Lo que interesa de la opinión pública sobre determinado asunto ha dejado de ser su carácter unánime, mayoritario o marginal, según los casos, y lo que mola es que sea transversal. Es la nueva topografía de la alineación política. Nada de las compactas masas de la era industrial y de los erguidos individuos que las formaban a paso de marcha y al son de los metales. Olvídense de eso. Ahora la gente forma redes, cadenas, saltos y escraches, nódulos y plataformas, núcleos que irradian y periferias que absorben, a través de calles y barrios, arriba y abajo de la escala social, reptando entre generaciones, a la sombra de innumerables banderitas, pegatinas, iconos y logotipos de ocasión (nada de símbolos trascendentes) para penetrar mansamente, como el polen primaveral, en las entretelas germinales de la decisión política. La historia ha dejado de ir rectilíneamente hacia alguna parte que los de mi edad llamábamos progreso y ahora está trabada por numerosas ideas y pulsiones transversales que, a vista de pájaro o de zoom de Google Maps, más parecen una maraña que otra cosa. Es la democracia por aspersión. Hoy mismo se ha producido un cortocircuito al contacto de la línea recta y la transversal, que se pretendía amistoso y ha terminado en una aparatosa descarga eléctrica. El líder de Podemos ha descalificado sin contemplaciones al de Izquierda Unida que menesterosamente buscaba su alianza: “Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero ganar”.