Constitución del nuevo parlamento regional. Euforia de la plural izquierda que ha logrado abrir el candado tras el que la derecha y el partido de los socialistas locales, en calidad de cooperador necesario, habían encerrado las instituciones. Los recién llegados se han portado como chiquillos que acceden a una prohibida fábrica de chocolate. Uno de los vencedores, al olfatear el azúcar, ha exclamado que en la sesión se respiraba el cambio, que es el abracadabra del nuevo estatus. El presidente de la mesa de edad ha abierto las sesiones con un discurso íntegramente en vascuence, lengua que no entiende el ochenta por cierto de los parlamentarios electos, por lo que más que un cambio les habrá parecido un revolcón. Sin embargo, no hay duda de que, en euskera, este discurso de circunstancias tiene un intríngulis del que carece su traducción literal al castellano, cualquiera que sea. Por último, la presidenta electa de la asamblea se ha celebrado a sí misma declarándose “euskaldún, feminista y republicana”, créditos sobrados para ocupar el cargo público más ocioso del botín institucional, tanto que podría ocuparse rotatoriamente por sesiones, como uno más de los empleos efímeros creados por la reforma laboral del gobierno de Rajoy, sin que menguara un ápice su eficacia ni su productividad. No es probable que la nueva presidenta se refiriera a esa fórmula cuando ha dicho, a renglón seguido, que iba a abrir el parlamento a la ciudadanía. La introducción del voluntariado para las tareas deliberativas del parlamento crearía una dualidad laboral en la institución entre parlamentarios fijos y ciudadanía eventual que casi nadie...
El imperativo legal
La toma de posesión de los concejales del reino ha ocasionado un florilegio de fórmulas retóricas. Cada edil ha elegido para su caletre a un interlocutor imaginario –la historia, la conciencia, el partido, el pueblo soberano, los pobres de la tierra- y le ha dedicado un juramento o promesa de su cosecha en un híbrido de creatividad popular y rigor protocolario. Estos añadidos y modificaciones a la fórmula canónica son más frecuentes en la izquierda y denotan inseguridad, temor y quizás falta de fe en el desempeño del cargo que tienen por delante. La coletilla más repetida de este ritual ha sido por imperativo legal. Es una expresión adversativa o condicional, que establece una suerte de distancia entre la querencia íntima del que la formula y su realidad institucional. Pero al mismo tiempo es una obviedad y una redundancia. Por imperativo legal, conducimos por la derecha, pagamos el IVA y nos abstenemos de robar la cartera del prójimo, y solo los conductores enloquecidos, los defraudadores fiscales y los carteristas son conscientes de que lo hacen por imperativo legal, justamente para vulnerarlo. No es probable que los concejales se vean a sí mismos como forajidos obligados por razón del cargo a cumplir la ley. Además, el código de circulación, el reglamento de tributos y el código penal son imperativos universales de obligado cumplimiento, pero ser concejal es voluntario. El que se postula para el cargo atraviesa un dilatado procedimiento legal del que parece no acordarse hasta que ha conseguido su objetivo y, entonces, la consiguiente descarga de adrenalina le lleva a perdonar la vida a la ley que le ha puesto donde está. En ese momento, la ley no ofrece seguridad sino que produce...
El régimen
Ninguna comunidad política puede explicarse sin el conocimiento de su armazón histórico. En esta isla, el engrudo es el régimen foral, un invento del primer tercio del siglo del XIX por el que las clases propietarias consiguieron el doble objetivo de ampliar sus mercados aboliendo las aduanas provinciales a la vez que retenían el poder fiscal (una hacienda propia para mangonear a su interés los tributos) y municipal (la gestión del territorio y de los servicios públicos). La razón de la supervivencia del régimen foral es que ha satisfecho los intereses de las dos partes contratantes: ha sido un factor de estabilidad del Estado y, en el interior, ha constituido un poderoso señuelo identitario y una fuente de beneficios sociales. Así que todos contentos. Esto explica la robusta permanencia del partido de la derecha foralista que sigue siendo el más votado de largo, aunque ahora haya perdido el gobierno a manos de una coalición accidental. El régimen foral es un artilugio inmanejable para la izquierda. Si es jacobina, porque la lógica le lleva a abolirlo, y si es nacionalista, porque la salida es la independencia. Es fácil imaginar lo que significaría sacar a debate cualquiera de estas dos propuestas. Quizás eso explique la existencia entre nosotros de dos líneas de izquierda irreconciliables entre sí y ambas impotentes para conseguir sus objetivos. La primera aceptó pronto las reglas heredadas y se enredó en toda clase de corrupciones y claudicaciones; la segunda decidió imponer una utopía nacionalista pistola en mano, y así durante cuarenta años. Ahora, ambas izquierdas parecen en proceso de revisión de su reciente historia. Y el artilugio original permanece intacto. Quién sabe, quizás podamos disfrutar en el futuro de un régimen foral, o lo que toque, sin asesinatos ni corrupciones, para...
