La estiba

Posted by on Mar 16, 2017 in Miradas |

A estas alturas de la historia ignorábamos que quedara todavía algún sector de la economía sin liberalizar, es decir, que funcionase con una estructura cohesionada, salarios decentes y sindicatos representativos, desde que la liberalización empezara hace casi cuarenta años cuando la señora Thatcher aplastó la resistencia de los mineros de Arthur Scargill. Pero ahí estaba la estiba portuaria, el último mohicano del viejo régimen ¿cómo llamarlo?, ¿socialdemócrata? Los estibadores constituyen un gremio de tradición combativa, como los mineros, pero desde que tenemos memoria no eran noticia por conflictos laborales, lo que quiere decir que el negocio iba razonablemente bien para ellos y para su patronal. De hecho, esta actividad no ha cesado de dar beneficios a la empresa española  puertos del estado, que el año pasado ganó 217 millones de euros, casi un 8% más que el ejercicio anterior. Pero la unión europea, nuestra querida institutriz, atenta a las necesidades del hogar común, ha decretado la liberalización del sector y en esas estamos. En estas cuatro décadas algo hemos aprendido de lo que significa liberalización: oligarquías financieras, despidos masivos, bajos salarios, desindustrialización y búscate la vida como puedas. Entre otros efectos, la liberalización ha ocasionado que el país que la puso en marcha haya decidido largarse del club europeo. Aquí, la liberalización la inició el pesoe en los años ochenta en la siderurgia, los astilleros, los horarios comeciales, etcétera, cuando parecía una buena idea y no sospechábamos que era parte de una estrategia global de división del trabajo productivo destinada a especializar al país en los únicos recursos nacionales tangibles, el sol y el terreno, vale decir, el turismo y el ladrillo, con los resultados sabidos. El parlamento español ha tenido un reflejo de decencia al negarse a convalidar el real decreto gubernamental de liberalización del régimen de la estiba, lo que permitirá que sigan las negociaciones con los trabajadores del sector. Es una señal de resistencia política a la deriva europea, empeñada en alimentar con sus acciones su propio declive. El mismo día en que la mayoría parlamentaria española cuestionaba el mandato de Bruselas, Europa exhalaba un suspiro de alivio porque los holandeses han frenado de momento, ya veremos hasta qué punto, el fascismo rampante en aquel país. Ahora, a contener la respiración a la espera del turno de Francia en esta montaña rusa en que se ha convertido la política europea. El trance no se ha pasado sin daños: el partido socialdemócrata holandés ha quedado destruido en las urnas, en una situación de penuria y desconcierto parecida a la que muestra su homólogo español, que inició la liberalización de la economía apenas unos años después de que la señora Thatcher marcara el...

