Figurantes de la procesión de Viernes Santo

Figurantes en una procesión popular.

La mujer armada -o empoderada, como se diría ahora- ha sido una de las pesadillas más tenaces de la cultura occidental (véase Historia maldita de la Literatura. Hans Meyer. Ed. Taurus 1977). Los hombres no podíamos imaginarla en la plaza pública sino a través de arquetipos acuñados con un inevitable cariz vejatorio que no ocultaba el pánico que los inspiraba: femme fatale, bruja, gorgona, señora de armas tomar, o, más familiarmente, mandona, como ha descrito el derrotado alcalde de Barcelona a su adversaria, que le ha arrebatado el sillón en las urnas. Me pregunto cómo se puede llegar a alcaldesa de Barcelona sin ser mandona. ¿Cómo podría empuñar la vara de mando un o una pusilánime? Estas elecciones han sido una liza entre mujeres, ya sean vencedoras o vencidas: Ada, Manuela, Uxue, Susana, Raquel, Esperanza, Rita, Ana, Dolores, Rosa, Yolanda, guerreras ungidas con todos los sinónimos de la osadía: resueltas, atrevidas, emprendedoras, incluso temerarias. A su lado, Pedro, Pablo, Javier el currante o el inefable Mariano aparecen desleídos, menguados, herederos de un mayorazgo arcaico y devaluado. En la democracia televisiva, a ellos les traicionan la apariencia y el lenguaje, confeccionados para no salirse de las costuras. Ni la previsible indumentaria masculina, diseñada para ocultar a quien la viste, con o sin corbata, ni las opiniones pautadas con que jalonan su discurso, consiguen gobernar la proteica efervescencia en que vivimos. Ellas han demostrado tener más creatividad, más empatía, más tenacidad y más intuición en pos de sus objetivos, cualidades que, no obstante, no siempre han funcionado porque lo que se dirimía en las elecciones no eran solo cuestiones de género, pero, en todo caso, ellas han asaltado los cielos y, por ahora, marcan la frontera de la democracia occidental, para decirlo con dos ocurrencias muy celebradas estos días.