La democracia es una apuesta por lo relativo. La proporcionalidad de la representación política, el equilibrio de poderes, la negociación y el pacto son incompatibles con la adrenalina. Las elecciones solo garantizan un cambio nominal de las elites y con suerte una mejor respuesta a las querencias de la mayoría social. No es poco que nuestros carlistas-leninistas hayan renunciado a su proyecto totalitario liderado por una organización terrorista para optar por un cambio sin perfiles definidos en la que los aspectos concretos no pasan de cuestiones de detalle referidas al mobiliario urbano (véase la entrevista a Joseba Asirón, candidato de Bildu a la alcaldía de Pamplona y previsible futuro alcalde de la ciudad, en Diario de Noticias, 31.05.2015). En los años 70 y 80 del pasado siglo un ingente número de franquistas convictos y confesos se convirtieron a la democracia, una vez que se apagó la dinamo que les daba fuerza y sentido; treinta y tantos años más tarde ocurre algo parecido, aunque de dimensiones más moderadas, con nuestros antaño irreductibles patriotas locales. En ambos casos, las urnas han premiado a los conversos. Quizás sea porque vivimos en una cultura cristiana y la parábola del hijo pródigo tiene plena vigencia.