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La soledad del mestizo

Posted by on Mar 15, 2017 in Miradas |

En la sociedad que celebra el mestizaje y la multiculturalidad, el término mestizo, aplicado a un individuo, está proscrito, es políticamente incorrecto. El líder xenófobo holandés, que podría ser determinante en las elecciones de hoy, es mestizo, un tipo de rasgos orientales bajo un atildado cabello rubio platino, hijo de padre holandés y madre indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo. Diríase que este personaje es el afortunado fruto de todo lo bueno que tiene la cultura europea, incluido en este caso el colonialismo, que ha permitido al hijo de una colonizada aspirar al gobierno de la metrópoli. Sin embargo, padece, y encarna, un malestar típico de las sociedades desarrolladas, que le lleva a odiar todo lo que le ha permitido llegar a la privilegiada situación en la que se encuentra. Quizás, oscuramente, siente que podría ser linchado si no se pone al frente de los linchadores. El fascismo es siempre un movimiento a la contra, ya sea de la naturaleza, de la evidencia de las cosas o de la voluntad de la mayoría. El anhelo de pureza que anida en los fascistas –y no otra cosa son los que llamamos pudorosamente populistas de extrema derecha– se encarna en personajes impuros, por decirlo en su propia jerga, extravagantes y raros. La excelencia racial que predicaba el nazismo estaba gestionada por una pandilla formada entre otros por un cojitranco (Goebbels), un obeso mórbido y drogadicto (Goering), un retrasado mental (Hess), un tipo de mentón escurrido y ojillos de miope (Himmler) y un granuja grasiento (Hitler, según su compatriota Sebastian Haffner). Todos ellos vivían encapsulados en el nido del águila, envueltos en sus fantasías y ajenos a la realidad que padecía el resto de los mortales. El líder holandés también vive aislado y ni siquiera tiene detrás un partido político que merezca ese nombre, la formación que dirige no es más que una marca y los diputados que le secundan son individuos designados por él mismo, rehúye las comparecencias públicas y dirige la campaña electoral por internet. Vive apartado incluso de su propia familia y de su esposa, de origen húngaro, a la que visita de pascuas a ramos, Los holandeses están llamados a votar a un fantasma creado por sus propios miedos. Un personaje que ha introyectado en sí mismo todas las flaquezas, manías y fobias de la sociedad en la que se ha criado. Podría ser un espécimen de laboratorio pero ponerlo al frente del gobierno es poner al bacilo de Koch al frente de la lucha contra la tuberculosis. Es el ectoplasma de las sociedades europeas, que, en tiempos de crisis, se escoran hacia los mitos y las ciencias ocultas y los charlatanes que las pregonan,...

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El velo

Posted by on Mar 14, 2017 in Miradas |

Lo que distingue a una musulmana típica de una cristiana laicizada es que la primera es creyente y la segunda, escéptica. La primera necesita confesar su fe y la segunda carece de este apremio. Utilizo el término confesar en el sentido original de quien declara su creencia religiosa en público y hace de esta confesión una seña prioritaria de su identidad, de su condición y de sus actos. En los países europeos occidentales, ni siquiera el personal consagrado, clérigos y monjas, siente la necesidad de pregonar su fe y, en consecuencia, han decaído sotanas y hábitos, el último signo indumentario de la religión cristiana. No siempre fue así, el imaginario cristiano, es decir, la cultura vigente en esta parte del planeta hasta hoy mismo, está fundado por una legión de creyentes que fueron confesores y mártires, y en nombre de los cuales el cristianismo pudo conquistar un poder omnímodo en su área de implantación.  La confesión y el martirio, términos que por aquí hemos relegado al desván de la memoria, son de plena vigencia en el mundo islámico. El tribunal europeo ha dado la razón a una empresa que prohíbe a una empleada el uso del velo en horario laboral y lo ha hecho en nombre de la neutralidad religiosa en el espacio público, que es un principio básico de nuestras sociedades (si bien el campanero de San Miguel al otro lado de la calle no parece haberse enterado). La sentencia del tribunal  parece impecable en sus propios términos pero hay algo inquietante en ella porque de lo contrario no hubiera sido noticia de alcance en todos los medios esta tarde. Los romanos del imperio tardío eran bastante parecidos a nosotros: cosmopolitas, eclécticos, pragmáticos, hedonistas, y tenían sobre sus cabezas la gigantesca sombrilla de un pasado autocomplaciente de dominación y hegemonía, hasta que se vieron confrontadas a la pujanza de una religión mesiánica, con el resultado sabido. En su última obra, Ernest Gellner sostiene que el islam se presenta como la única alternativa a los nacionalismos que constituyen la organización política dominante, y la razón de esta posición en el tablero sería que esta religión se resiste  a mundanizarse, es decir, a someterse a la norma de los mercados y de los estados constituidos. Este rasgo caracteriza a la comunidad de creyentes por un ensimismamiento que explicaría por qué los países árabes no han ido al paso del desarrollo social de la época a pesar de las riquezas minerales que poseen y de las que depende el resto del mundo; por qué no han construido sociedades cohesionadas, con clases medias fuertes, y por qué, contra toda expectativa, fracasaron las primaveras árabes. Según esta lógica, solo una chica musulmana acudiría a...

