De los políticos solo se espera que la fuerza los acompañe. No que la posean, ni que la ejerzan, sino que el viento de la época llene las velas del barco que pilotan y nos lleve a todos a buen puerto. Una vez arribados, se les despide y se busca a otro capitán para la nueva singladura. Entretanto, los vientos y el oleaje han cambiado de dirección y de intensidad, y el mismo pasaje busca otro destino o cambia de barco. Esta última parte del contrato de navegación no suele ser bien comprendida por los políticos, que no se ven como navegantes sino como labradores, incluso como propietarios del mar, y entienden mal el carácter contingente de su labor. Es un hecho que la fuerza acompañó largo tiempo a Felipe González y que buena parte del viento que inspiró sus velas venía de Cataluña, y quizás eso le ha llevado a publicar una encíclica contra el burbujeante independentismo catalán. La existencia misma de la carta revela su inutilidad. Felipe González parece creer que aún conserva la autoridad que tuvo, ignorando que, si así fuera, seguiría al frente del gobierno. El argumento del político es la razón práctica, en la que FG fue un consumado maestro, y su poder de convicción radica en el boletín oficial, como el de los futbolistas radica en sus piernas. Todo es viejo y consabido en la carta de FG: el autor y los argumentos, los cuales ni siquiera sirven para el fin que pretenden pues no explican en qué términos debiera formularse el acuerdo que desactivara a los independentistas más allá de las exhortaciones al acuerdo mismo. Estos, desde luego, no las tienen todas consigo y quizás hubieran esperado del antiguo presidente del gobierno español que llevó las Olimpiadas a Barcelona alguna idea a la que agarrarse para salvar la cara. No la han encontrado y eso explica el cansino repertorio de descalificaciones con que han recibido la carta. A contrario, ¿movilizará Felipe el voto socialista catalán, antaño rozagante y decisivo y hoy disperso y mohíno? Es improbable, aunque solo sea por razones generacionales. Héroe y público están presos en su tiempo y ni González es el héroe que fue ni su público existe fuera los muros de los geriátricos. González es historia y, en consecuencia, le corresponde la cuota parte (como se decía en su tiempo) del desaguisado catalán como avalista incondicional que fue de Pujol y su statu quo en nombre de la gobernabilidad del país. Ahora, los términos de la gobernabilidad han cambiado. La carta se empeña en ignorar que el independentismo actual en Cataluña es el resultado de la fusión de los efectos de la crisis económica con el nacionalismo histórico y culturalmente hegemónico. Ambas corrientes han hecho masa y eso explica tanto la fuerza y extensión social del secesionismo como sus contradicciones internas, que son muchas, y, de paso, la debilidad de la izquierda en este trance. De modo que cualquier abordaje a la cuestión exige partir de datos nuevos y no de la perezosa evocación, aunque sea de pasada, de los nacionalismos fascistas de los años treinta, tanto más ofensiva cuanto que las instituciones catalanas fueron víctimas específicas de esos fascismos y en Madrid gobierna un partido en el que se alojan con comodidad los nietos de los que bombardearon Barcelona.