Apretando las clavijas
Abres el periódico o te conectas a Internet y recibes una hostia o eres objeto de una burla. Cuando no es un corrupto que se ha llevado el dinero de tu pensión o de la educación de tus hijos, es un experto del FMI o del Banco de España quien asegura que hay que rebajarte el sueldo, echarte a la calle sin indemnización o subirte los impuestos por los yogures o los paquetes de pasta que consumes. Entre guantazos y peinetas, la torrentera informativa arrastra noticias del hambre infantil, cierre de empresas, desahucios de viviendas, enfermos sin atención y la consabida ración de fútbol que ahora también muestra su lado más purulento: directivos corruptos, futbolistas endiosados e hinchadas encabronadas. Los medios de comunicación se han convertido en una picana eléctrica. La pregunta es hasta cuándo se puede resistir la tortura porque tanto expertos como corruptos, es decir, teóricos y prácticos de la economía política vigente, parecen muy seguros de sí mismos al otro lado de la pantalla de plasma y para nada dispuestos a aflojar en sus propósitos. Cada día aprietan un poco más las clavijas, un modismo coloquial que ya se utilizaba en la Inquisición para designar la graduación mediante un tornillo del aplastamiento de las extremidades de los procesados. Desde entonces, no hemos dejado de estar sometidos al mismo procedimiento. Los inquisidores de ayer y de hoy tienen la misma misión: reinsertar a los réprobos y desviados en la verdad revelada a costa de quitarles la vida. Para el que está atado al potro de la televisión, la virtud es un ejercicio de suma cero: a más fe en lo que predican los prebostes, menos esperanza sobre el propio...
El corralito
El corralito es un espacio angosto, cerrado, donde se cultivan o se crían productos agropecuarios o, por extensión, financieros, a beneficio del dueño de la finca, de modo que parece una metáfora apropiada, además de irónica, para describir la estructura sociopolítica, institucional y simbólica de esta isla y así lo ha entendido el periodista Iván Giménez en su reciente libro (El corralito foral: Las tripas del navarrismo: un ecosistema al servicio del capital. Editorial Pamiela, 2015), vivamente recomendable porque es un serio trabajo de investigación y está expuesto con una prosa ágil, resuelta y convincente. Giménez ha descrito a los propietarios del predio, sus linajes, hábitos y mañas, mitos y rituales, y lo hecho con una magnética mezcla de claridad, agudeza y entusiasmo militante. En este sentido, el libro es un síntoma del cambio generacional en marcha, no solo por lo que cuenta y cómo lo cuenta sino también por lo que oculta. Los lectores de este brillante panfleto que ya no cumpliremos los sesenta echamos en falta más amplitud de foco. La comunidad que habita este corralito está formada por varias generaciones de individuos durante un periodo de casi ochenta años (por poner el inicio donde lo pone el autor, en la sublevación militar contra la II República) y desde entonces han experimentado todos los cambios internos e influencias externas que ha traído la historia, en el curso de cual esta sociedad acorralada ha tenido ocasión de tomar decisiones colectivas en al menos dos momentos trascendentales del periodo que abarca el libro: 1936 y 1977 (y, a partir de esta fecha, cada cuatro años). Los resultados están a la vista, y no puede decirse que las decisiones adoptadas no fueran libres en su propio contexto. La tesis subyacente del trabajo de Iván Giménez es una enmienda a la totalidad de estas decisiones históricas, una suerte de invitación a empezar de cero, pero ¿con qué bases?, ¿por qué medios?, ¿hacia qué objetivos? El libro termina antes de responder a estas...
El monstruo de plastilina
El ejercicio democrático de la votación deja un poso de melancolía, una especie de post coitum tristitia. El domingo parece que vayas a asaltar los cielos, para decirlo con un tópico repetido estos días, y el lunes las cosas están donde estaban: el timbre del despertador en la mesilla de noche, el café ligeramente amargo y qué camisa me pongo, la de cuadros o la otra, para ir a la cola del paro. El voto es una delegación de la voluntad en nombre de una ideología que apenas entiendes o que, en el mejor de los casos, compartes fragmentariamente, a una organización sobre la que no ejerces el menor control y que no cuenta contigo más que, justamente, para pedirte el voto. La asistencia a las urnas produce un monstruo de plastilina, como una manualidad infantil, que los políticos tienen que manipular al día siguiente para adaptarla a la realidad, la cual nunca está en juego porque la dictan fuerzas que no se presentan a las elecciones. Este espejismo es más obvio cuando se dan las circunstancias contradictorias que se han dado en esta ocasión: una voluntad de cambio a través de un sistema electoral diseñado para crear y perpetuar oligarquías. Las fuerzas emergentes ya han descubierto que forman parte del tinglado. Ahora, la urgencia es buscar acomodo en él. Y, como era previsible, los pragmáticos lo han hecho con más rapidez y desenvoltura que los...