos meses atrás.  Atemorizado por la resonancia ofensiva del adjetivo necio, el autor de estas líneas ha recabado ayuda del diccionario y ha comprobado que, en efecto, los tipos que participan en el desfile están investidos por todos los atributos de necedad que acepta nuestra lengua común: ignorantes, faltos de razón y tercos y porfiados en lo que hacen o dicen. Todos por ende desfilan con el hábito de la misma cofradía que preside don Feijóo.

Abrió la procesión don Mazón, el fugitivo de Valencia, que ha dedicado todo su empeño existencial en escapar de su responsabilidad en la circunstancia en que perdieron la vida doscientos treinta y siete personas; siguióle doña Guardiola en  Extremadura, que dice una cosa y hace la contraria en su vaivén gubernativo con los voxianos; a su turno, don Mañueco sale indemne de sus responsabilidades por los incendios forestales que arrasaron su feudo de Castilla-León; don Azcón, sin desastres a su espalda en la taifa de Aragón, se ha apresurado a privatizar la enseñanza de bachillerato en su primer acto de gobierno, y, por último, don Moreno Bonilla, que se abre paso para repetir al mando de Andalucía esquivando la tragedia de los cribados en enfermos de cáncer y ganándose al buen pueblo adormeciéndole con una nana que canta con el sentimiento de un padre primerizo.

Dejamos en capítulo aparte a doña Ayuso, que ocupa un lugar destacadísimo en la procesión, porque en ella la necedad tiene un carácter frenético, descosido, y la exhibe con decisión y orgullo. Un dilema que acompaña al conocimiento humano en todo tiempo y circunstancia es en qué momento un comportamiento determinado es normal o un síntoma de enajenación. La frontera es muy sutil porque si bien la normalidad es una convención necesaria para el buen funcionamiento de la casa común, la locura, o lo que llamamos así, puede ser un síntoma de genialidad y un signo anunciador de que la realidad ha mutado y estamos, como se dice ahora, en otra pantalla.

Esta línea es la que separa el comportamiento de doña Ayuso del de sus correligionarios aludidos en el párrafo anterior. Estos, faltos de imaginación y de empuje, pretenden seguir en una normalidad consabida y niegan, huyen, mienten, se escaquean o canturrean cancioncillas idiotas cuando las manifestaciones de esta normalidad les son adversas y las consecuencias van a caer sobre sus hombros. Doña Ayuso no es de ese género; ella provoca el caos y navega en él con soltura y determinación, quizá porque cree que lo que hace es la próxima y cercana normalidad. No duda de lo hecho ni reconoce el error sino que lo atribuye a quienes se lo reprochan; ella actúa con su propia moral y no con la del enemigo. Si sus decisiones llevaron a la muerte a 7.291 personas, privadas  de asistencia médica adecuada en los establecimientos geriátricos a su cargo, da igual porque se hubieran muerto en cualquier caso. Una lógica irrefutable. En la actitud de doña Ayuso hay esa mezcla de arrojo y nihilismo, que ayuda a explicar el tránsito del conservadurismo tradicional al fascismo, que tanto intriga a politólogos y demás compañía.

Don Feijóo, el jefe de filas de todos ellos, sufre el vértigo que produce este dilema de conducta. Por naturaleza es pasivo y camastrón, instintivamente situado al cobijo de la normalidad convenida, lo que le vuelve impotente antes los acelerados cambios de la realidad y entonces se suma a las manifestaciones más chillonas del populismo cuando acusa al gobierno y al presidente de toda clase de vilezas, pero siempre lo hace a voleo, a destiempo y sin garbo, entre largos silencios, lo que agranda aún más su imagen de impotencia e inutilidad. No es casualidad que se haya hecho acompañar de tres portavoces –don Tellado, doña Gamarra y doña Muñoz- de cariz canino, gruñones y ladradores, en cuya compañía el cuarto portavoz, don Sémper (que ha superado su enfermedad, de lo que hay que congratularse) parece un visitante despistado.

En el paisaje en que se desarrolla este teatro destaca un par de característica a las que habría que dedicar más atención. La primera, que estos personajes menguados y dudosos están ganando todas las elecciones regionales como si la lógica electoral no respondiera a la experiencia real de la ciudadanía y el partido del gobierno central, sistemáticamente derrotado, careciera de cuadros y líderes regionales y estuviera ausente en gran parte del territorio nacional. Las segunda evidencia está en que el estado de las autonomías -esa versión ligera del estado federal, creado en la constitución para contrarrestar la singularidad de las nacionalidades históricas- parece disfuncional porque las comunidades autónomas han asumido competencias de servicios que son propios de estados pero que no pueden satisfacer ya sea por falta de recursos o incompetencia de la administración regional. La derivada de esta disfuncionalidad es que el estado compuesto exige homogeneidad en el reconocimiento de los derechos ciudadanos y cooperación de las administraciones en servicios básicos y en situaciones de emergencia. Nada de eso ocurre ahora mismo y a juzgar por la deriva electoral tampoco va a ocurrir en un futuro previsible.