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El palco de los clérigos

Posted by on Mar 13, 2017 in Miradas |

Apuntes romanos ‘low cost’, y III No se ven curas por la calle, observa una voz. Ni en las iglesias tampoco, corrobora otra. Acaban de entrar en Santa María della Vittoria, a espaldas de la Piazza della Repubblica, y están en una exquisita bombonera barroca de la que Stendhal juzga que está decorada como un ‘boudoir’. No se le puede negar perspicacia al clásico porque la golosina más apreciada de este recinto apoya su opinión. El Éxtasis de Santa Teresa, de Gian Lorenzo Bernini ocupa la primera capilla a la izquierda junto al crucero. Éxtasis es un piadoso sinónimo del impronunciable (y olvidable) título eclesiástico del conjunto escultórico, que es la transverberación de santa teresa, palabro que en castellano solo se utiliza para designar a esta escultura y que a su vez es sinónimo, según el diccionario rae, y ya llegamos al quid nominal del asunto, de transfixión o acto de herir atravesando al otro de parte a parte. El vulgo, tiznado de machismo, ha destilado un término más acorde con la plasticidad de la obra de Bernini: el orgasmo de santa teresa. Pues bien, ahí está ante nuestros ojos mortales, la monja española recostada en un aéreo revuelo de ropajes y la expresión del rostro entre entregada y feliz a los pies de un ángel que exhibe la sonrisa inocente y satisfecha de un ragazzo di vita  que acaba de hacerse con una presa de campanillas y se dispone a atravesarla con su flecha. El grupo escultórico está enmarcado en una gloria o haz de rayos dorados, y elevado sobre la mirada del visitante, lo que hace imposible una observación en detalle de la obra, circunstancia que irrita al curioso hasta que este advierte cuál es la perspectiva correcta para la que ha sido diseñada la capilla. Es un teatro en el que santa teresa y su deliquio ocupan el escenario. En el barroco, el teatro era la metáfora omnisciente de la realidad y del mundo. Detrás de la sobrecargada apariencia de las cosas no había más que un vacío que revestía dos formas: el cielo o el infierno, y más frecuentemente este segundo. Pero el teatro necesita espectadores y los constructores de la capilla armaron en los muros que la flanquean sendos altorrelieves que reproducen palcos ocupados por clérigos y frailes que asisten al éxtasis de la monja y lo comentan complacidos y animados. De repente, el descubrimiento de los curas mirones resulta infinitamente más interesante que la escultura principal. Ahí están esos tipos, eternamente congelados en el acto de violar la intimidad de una mujer (¿hay algo más íntimo que el encuentro con un ángel?), satisfechos en su papel de vigilantes, no tanto de la moral...

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La Cina è vicina

Posted by on Mar 12, 2017 in Miradas |

Apuntes romanos  ‘low cost’ II La cabeza del jubilado devenido turista es un sonajero en cuyo interior se agitan mientras camina las semillas secas de los recuerdos. Marcello, vieni qui,  oye desde el fondo de la memoria mientras avanza expectante por la Via del Lavatore hacia la Fontana de Trevi. Pero, ay, la fuente está ahora opacada por la reunión de dos o tres centenares de estrepitosos congéneres alrededor del estanque, que convierten la prometida emoción y el pasmo en una experiencia pastosa. El conjunto escultórico sobre la cascada de agua ha dejado de ser un reclamo de la sensualidad para convertirse en una fortaleza asediada y el cuadro entero convertido en una batalla de colosos contra narcisos liliputienses. Los primeros perseveran en su posición, como esos soldados impasibles que montan guardia de respeto en  las sedes de gobierno, y los segundos disparan contra ellos sus móviles con la determinación de quien empuña una honda o una ballesta. El viejo, cámara en mano, se suma encantado al ejército de asediadores, poseído de la jubilosa furia de quien participa en un linchamiento. La batalla intenta dirimir quién es el dueño de la historia; si lo son esas deidades de roca travertino, que no envejecen jamás, o las infinitas reproducciones y réplicas virtuales en todos los soportes imaginables que los transitivos humanos les están arrancando, como quien les arranca la piel a tiras,  para apropiarse del don de la inmortalidad. Cuando el jubilado se ha agotado de disparar su arma, se sienta en un hueco de la grada que rodea la fuente para atender al fragor de la batalla. ¿Entenderán algo de esto?, se pregunta una voz señalando con el filo de la quijada a un grupo de turistas orientales que, a su a juicio, no han de comprender la cultura, con mayúsculas, en la que estamos sumergidos en este momento. Y tú, ¿entiendes algo?, le responde otra voz. La Cina è vicina. La sonaja de la inútil memoria del viejo tintinea de nuevo. Ni en sus más recónditos sueños pudieron Marco Bellocchio y los espectadores de su película de los años sesenta imaginar el significado último del título de aquel sainete costumbrista. Por asombroso y estúpido que parezca hubo en aquella época en Europa occidental una generación que creyó que la llamada revolución cultural china les liberaría de las constricciones del patriarcado familiar, el trabajo alienado, la corrupción política, las ordenanzas de la iglesia, y, en general, de toda opresión. La joven china que se autorretrata ante las estatuas de la fontana está enamorada de sí misma y no quiere saber que sus abuelos estuvieron berreando consignas y blandiendo el libro rojo en el puño cerrado, y la involuntaria autoridad...

