La formación emergente Podemos tiene un doble problema en este lugar donde escribo. En primer término, no ha conseguido votos suficientes para ser algo más que un compañero de viaje, y, segundo, carece de liderazgo acreditado para lidiar en una correlación de fuerzas que ha resultado muy complicada. Remitir a ulteriores decisiones asamblearias lo que ya debía estar resuelto -bases políticas para los pactos, líneas programáticas básicas, prioridades y hoja de ruta, etcétera- no es signo de mayor democracia sino de indigencia ideológica e imprevisión estratégica. Aquí, la verdadera fuerza vencedora del deseo de cambio que sin duda alienta en la sociedad ha sido la que durante más de treinta años de democracia ha tenido como principal función en el tablero público, apoyar, legitimar, excusar y, en el mejor de los casos, no condenar las acciones criminales de una banda terrorista en nombre de un proyecto nacionalista totalitario. Es posible que ahora estén camino de Damasco y se esté abriendo paso en sus filas un discurso revisionista sobre la violencia terrorista y sobre la democracia pero no conviene entusiasmarse con esta hipótesis. El tablero político está tan fragmentado que todas las fuerzas examinan de reojo el peso específico de contrincantes y aliados y, así, nuestros carlistas-leninistas ven a Podemos como una oenegé y a su otro socio, como una plataforma pasajera a la que ya le quebraron el espinazo de una ocasión anterior, cuando dieron al traste con el artilugio Nafarroa Bai. En este contexto, Pablo Iglesias ha perdido una ocasión de oro para morderse la lengua y mostrarse justo y prudente no solo ante el dolor de las víctimas del terrorismo sino sobre los hechos de la realidad que nos conciernen a todos. Los “soviets” agitados por Esperanza Aguirre en Madrid pueden ser una fantasía delirante pero la sangre de un concejal inerme asesinado en las calles de esta ciudad,...
La zarpa en el cogote
La mano de un agente de aduanas en la nuca del banquero ful Rodrigo Rato ayudándole a entrar en el vehículo que lo llevó detenido provocó un cataclismo entre sus amigos y colegas que no por casualidad son el gobierno. Las derechas, que alojan en sus cúpulas una impresionante nómina de corruptos, unos presuntos y otros convictos, se han puesto de acuerdo para establecer cortapisas legales al derecho de la información a fin de evitar lo que llaman la “pena del telediario”, es decir, para velar a la opinión pública la acción de la justicia y, en último extremo, hacer esta más manejable a sus intereses. En esta iniciativa han coincidido españolistas y catalanistas. La patria es lo primero, y mejor si es Suiza. La pretendida reforma legal es uno de los primeros efectos de la derrota en las elecciones, que nuestro insigne Mariano ha decidido atribuir a las televisiones. Es fácil imaginárselo ante el telediario con una expresión de espanto y musitando para sí: eso nos puede pasar a cualquiera. En realidad, compartimos ese espanto. La corrupción es un hecho tan desmoralizador y obsceno que la ciudadanía preferiría que le fuera ahorrado, así que la solución es obvia: para que no se exhiban corruptos en el telediario basta con acabar con la corrupción. Mariano Rajoy -un tipo extravagante a fuer de creerse él mismo el paradigma de la normalidad y el sentido común- finge no comprender el sentimiento de fraude que embarga a la sociedad que gobierna. La crisis económica fue, en primer término, un gigantesco timo urdido por personajes cuyo honor se quiere salvar con esta pretendida reforma legal, los cuales dirigieron la economía hacia sus intereses privados y, para asegurarse el resultado, erigieron obras públicas ciclópeas e inútiles, abusaron del crédito fácil, ofrecieron productos financieros tóxicos, amañaron contratos, urdieron mordidas, expoliaron cajas de ahorro, perpetraron fraudes fiscales y, para resumir, ejecutaron todo el repertorio de desmanes que se pueden cometer desde una mesa de despacho, y más tarde, desde el boletín oficial, fingieron ponerle remedio con recortes en los servicios sanitarios y educativos, rebajas salariales, amnistías fiscales, desahucios y desempleo, y leña si protestas en la calle. La zarpa de la justicia en el cogote de uno de los responsables más conspicuos de este estado de cosas es una fantasía reparadora que, por un momento, se materializó en la pantalla del televisor. Pues bien, hasta el derecho al consuelo va a ser...
El hijo pródigo
La democracia es una apuesta por lo relativo. La proporcionalidad de la representación política, el equilibrio de poderes, la negociación y el pacto son incompatibles con la adrenalina. Las elecciones solo garantizan un cambio nominal de las elites y con suerte una mejor respuesta a las querencias de la mayoría social. No es poco que nuestros carlistas-leninistas hayan renunciado a su proyecto totalitario liderado por una organización terrorista para optar por un cambio sin perfiles definidos en la que los aspectos concretos no pasan de cuestiones de detalle referidas al mobiliario urbano (véase la entrevista a Joseba Asirón, candidato de Bildu a la alcaldía de Pamplona y previsible futuro alcalde de la ciudad, en Diario de Noticias, 31.05.2015). En los años 70 y 80 del pasado siglo un ingente número de franquistas convictos y confesos se convirtieron a la democracia, una vez que se apagó la dinamo que les daba fuerza y sentido; treinta y tantos años más tarde ocurre algo parecido, aunque de dimensiones más moderadas, con nuestros antaño irreductibles patriotas locales. En ambos casos, las urnas han premiado a los conversos. Quizás sea porque vivimos en una cultura cristiana y la parábola del hijo pródigo tiene plena...
La mujer armada
La mujer armada -o empoderada, como se diría ahora- ha sido una de las pesadillas más tenaces de la cultura occidental (véase Historia maldita de la Literatura. Hans Meyer. Ed. Taurus 1977). Los hombres no podíamos imaginarla en la plaza pública sino a través de arquetipos acuñados con un inevitable cariz vejatorio que no ocultaba el pánico que los inspiraba: femme fatale, bruja, gorgona, señora de armas tomar, o, más familiarmente, mandona, como ha descrito el derrotado alcalde de Barcelona a su adversaria, que le ha arrebatado el sillón en las urnas. Me pregunto cómo se puede llegar a alcaldesa de Barcelona sin ser mandona. ¿Cómo podría empuñar la vara de mando un o una pusilánime? Estas elecciones han sido una liza entre mujeres, ya sean vencedoras o vencidas: Ada, Manuela, Uxue, Susana, Raquel, Esperanza, Rita, Ana, Dolores, Rosa, Yolanda, guerreras ungidas con todos los sinónimos de la osadía: resueltas, atrevidas, emprendedoras, incluso temerarias. A su lado, Pedro, Pablo, Javier el currante o el inefable Mariano aparecen desleídos, menguados, herederos de un mayorazgo arcaico y devaluado. En la democracia televisiva, a ellos les traicionan la apariencia y el lenguaje, confeccionados para no salirse de las costuras. Ni la previsible indumentaria masculina, diseñada para ocultar a quien la viste, con o sin corbata, ni las opiniones pautadas con que jalonan su discurso, consiguen gobernar la proteica efervescencia en que vivimos. Ellas han demostrado tener más creatividad, más empatía, más tenacidad y más intuición en pos de sus objetivos, cualidades que, no obstante, no siempre han funcionado porque lo que se dirimía en las elecciones no eran solo cuestiones de género, pero, en todo caso, ellas han asaltado los cielos y, por ahora, marcan la frontera de la democracia occidental, para decirlo con dos ocurrencias muy celebradas estos...