El ejercicio democrático de la votación deja un poso de melancolía, una especie de post coitum tristitia. El domingo parece que vayas a asaltar los cielos, para decirlo con un tópico repetido estos días, y el lunes las cosas están donde estaban: el timbre del despertador en la mesilla de noche, el café ligeramente amargo y qué camisa me pongo, la de cuadros o la otra, para ir a la cola del paro. El voto es una delegación de la voluntad en nombre de una ideología que apenas entiendes o que, en el mejor de los casos, compartes fragmentariamente, a una organización sobre la que no ejerces el menor control y que no cuenta contigo más que, justamente, para pedirte el voto. La asistencia a las urnas produce un monstruo de plastilina, como una manualidad infantil, que los políticos tienen que manipular al día siguiente para adaptarla a la realidad, la cual nunca está en juego porque la dictan fuerzas que no se presentan a las elecciones. Este espejismo es más obvio cuando se dan las circunstancias contradictorias que se han dado en esta ocasión: una voluntad de cambio a través de un sistema electoral diseñado para crear y perpetuar oligarquías. Las fuerzas emergentes ya han descubierto que forman parte del tinglado. Ahora, la urgencia es buscar acomodo en él. Y, como era previsible, los pragmáticos lo han hecho con más rapidez y desenvoltura que los utópicos.
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