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Laocoonte y sus hijos devorados por los turistas

Posted by on Mar 11, 2017 in Miradas |

Apuntes romanos ‘low cost’ I Avanza la mañana, soleada, tibia, sobre la plaza de San Pedro y, como en la obertura de una ópera, los turistas avanzan a su compás desde todas las calles que dan acceso al recinto. Es una marabunta mansa, pasiva, pero impulsada por una determinación irresistible, que no puede definirse ni como devoción, ni curiosidad, ni arrobo estético, ni sentido de la aventura, sino como un estado en sí. Poco a poco, la plaza es un impenetrable mar de cabezas del que emergen aquí y allá, como boyas de navegación, los banderines de los guías que pastorean diferentes grupos lingüísticos. En el seno de estos grupos, que constituyen la unidad básica de una masa innumerable, los individuos no prestan atención al colosalismo de la arquitectura, que, como apuntó Stendhal, está erigido menos para el culto divino que para la soberbia de los papas, ni tampoco a las volanderas peroratas del guía, encargado aquí de una tarea más administrativa que comunicacional. Bajo un sol que empieza a ser inclemente, la guía evoca, por este orden, las columnatas de Bernini, los guardias suizos (figuras grotescas, según Stendhal) y, por último, al papa argentino. Señala el balcón desde el que se asoma y recorre con el dedo índice el itinerario que sigue en sus paseos rituales por la plaza a la vez que glosa su sencillez, y, en efecto, no cuesta mucho imaginarlo como un simpático emoticono sonriente correteando por este escenario de videojuego interactivo.  ¿En qué piensan los turistas entretanto? Piensan en sí mismos, como los soldados en un desfile o los extras en el rodaje de una película. Los invasores del Vaticano conforman el inverso simétrico del soviet que protagonizó la toma del Palacio de Invierno, otro suceso espectacular de cuyo fracaso se cumple este año un siglo. Como aquellos obreros, soldados y campesinos, los turistas, entre los que hay muchos rusos y chinos, se saben protagonistas de la historia y se han adueñado de un espacio  icónico para celebrar su acceso masivo a la clase media del capitalismo globalizado, mientras que los españoles y otros europeos occidentales están ahí en lo que quizás sea su última hazaña antes de ser expulsados de la misma clase media a golpe de recortes. El arma común a todos ellos es el móvil, y la autofoto, el documento que atestigua su presencia en la historia. Todo lo que les rodea es consabido, inerte, eterno, para decirlo con un tópico, menos ellos mismos, que constituyen la auténtica novedad histórica. Ahora están, si no encima, al menos al nivel de los emperadores romanos y de los papas, de Miguel Ángel y de Rafael, y los selfies, que chisporrotean sin pausa, lo...

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