Guerra cultural es un oxímoron. Las cuatro acepciones que acoge el diccionario rae de la palabra cultura tienen connotaciones conservadoras y nada hay menos conservador que la guerra, o la batalla, si se prefiere.
No es extraño que en la corrala ibérica haya sido doña Cayetana Álvarez de Toledo la que pusiera el sintagma de moda porque para ella es la versión fina de la guerra de clases. Cultura, en su universo cognitivo, es lo que inviste de excelencia a las clases altas frente a la deleznable confusión de las clases bajas seducidas por populismos, nacionalismos y demás ismos de uso común. Esta visión del mundo, exclusiva y anterior a la sociedad de masas, convierte a doña Cayetana en una antigualla y explica que su partido, entregado al populismo, la cancelara como portavoz parlamentaria, primero, y la expedientara después por no seguir la consigna de voto en el parlamento. En política no se puede ganar sin el voto de la plebe, entre la que no se encuentran muchos scholars de Oxbridge y lo que necesita el partido es un dontellado para embestir contra la pared y no una preciosa ridícula.
Sea como fuere, con o sin doña Cayetana, la derecha sí ha emprendido una guerra cultural dirigida a conseguir la hegemonía política en forma de un contundente brutalismo contra los consensos vigentes. La imposición de una cultura exige un poder absoluto. Desde los templos egipcios y las catedrales cristianas, en las que encontramos una simbiosis perfecta de poder y tecnología, hasta la nueva arquitectura social promovida por los tecnooligarcas de la era digital abrazados a un poder político crecientemente autoritario, la cultura es el destilado de la barbarie, parafraseando a Walter Benjamin.
Esta batalla planetaria registra algunas escaramuzas de resultado incierto, lo que indica que no siempre es obvio el significado de los proyectiles culturales. La última muestra la encontramos en la Bienal de Venecia donde la participación de Rusia ha dado lugar a un conflicto entre el presidente del evento y el gobierno que le nombró para este puesto. Dícese que a la primera ministra doña Giorgia Meloni no le está yendo bien su guerra cultural, que básicamente consiste en poner al frente de los artefactos de entretenimiento a personas de la cuerda gubernamental. Por extensión, podría decirse que el juicio contra el músico don David Sánchez, hermano del presidente del gobierno, es un episodio de la guerra cultural.
El pabellón ruso de Venecia también transmite un mensaje ambiguo. La planta inferior está ocupada por un concierto rave con música electrónica a toda pastilla y baile ininterrumpido, y en la planta superior, alcohol a gogó, como se decía antes. Nada de balalaikas ni coros del ejército ni sputniks orbitando alrededor de la Tierra. Por lo que cuenta la crónica, que no lo cuenta todo, hay un par de detalles que convierten la performance cultural en un acto de propaganda: el rave no es clandestino y las copas son gratis, así que no sabemos si con este mensaje Rusia quiere restregar en la cara de occidente su despreciable y decadente estilo de vida o si es una íntima señal de añoranza por este alboroto de apariencia libertaria en un contexto de discursos patrióticos y desfiles militares. Los signos son polisémicos. Lo único cierto es que en el pabellón no están ni Shostakóvitch ni Dostoyevski ni Ana Ajmatova.
La guerra cultural no solo ocupa las altas esferas, también puede parecer un teatrillo de títeres de cachiporra. Ahí está doña Ayuso de visita en México para ensalzar la memoria de Hernán Cortés. El viaje es una lección maestra de guerrilla cultural o de tocamiento de narices, según se mire. Con recursos más modestos, aunque igual de opacos, que la erección de un pabellón veneciano, la virreina de Madrid ha conseguido, a) contraprogramar la laboriosa restauración de la normalidad diplomática de México y España; b) ofender a la presidenta y a una parte, sin duda mayoritaria, de la población de México, al que antes había calificado de narcoestado; c) hacer un guiño de complicidad al trumpismo local y birlarle socios de negocio a don Abascal; d) promocionar a su amigo Nacho Cano; e) hacer una peineta a su correligionaria doña Cayetana con una lección práctica de guerra cultural sobre el terreno, y f) por último pero no en último lugar, hacer amigos al otro lado del océano para el malhadado día en que tenga que abandonar España por la que tanto se ha sacrificado para no caer en manos de una justicia revanchista (posibilidad anunciada por su pareja sentimental, don González Amador, durante el juicio en el que los jueces amigos empapelaron al fiscal general). La vida sigue, la guerra también.