Ninguna comunidad política puede explicarse sin el conocimiento de su armazón histórico. En esta isla, el engrudo es el régimen foral, un invento del primer tercio del siglo del XIX por el que las clases propietarias consiguieron el doble objetivo de ampliar sus mercados aboliendo las aduanas provinciales a la vez que retenían el poder fiscal (una hacienda propia para mangonear a su interés los tributos) y municipal (la gestión del territorio y de los servicios públicos). La razón de la supervivencia del régimen foral es que ha satisfecho los intereses de las dos partes contratantes: ha sido un factor de estabilidad del Estado y, en el interior, ha constituido un poderoso señuelo identitario y una fuente de beneficios sociales. Así que todos contentos. Esto explica la robusta permanencia del partido de la derecha foralista que sigue siendo el más votado de largo, aunque ahora haya perdido el gobierno a manos de una coalición accidental. El régimen foral es un artilugio inmanejable para la izquierda. Si es jacobina, porque la lógica le lleva a abolirlo, y si es nacionalista, porque la salida es la independencia. Es fácil imaginar lo que significaría sacar a debate cualquiera de estas dos propuestas. Quizás eso explique la existencia entre nosotros de dos líneas de izquierda irreconciliables entre sí y ambas impotentes para conseguir sus objetivos. La primera aceptó pronto las reglas heredadas y se enredó en toda clase de corrupciones y claudicaciones; la segunda decidió imponer una utopía nacionalista pistola en mano, y así durante cuarenta años. Ahora, ambas izquierdas parecen en proceso de revisión de su reciente historia. Y el artilugio original permanece intacto. Quién sabe, quizás podamos disfrutar en el futuro de un régimen foral, o lo que toque, sin asesinatos ni corrupciones, para variar.